MADRID, España.- La publicación difundida en las últimas horas por Sandro Castro, nieto de Fidel Castro, vuelve a situar su figura en el centro del debate público cubano. En una historia compartida en redes sociales, Sandro aparece sosteniendo una cerveza mientras sobre la imagen se lee: “Cuando estoy contigo se me olvida que Díaz-Canel es presidente”. El mensaje, envuelto en un tono irónico, adquiere otra dimensión en el contexto político actual de la Isla.
La alusión directa al mandatario cubano, en un país donde la burla pública al poder suele ser castigada, no es un gesto menor. Menos aún cuando proviene de un miembro de la familia Castro, un entorno históricamente protegido y ajeno a las consecuencias que enfrentan otros ciudadanos por expresiones similares. La tolerancia institucional frente a este tipo de mensajes refuerza la idea de que no se trata solo de provocación personal, sino de un síntoma de algo más profundo.

En momentos de crisis estructural, el régimen cubano ha recurrido de forma reiterada al sacrificio político. Cada vez que la situación económica o social se agrava, emerge la necesidad de señalar responsables individuales para preservar el núcleo del poder. El reciente caso de Alejandro Gil Fernández, destituido en 2024 y posteriormente condenado a cadena perpetua en un proceso opaco, encaja en ese patrón: un alto funcionario convertido en chivo expiatorio en medio del colapso económico.
Sin embargo, la profundidad de la crisis actual —apagones prolongados, escasez generalizada, debacle sanitaria, malestar social creciente— podría exigir una “cabeza” de mayor peso simbólico. En ese escenario, la figura presidencial aparece cada vez más expuesta. La historia publicada por Sandro Castro puede leerse, entonces, como una señal anticipada: una forma de banalizar al jefe de Estado y preparar el terreno para una eventual reconfiguración del relato oficial.
No sería la primera vez. Desde el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa en 1989 hasta la caída en desgracia de ministros y altos cuadros en décadas posteriores, el régimen ha demostrado que no garantiza la vida de nadie cuando se necesita desviar responsabilidades. Hoy, con Alejandro Gil ya fuera de escena, la pregunta que empieza a asomar es si Díaz-Canel podría convertirse en el próximo sacrificio político en un sistema que, para sobrevivir, siempre termina cobrando una vida simbólica.
A ello se suma que recientemente medios oficiales y espacios afines al Gobierno comenzaron a visibilizar públicamente a Oscar Pérez-Oliva Fraga, un sobrino nieto de la familia Castro, cuya presentación en actos y estructuras institucionales ha sido interpretada como el inicio de un ascenso político acelerado.








