enero 7, 2026

Trabajar sin garantías: médicos cubanos atrapados en la crisis venezolana

Tras los bombardeos, el personal sanitario cubano en Venezuela recibió órdenes de evacuación con un tope de 15 kilos y la exigencia de 60 dólares en efectivo, pese a salarios pendientes y sin garantías claras de retorno.
Venezuela, Cuba, médicos cubanos
Médicos cubanos en Venezuela. (Foto: Venezolana de Televisión)

SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- “Permanezcan en casa, preparen una mochila con lo imprescindible y esperen instrucciones”. Esa fue la orden que recibieron los colaboradores médicos cubanos en Venezuela tras las detonaciones registradas en la madrugada del sábado 3 de enero en Caracas y los estados Aragua, Miranda y La Guaira.

Las explosiones despertaron a Libia* (36 años), natural de Santiago de Cuba y colaboradora en la capital venezolana. Aunque su vivienda está lejos del epicentro, el impacto fue evidente. “Se sintió un estruendo fuerte y las vibraciones, como si hubiese sido más cerca”, cuenta. Al asomarse por la ventana vio una columna de humo. Minutos después, las noticias en Internet le confirmaron el origen del ruido: un bombardeo estadounidense que, a pesar de los indicios, algunos creían como una opción remota.

A las tres de la mañana logró comunicarse con su familia, que la buscaba desesperada por Messenger. “Estoy asustada, pero bien. Aquí no ha pasado nada, gracias a Dios. Voy a preparar una mochila por si tengo que evacuar”, les dijo. Sus palabras tranquilizaron a los suyos, no así a ella. Si tenía que salir, solo podría llevar lo básico: ropa, artículos de aseo, documentos y, obligatoriamente, 60 dólares en efectivo que no tenía. Todo lo demás debía quedarse atrás.

Horas después, la jefatura de la misión cubana confirmó la activación del protocolo PAMUSE. Cada colaborador debía alistar un equipaje de hasta 15 kilogramos —artículos personales, medicamentos y alimentos— y contar obligatoriamente con 60 dólares en efectivo. “Prepárenlo todo y esperen nuevas indicaciones”, fue el mensaje. Para Libia*, aquello fue un golpe. “Aunque he ido enviando cosas a Cuba, tengo muchas otras compradas que tendré que dejar tiradas”, lamenta.

Su pareja, también colaborador, vivió las explosiones mucho más cerca. Estaba de guardia en un hospital próximo a la zona bombardeada, en Caracas. “Tuvo que salir corriendo hacia un área segura y, en ese trayecto, se lesionó los dedos de la mano derecha”, relata Libia*. Tres días después, aún no han podido verse; solo mantienen contacto telefónico.

La noticia del bombardeo y, posteriormente, de la extracción del mandatario Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, por tropas estadounidenses, también sacudió a Mara* (54 años). Santiaguera de origen, residente desde hace años en Matanzas, cumple una misión de enfermería en el interior del país. Para ella, los acontecimientos parecían marcar de facto el final de sus tres años de trabajo en Venezuela.

Aunque se encontraba lejos de las zonas afectadas, comenzó a prepararse de inmediato. “Separé lo imprescindible. Puse mis medicamentos para la presión y los de la diabetes de mi madre en una bolsa. También almohadillas sanitarias, ropa interior, sábanas, toallas y algunos enlatados”, cuenta. Mientras organizaba, no pudo contener las lágrimas. “Pensaba en los regalos para mis hijos y en los electrodomésticos para mi casa. Todo eso tenía que quedarse”.

Dos días después, cuando la incertidumbre parecía instalada, llegó una nueva orden: reincorporarse al trabajo con normalidad. Así lo informó el lunes el jefe de la Brigada Médica Cubana en Venezuela, Yusleivy Martínez Carmona, durante un contacto en Caracas con el periodista Raúl Rodríguez Peña, enviado especial de la radio cubana. Sin ofrecer mayores detalles, aseguró que ninguno de los cooperantes desplegados en los 24 estados del país había resultado herido durante los “ataques” y que el retorno a las labores asistenciales se producía de manera gradual, dado que —según dijo— la infraestructura sanitaria no sufrió daños.

Martínez Carmona, sin embargo, evitó pronunciarse sobre el futuro de la llamada “colaboración médica cubana” en caso de que se concrete una transición política, como ha anunciado la actual administración estadounidense. No es un tema menor: numerosos gobiernos democráticos han rechazado este tipo de acuerdos debido a que el Estado cubano actúa como intermediario y retiene la mayor parte del salario de los profesionales, vaciando de contenido humanitario proyectos que La Habana presenta como solidarios. A ello se suma el uso de estas misiones como mecanismo de infiltración política y de seguridad, un extremo que volvió a ponerse sobre la mesa tras el reconocimiento oficial de que 32 ciudadanos cubanos murieron durante la operación militar.

“Yo me quedé fría con ese número”, confiesa Mara*. “Cuando vienes a ver, son más agentes infiltrados que médicos. Y no lo dudo: cada vez que hemos venido, en los grupos siempre hay personas que uno sabe que no son del sector de la salud”.

Salario pendiente y dólares obligatorios

Mientras la orden es seguir trabajando, muchos colaboradores aún no han cobrado su salario. A Libia* le correspondía hacerlo el lunes, pero el pago fue suspendido “por la contingencia”. Ese dinero es clave para conseguir los 60 dólares exigidos por el protocolo. Su familia en Santiago de Cuba logró reunir el equivalente en pesos cubanos —26.000 CUP, según el cambio informal—, pero no ha sido posible concretar la operación.

“Mi mamá le pidió a un primo en Estados Unidos que enviara el dinero por Zelle a una persona que aquí nos lo entrega en efectivo, con comisión. Es la forma habitual de conseguir dólares”, explica. El problema es que, tras la intervención militar, esa persona suspendió las operaciones hasta que la situación se estabilice. “Si tengo que salir corriendo ahora mismo, estoy perdida”, dice Libia*, especialista en Medicina General Integral, a punto de concluir su segundo año de misión.

Lejos de Caracas, más vulnerables

En medio de la incertidumbre, sin dinero en la mano y sin información clara, circula entre los colaboradores la versión de que el Gobierno cubano no prevé habilitar vuelos comerciales para su retorno, al menos por ahora. De concretarse una salida apresurada, muchos podrían quedar varados en Venezuela durante semanas o meses. El temor es mayor entre quienes trabajan en estados alejados de la capital.

Nelson* es uno de ellos. Está en el estado Táchira, en la frontera con Colombia. Antes del 3 de enero tenía previsto viajar a Cuba de vacaciones en febrero y luego regresar para completar su último año de misión. Hoy todo es incierto. También su principal meta: comprarse una motocicleta.

“Me dieron la opción de irme en diciembre, pero la rechacé para cobrar enero y febrero y así reunir más dinero para el motor. Era mi sueño desde siempre. Ahora todo se vino abajo”, dice el joven santiaguero, graduado de Fisioterapia.

Estar lejos de Caracas lo hace sentirse aún más desprotegido. “He escuchado que ni siquiera quieren ponernos aviones para regresarnos a Cuba. Ya yo no dudo nada. Ellos cogen su plata y nosotros no les importamos”, concluye.

Al final, lo que queda no es la retórica de la cooperación ni los comunicados oficiales, sino personas reales obligadas a decidir con una mochila a medio hacer y sin margen de elección. Médicos y enfermeros que no participan en negociaciones ni en guerras, pero que cargan con sus consecuencias. Mientras se habla de estabilidad y continuidad, ellos siguen esperando: el salario, el dinero exigido para evacuar, una ruta segura de regreso. La misión continúa en el papel; en la práctica, lo que se sostiene es una incertidumbre que nadie asume como propia.

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