enero 10, 2026

Venezuela y Cuba: De la normalidad a la normalización del totalitarismo 

El castrismo y el chavismo —desgajado de aquel— no son como cualquier otra dictadura donde la cabeza visible es la CABEZA, en mayúsculas. Fidel Castro le enseñó a Hugo Chávez la importancia de idiotizar a las masas y empobrecerlas para mejor controlarlas.
Cuba, Venezuela, Maduro
Manifestación en Venezuela. (Foto referencial: Tercera Información)

LA HABANA, Cuba.- A partir de lo ocurrido en Venezuela, Internet se ha desbordado con teorías e hipótesis sobre lo sucedido y lo que sucederá, análisis positivos y negativos de la operación militar, comparaciones con el contexto cubano, augurios, expectativas presentes y futuras, consignas y bravuconerías (estas últimas del lado de la dictadura, que una vez más intenta “convertir los reveses en victoria”, pero al estilo de “Cheo Malanga”, aquel personaje cómico que quizás todavía los cubanos más viejos recuerden, interpretado por el actor Enrique Arredondo, cuya guapería era puro alarde).

Cada cual se ha ido con la versión de los hechos que más le ha convencido o que se acomoda a sus intereses, así como las previsiones, desde el optimismo más furibundo al pesimismo más extremo, pero son muy pocos los que se han mostrado indiferentes ante los acontecimientos, y es que no importa el camino por el cual derive, pero lo que pasó este 3 de enero condicionará muchos procesos políticos en el mundo, y Cuba, aún con sus singularidades y anacronismos, no será la excepción. Más cuando la presencia de tropas cubanas en Venezuela la hace parte del problema, de la evolución y de la solución.

Confieso que mientras leo los análisis más sinceros y menos parcializados que he encontrado por acá y por allá, más dudas acumulo (aún cuando han advertido en la TV del régimen que “dudar es traición”) y menos me atrevo a arriesgar una opinión que inevitablemente estaría condicionada, además, por mi deseo de que en Cuba termine de pasar lo que sea, con tal de que seamos alguna vez un país normal y no esta cosa que no es finca ni campamento militar sino solo eso, una “cosa”, mucho más parecida a un reclusorio para retrasados mentales que a un manicomio (donde entre locos y fingidores a veces hasta uno logra divisar algún ápice de cordura).

Creo que esa triste y desalentadora realidad que condiciona todos los procesos políticos, económicos y sociales que se desarrollan en su interior, es de lo único que no dudo. Es solo partiendo de ahí que logro más o menos comprender lo incomprensible. Por ejemplo, que no existe una economía como tal sino una “cosa” que intenta parecérsele; que no existe un presidente sino “eso” que tanta vergüenza nos causa si abre la boca o si se queda en silencio, en fin, es un buen recurso para escarbar hasta el infinito y más allá en esta “cosa” que parece un país pero que hace mucho tiempo dejó de serlo.  

Es, además, partiendo de esa única certeza que me arriesgo a sostener que, con el régimen cubano, así como con el venezolano, cual cuña de un mismo palo, no es prudente —ni siquiera posible— ensayar soluciones políticas duraderas que partan de un presupuesto de normalidad que no existe en ambas dictaduras.

Creo, por las opiniones y los debates que he revisado, que buena parte de los analistas de la situación actual en Venezuela comparten ese presupuesto cuando advierten que reemplazar a Nicolás Maduro por Delcy Rodríguez —manteniendo en sus puestos a Diosdado Cabello, a Vladimir Padrino López y a Nicolasito Maduro Guerra— sería más o menos lo mismo que eliminar a Miguel Díaz-Canel y poner en su lugar a Manuel Marrero Cruz o a Salvador Valdés Mesa, conservando intacta la cúpula militar castrista con o sin Raúl Castro, a un “histórico” como Ramiro Valdés y hasta a un “súper heredero” como Raúl Guillermo Rodríguez Castro.

Por mucho que estén dispuestos a salvar el pellejo mostrándose receptivos con el “enemigo” y enviándoles señales de apertura, no solo en esos cambios pactados bajo presión quedaría latente la injusticia de no ver a los jefes castristas pagar por los crímenes acumulados por más de medio siglo. Estaría siendo legitimada la represión y, para colmo, premiados los represores.

Proyectando o superponiendo el actual escenario de Venezuela sobre el nuestro, pudiéramos apreciar mejor lo decepcionados que estaríamos en una situación similar, así como la frustración que invade a muchos venezolanos.      

El castrismo y el chavismo —desgajado de aquel— no son como cualquier otra dictadura donde la cabeza visible es la CABEZA, en mayúsculas. Fidel Castro le enseñó a Hugo Chávez la importancia de idiotizar a las masas y empobrecerlas para mejor controlarlas. Y le enseñó el secreto de convertir la “normalidad” en privilegio para una élite que, una vez sin liderazgo —es decir, descabezada— solo tendría oportunidad de perpetuarse en el poder administrando bien esos elementos de base, al mismo tiempo que mantiene el aparato represivo parasitando la economía como ente prioritario.

El madurismo no es otra cosa que el chavismo sin Chávez, así como la “continuidad” es el castrismo sin Fidel Castro. Ambos son realmente un cuerpo descabezado en el que la cabeza visible es puro decorado, y donde no es posible ver con claridad quiénes son los que mueven los mecanismos internos para hacerla parecer real. Así, una vez que se les corta la cabeza (o lo que suponemos es una cabeza), no es prudente regalarles tiempo a quienes conforman el cuerpo para que la reemplacen por otra igual de artificial, y eso es Delcy Rodríguez. Y también Miguel Díaz-Canel. Así como cualquier reemplazo en las “líneas de sucesión” diseñadas por el castrismo y el chavismo.

Visto así, en el punto donde estamos ahora, sin Nicolás Maduro, pero aún con chavismo (y por tanto con castrismo), no es posible vaticinar nada bueno en asuntos de libertad y democratización. Ni para Venezuela ni para Cuba. Esa “normalidad” a la que algunos aspiramos quizás hasta termine siendo reemplazada por una “normalización” de los regímenes autoritarios, bajo el pretexto burdo de que no existe una alternativa política a estos, aún cuando el debilitamiento, la dispersión y el poco liderazgo que algunos reprochan a los grupos de oposición, en una dictadura como la cubana, es en gran medida consecuencia del hipertrofiado sistema represivo, enfocado en impedir que nada fuera ni dentro de ellos mismos logre organizarse como otra fuerza política de importancia.

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Efraín González

Bajo este seudónimo firma sus artículos un colaborador de Cubanet, residente en la isla por temor a represalias del régimen.

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