enero 7, 2026

Sin Venezuela, ¿hasta dónde aguanta la dictadura cubana?

El presidente Trump y el secretario de Estado Marco Rubio no disimulan que tienen al régimen castrista en la mirilla.
Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel en Caracas, Venezuela
Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel en Caracas, Venezuela (Foto: @PresidencialVen - X)

/trump-afirma-que-nicolas-maduro-fue-capturado-y-sacado-de-venezuela/LA HABANA.- Venezuela está en boca de los cubanos. No se habla de otra cosa. No recuerdo un tema de política internacional que haya generado entre mis compatriotas tanto desconcierto, especulaciones y expectativas como la situación en ese país sudamericano luego de los sucesos del pasado 3 de enero.

La perenne manipulación de las informaciones por la prensa oficialista no contribuye a despejar las dudas, sino que, por el contrario, confunde, desorienta y estimula las especulaciones, muchas disparatadas y otras no tanto.

Basta escuchar lo que se comenta en las calles y en las redes sociales.

Una opinión bastante generalizada, y que cobra cada vez más fuerza, es que hubo gato encerrado. No se explican —en un país que llevaba semanas con las fuerzas armadas movilizadas y en estado de alerta— la rapidez y relativa facilidad con que los norteamericanos capturaron a Nicolás Maduro.

Incluso partidarios del régimen sospechan que hubo traición en el entorno de Maduro, que lo entregaron. Hay quienes piensan que “el secuestro” estuvo pactado con el propio Maduro, que fue el modo que halló el asediado dictador para evadirse de los militares cubanos que lo custodiaban y que, por órdenes de La Habana, no le hubieran permitido irse de Venezuela, aunque hubieran tenido que matarlo y presentarlo luego como un suicidio.

A los que esa hipótesis les parecía tremebunda quizás no la consideren ya tan así luego de que se conociera de la muerte en combate de 32 militares cubanos y de varias decenas de heridos. Eso, luego de que el régimen castrista, el mismo que ahora decreta luto oficial por los caídos, negara enfática y reiteradamente que hubiera efectivos de las FAR y el MININT en Venezuela.

Tanto han mentido los mandamases que una mentira más no asombra, aunque, como esta, sea sumamente irresponsable y peligrosa.

Hace unas horas, en el programa televisivo Mesa Redonda intentaban convencernos de que los chavistas seguían unidos y decididos a enfrentar a los norteamericanos, y de que con la juramentación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada se reafirmaba la continuidad del chavismo y la institucionalidad del Estado en la República Bolivariana.

De momento tengo que darle la razón a un viejo amigo de los tiempos del preuniversitario, ahora exiliado, que en un mensaje, disgustado —como muchos, como yo mismo— por la marginación por los norteamericanos de María Corina Machado y del presidente electo Edmundo González, y escéptico, vaticinando el fracaso del plan norteamericano de negociar con Delcy Rodríguez para que no se creara un vacío de poder, me escribió en un mensaje, comparando lo que ocurrió en el derrotado Japón en 1945 con lo que pudiera ocurrir en Venezuela: “Salvando diferencias históricas, ni Marco Rubio es McArthur ni Delcy Rodríguez es Hirohito”.

Los mandamases castristas deben estar más que preocupados, asustados. No tanto por las rencillas interchavistas como por la posibilidad de que Cuba sea el próximo objetivo. El presidente Trump y el secretario de Estado Marco Rubio no disimulan que tienen al régimen castrista en la mirilla. Pero no consideran que sea necesaria una intervención militar: creen que por asfixia económica la fruta se pudrirá y caerá.

No obstante, son muchos los que creen que los Estados Unidos finalmente intervendrán militarmente para poner fin a la dictadura castrista. Aunque en Cuba no haya petróleo, como dicen muchos.

Y llegados a este punto de la intervención, difieren mucho las posiciones de mis coterráneos. Es mucho el temor a las terribles consecuencias de una guerra, aun entre los que desean fervientemente el fin de la dictadura. Incluso hay opositores a los que les da por un nacionalismo patriotero decimonónico y, olvidados de los pecados del chavismo, absolviéndolos, les ha dado por invocar la soberanía y el derecho internacional, a tal punto que parecen repetir los estribillos de los comunicados que redactan por estos días las llamadas organizaciones de masas.

Pero hay quienes, como un vecino que odia al castrismo con todas las fuerzas de su corazón, a quien escuché clamar “que caigan ya las bombas y que se acabe esta mierda”. Cuando la esposa le habló de muerte y destrucción, le replicó: “Oye, que sea lo que sea… Más vale ponerse colorado una sola vez…”.

Y tampoco faltan los chivatones e incondicionales del castrismo que dicen —sobre todo cuando los escuchan sus superiores— estar dispuestos a morir “en defensa de la revolución”.

Pero uno no termina de asombrarse con muchos compatriotas que, de tanto que han fingido, ya no se sabe de qué lado están o qué quieren. Como un viejo de mi barrio, borracho consuetudinario y que ha estado preso dos veces por robo, a quien en la parada de la guagua lo oí discutir acaloradamente con otro anciano en defensa de “la revolución”. Cuando escuchó que Cuba sería un paseo para los invasores, gritó: “Que se atrevan a atacarnos, que los vamos a derrotar y nuestros Migs bombardearán Miami”. El otro le dijo: “¿Qué Migs?, si deben estar obsoletos, son rastrojos como todo lo demás”. Ahí entré en la conversación y le pregunté: “Ven acá, Armando, ¿por qué tú estás dispuesto a pelear y dar tu vida? ¿Por los apagones, por el panecito diario de la libreta de abastecimiento, por el hambre que estás pasando, por las cervezas Cristach de Sandro Castro?”. Me contestó: “No jodas, si yo no soy ni del CDR”.

Unos creen que está próximo el fin de la dictadura. Otros, teniendo en cuenta sus probadas mañas para sobrevivir en las más adversas circunstancias, creen que el muñeco castrista todavía tiene cuerda para rato.

En lo que hay coincidencia total es que cuando deje de venir el petróleo de Venezuela todo va a ser mucho más difícil de lo que es hoy.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.