PUERTO PADRE, Cuba.- Sordina de malos presagios vivimos en Cuba. Ahora mismo una vecina chivata acaba de sonsacar a mi mujer: “¿Y será verdad que Maduro está en narcotráfico?”, preguntó la alcahueta. “No sé, eso sabrá él”, respondió Magge. Desde ayer tenemos ojos y oídos puestos en nosotros. Hay silencio, nada se dice, pero la represión la sentimos quienes hemos vivido con ella durante años.
Anoche, cuando mi editora me sugirió escribir esta columna, decía yo a la joven que una abrumadora falta de información debidamente contrastada impedía realizar una evaluación objetiva de lo que ocurre en Cuba y de lo ocurrido en Venezuela la madrugada de este sábado 3 de enero, cuando, mediante una operación combinada de fuerzas especiales y de inteligencia de Estados Unidos —que, sin dudas, durante muchos años será objeto de estudio en las academias militares del mundo— condujo a la extracción desde la fortaleza donde era protegido por militares cubanos en Caracas, Nicolás Maduro Moros, usurpador de las elecciones de 2024 en su país e imputado de narcoterrorismo por la jurisdicción penal de Nueva York.
Y cuando en la mañana de este sábado en Cuba amanecimos con la noticia de la captura de Nicolás Maduro, y en Venezuela todavía permanecían tibios los rescoldos de los bombardeos que sirvieron de apoyo al desembarco helitransportado, y fresca todavía estaba la sangre de los cubanos muertos o heridos allí donde fueron abatidos por una fuerza muy superior no sólo en armamento sino también en preparación combativa, y, en suma, en pronósticos tácticos operativos que son los que salvan o pierden batallas, entonces, en mitad de ese horror de muertes y amargura por la derrota que, en la desventaja del que asalta desde el aire sólo fue posible porque en sus vulnerabilidades ególatras los militares cubanos y su jefatura fueron pesados y medidos milimétricamente por los estadounidenses, pues, entonces, en ese estado de debacle, ocultado a los cubanos el desastre, vimos desplegarse en La Habana la mojiganga de siempre, la llamada “tribuna antiimperialista” con la ridiculez supina de los cipayos de todos los días.
Pero, para quienes estamos acostumbrados a darle forma a un suceso hilando sus retazos, las imágenes de la primera fila de esta “tribuna antiimperialista” nos sirvieron cual alerta de: “¡Cuidado! ¡Algo raro está pasando aquí!”.
Resulta que no se veía en tal “tribuna” no sólo la “sacrosanta” presencia del general Raúl Castro, tan dado en estos días de crisis a enmendar planas, sino tampoco la de ningún jefe superior de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) ni del Ministerio del Interior (MININT). Pero no, ninguno de ellos estaba para pamplinas de “tribuna antiimperialista”, tenían en sus manos algo mucho más importante que hacer: los levantamientos y las necropsias de los cadáveres de los militares cubanos caídos, los que dieron el pecho, mientras defendían las espaldas de un cobarde, Nicolás Maduro, y de una dictadura extendida a Venezuela, la castrocomunista.
Vagamente, aparecería la primera noticia de los cubanos muertos defendiendo a Nicolás Maduro al mediodía de este sábado, pero no a través de Díaz-Canel que, ocupado en la mojigatería de sus discursos plataneros, ocultó lo que estaba obligado a decir; la noticia la haría pública el presidente Donald Trump, quien en conferencia de prensa dijo que habían muerto cubanos defendiendo a Maduro y que eran muchos los caídos, adelantando el presidente estadounidense así, lo que sin pruebas concretas había venido denunciándose desde hace mucho tiempo, que eran militares cubanos los encargados de la custodia de Nicolás Maduro y de hacer de Venezuela un Estado policial.
Pero los hechos ocurridos la madrugada de este sábado 3 de enero han superado cualquier expectativa, aún, las especulaciones más peregrinas. La cifra de 32 muertos, sólo publicada tarde este domingo por fuentes oficiales, es algo así como si toda una compañía que supuestamente tiene entrenamiento superior al de las tropas regulares, hubiera sido emboscada y aniquilada sin la menor resistencia. Personalmente, no recuerdo una cifra de bajas así salvo en grandes batallas en África donde participaron miles de soldados de todas las armas. Y, no se traiga como símil el caso de Granada, donde la mayoría de las bajas fueron civiles, constructores, arreados contra la 82 División Aerotransportada de Estados Unidos.
La cifra de muertos que ahora se revela, y esto sin contar los heridos, nos da una idea muy precisa del nivel de intervención militar y de injerencia del régimen totalitario castrocomunista en Venezuela. Y estamos hablando de fuerzas operativas de seguridad personal. Era gente en servicio de guardia, un turno, un día, una noche, imagine usted a cuánto puede ascender la cifra de esos militares destacados en Venezuela, haciendo el trabajo de los militares venezolanos porque ni Chávez ni Maduro confiaron nunca en su propia gente; ahí no cayó, salvo por daño colateral por los bombardeos, nadie de inmigración, la policía, investigación criminal u otros oficiales en labores de asesoramiento administrativo u operativo de las FAR o el MININT. Ahí murieron guardaespaldas y oficiales operativos en labores de inteligencia y de contrainteligencia, durante su guardia, entiéndase, un turno de trabajo, quienes, paradójicamente, con su muerte prueban que la intervención militar de Cuba en Venezuela no es un rumor, sino un hecho bochornosamente cierto para los militares venezolanos.






