LA HABANA.- Uno de los mayores riesgos al que han quedado expuestos los comunistas cubanos, luego de la espectacular maniobra militar de los Estados Unidos en Caracas, es que con esta quedó ampliamente demostrado que la “seguridad personal” cubana por la que tantos millones de dólares pagaron Hugo Chávez y Nicolás Maduro no era tan eficiente como les prometieron al vendérsela como “invulnerable” y probablemente como “leal hasta la muerte”.
La unidad de seguridad personal de Maduro, conformada mayormente por efectivos cubanos (así como pasó con Salvador Allende, en Chile, y con Agostinho Neto, en Angola; con Muamar el Gadaffi, en Libia y con Yasir Arafat, en Palestina, por poner los ejemplos más notables, y para hacernos una idea de cuánto tiempo llevan vendiendo al mundo su producto de “alta calidad”), fue neutralizada en pocos minutos y, lo que es más inquietante para los militares cubanos, fue tomada por sorpresa a pesar de haberse desplegado, durante años, una estrategia similar a la usada con Fidel Castro, de establecer varios círculos de seguridad estrictamente cerrados, incluso a kilómetros de distancia del objetivo a proteger.
Todos esos “círculos” fallaron y, de acuerdo con lo trascendido, pocos de los efectivos —la mayoría cubanos— lograron sobrevivir a la operación, como igual ninguno logró causar ni una sola baja en las fuerzas estadounidenses. Lo que vuelve más bochornoso el asunto para un régimen que ahora mismo debe estar preguntándose si lo sucedido fue real, si no hubo algo más que sorpresa y excesiva confianza en ese asalto, donde ni siquiera hubo tiempo para despertar a Maduro que, por la sonrisa festinada que mostró al recorrer los pasillos del edificio de la DEA en Nueva York, pareciera que aún no sale del sueño. Pareciera que no es consciente de lo sucedido con él, y con el cordón de seguridad cubano en el que tanto confiaba.
La operación militar, nombrada “Resolución Absoluta”, en su traducción al español, y liderada por la Delta Force y los Night Stalkers, tan perfecta en ejecución y resultados, ahora mismo debe estar siendo estudiada hasta donde les sea posible por un aterrorizado Estado Mayor castrista. El mismo que, hasta ayer mismo, se pensaba como imbatible, sobre la base de la cada día más deteriorada “conciencia revolucionaria”, del muy cuestionable “espíritu de sacrificio” (cuando el verdadero objetivo de toda “misión” es cobrar el salario en dólares y no en pesos cubanos) y de unos viejos manuales obsoletos de “guerra de guerrillas” y “guerra irregular” que, como han podido comprobar en la más reciente experiencia no han servido para nada en Venezuela, ni siquiera una vez declarado el “estado de guerra”.
Ha sido tanto el ridículo que ahora posiblemente se debatan entre reconocer que han sido burlados —lo cual los deja más vulnerables, al derrumbarse el mito de que, aun con el armamento obsoleto de la era soviética y los soldados famélicos, podrían sacarse un As bajo la manga— o alimentar, mediante publicaciones en redes sociales la hipótesis de una traición en los altos mandos de las Fuerzas Armadas venezolanas, o incluso en el Ejecutivo que ha heredado el poder de Nicolás Maduro, con la esperanza de salvar el “honor” de unas tropas que, sencillamente, fueron aplastadas por el trabajo de alta precisión del “enemigo”. No hay que darle más vueltas.
Con o sin traición, pactos o cobardías al interior del madurismo (y quién sabe si a lo interno del castrismo), la operación militar de los Estados Unidos fue exitosa porque supieron identificar las vulnerabilidades del contrario y, al parecer, fueron las suficientes para garantizar no solo la limpieza de la maniobra sino la velocidad con que la realizaron, como si se tratara de una abducción más que de una detención.
Maduro fue extraído sin un arañazo, sin trauma alguno, y la jocosidad mostrada en Nueva York es un meme que deja en ridículo a quienes reclamaron una “fe de vida” (y hasta pruebas de culpabilidad), aun cuando jamás respondieron cuando les exigieron lo mismo con el ex ministro Alejandro Gil que, por cierto, y hablando de “traiciones”, al parecer no será el único del que deban cuidarse a partir de ahora.
Quieren pasar la página del ridículo con urgencia, que la gente no se detenga demasiado en cuestionar la efectividad de un ejercito y de unos militares cubanos que ya se sabe, con lo de Caracas, que son más consigna que efectividad, más distracción que acción y reacción. En fin, que no valen el precio que pretenden valer, y es posible que disminuyan las contrataciones, o se cancelen las actuales, así como llegarán a cero los envíos de petróleo desde Venezuela. Al parecer hasta Diosdado Cabello se estaba preguntando qué pasó, porque en esa interrogante estaba implícita la duda sobre unas garantías de “seguridad” que fallaron.
Intentan pasar la página y desviar la atención lo más rápido posible hacia cuestiones intrascendentes, cuando de lo que se trata es de que hay un régimen cayendo del lado de allá, y otro por caer del lado de acá. Necesitan, ahora que han quedado desnudos frente al mundo, desviar la atención con discursos y consignas que ya sabemos más que huecos, con reclamos imposibles, absurdos, a la comunidad internacional y a una Casa Blanca que ha limpiado el piso con ellos, y que no tendría por qué devolver a un criminal como Maduro.
Tengamos en cuenta que, no habiendo ocurrido la “masacre” que tanto anunciaron, no habiendo muertes de civiles ni daños colaterales de importancia para tachar de “criminal” y “terrorista” la operación militar de los Estados Unidos en Venezuela, y para pregonar que hubo “resistencia heroica” por su parte, el castrismo y el madurismo necesitan ahora con urgencia un derramamiento de sangre en Venezuela (mejor si fuese en Caracas) para cubrir esas ausencias y sostener el discurso de auto victimización, de justificación de la represión y la violencia, un discurso que ha caído por su propio peso.
Los venezolanos y el mundo deberán estar muy atentos. El castrismo, como bestia acorralada, fabricará, como solo saben hacerlo los represores cubanos enviados a Venezuela —los mismos que se disfrazan de civiles en Cuba para golpear a manifestantes pacíficos en nuestras calles—, los muertos que necesita del lado de allá, la masacre que, de no existir, derrumbaría los miedos y mitos en los cuales se justifica la permanencia en el poder por más de medio siglo.







