LA HABANA.- En las primeras horas de este sábado 3, la opinión pública centró su atención en los acontecimientos más recientes en Venezuela. Quienes criticaban al presidente Trump porque la amplia movilización bélica estadounidense durante semanas cerca del país sudamericano no había tenido (ni había indicios de que llegara a tenerla) una definición clara, supongo que, ante lo sucedido, opten por guardar silencio en lo venidero.
Sí hubo una definición, ¡y de una claridad apabullante!… El dictador Nicolás Maduro fue capturado por las tropas del país norteño; lo llevaron a Nueva York y supongo que estará lamentando con amargura —¡y con toda la razón del mundo!, creo— no haberse decidido a ceder y apartarse del poder cuando aún tenía la oportunidad de hacerlo.
En Estados Unidos le espera —creo— un destino análogo al que padeció otro dictador acusado de narcotráfico; me refiero al “hombre fuerte” panameño Manuel Antonio Noriega, quien, por rara coincidencia, también fue apresado un 3 de enero. ¿Alguien recuerda alguna anécdota de la permanencia de años de “Cara de Piña” en las cárceles de Estados Unidos? Lo dudo. Algo similar (es mi opinión) le espera a Maduro en los años por venir.
Aunque 2026 es aún muy joven, me atrevo a asegurar que, en su momento, este suceso caraqueño será un serio aspirante al título de noticia del año. No en balde la colega Yoani Sánchez, rompiendo las reglas que ella misma se ha autoimpuesto, transmitió este sábado (por primera vez en un fin de semana, hasta donde sé) una entrega extraordinaria de su popular “Cafecito Informativo”.
Pero quienes hemos escuchado la importantísima conferencia de prensa brindada por Donald Trump y varios de sus más encumbrados colaboradores tenemos motivos para dudar de esa supuesta “continuidad”. Es el caso que, en un pasaje de ese evento en el que también intervino el cubanoamericano Marco Rubio, se aludió a un largo intercambio telefónico que este secretario de Estado mantuvo con la vicepresidenta nombrada por Maduro, Delcy Rodríguez.
Como es natural, los conferencistas no brindaron detalles sobre el contenido específico de la conversación, pero el mero hecho de que se haya señalado su notable duración indica que se abordaron en detalle los principales problemas pendientes de las relaciones venezolano-norteamericanas.
Un aspecto de la acción estadounidense que es digno de ser resaltado es que, en una operación de tan tremenda envergadura e importancia, entre sus soldados haya habido heridos, pero no muertos. Mientras tanto, las tropas cubanas y venezolanas si tuvieron bajas
El “Noticiero del Sábado” de la Televisión Cubana sí afirmó que no ha habido desgracias personales entre los “cooperantes cubanos”. Pienso que esto podrá ser cierto en lo tocante a personal médico y otros colaboradores civiles, pero no fue así en el caso del equipo que custodiaba a Maduro, entre los que abundaban —¡y de qué manera!— los oficiales de la Isla.
Hay otro tema que nos afecta e importa a los cubanos en medida mucho mayor: ¿qué trascendencia tendrán para la Isla la captura de Maduro y su esposa, así como los cambios que (debemos presumir) comenzarán a producirse en la política venezolana?
Aquí tengo que retrotraerme a enero de 1958, cuando quien escribe era un muchachón que acababa de cumplir los 14 años. El día 23 de ese mes (menos de un año antes del triunfo castrista), un golpe de Estado encabezado por el contralmirante Wolfgang Larrazábal dio al traste con la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Recuerdo que, entre quienes repudiábamos al régimen homólogo de Fulgencio Batista, la caída del sátrapa venezolano inspiró tremendas esperanzas.
Ya sabemos, claro, que en aquellos lejanos años las coincidencias no duraron demasiado tiempo. Mientras en Venezuela se avanzó con decisión hacia unas elecciones democráticas que abrieron las puertas del Palacio de Miraflores a don Rómulo Betancourt, en Cuba se entronizó una dictadura que estragó la vida económica y condujo, en definitiva, a la miseria que hoy impera en nuestra Patria.
Pero lo cierto es que ahora, al cabo de dos tercios de siglo, la historia parece repetirse. Los trascendentales sucesos acaecidos hace unas horas en la Patria del Libertador parecieran encerrar algún anuncio para la gran mayoría que, en Cuba, integramos las filas de quienes ansiamos encontrar una salida a la situación catastrófica que padece hoy la Isla.
Sería deseable —creo— que para lograr ese justo y noble fin no resultase necesaria la intervención de tropas extranjeras. En lo personal, sigo confiando en que, al igual que ha sucedido en la treintena de países actuales que felizmente se han librado del yugo comunista, dentro de las mismas filas castristas surja un grupo que, ante la obviedad y magnitud del desastre actual, reemplace dirigentes y reconozca la necesidad de realizar cambios no cosméticos, sino profundos, en el país.
Pero ya lo dice el refrán: “El hombre propone y Dios dispone”. Ante los buenos deseos que unos u otros podamos tener, se alza el mundo de las duras realidades. Y por supuesto que quienes esto escribimos (y los muchísimos otros que abrigan sentimientos y pensamientos democráticos) no podemos incidir de modo directo en las decisiones que tomen los comunistas.
Pero sí podemos hacerles un comentario que estos señores no nos han pedido. En su lugar, yo tomaría en serio el planteamiento hecho por el secretario de Estado Marco Rubio en la conferencia de prensa que tuvo lugar hace unas horas en Mar-a-Lago: “Si yo viviese en Cuba y estuviera en el Gobierno, estaría preocupado”.







