LA HABANA.- Es como una máquina de producir disparates, y no me refiero a la dictadura cubana, que también lo es, sino a una de sus criaturas más ridículas, Arleen Rodríguez Derivet, a la que aún se le conoce por la hazaña de haber descubierto un “perro que hablaba” allá por el Guantánamo de los años 80, donde trabajaba como corresponsal del periódico Juventud Rebelde, y para la televisión local.
“La del perro que habla”, así la llamaba incluso Fidel Castro que, según escuché de un testigo, supo de la anécdota por Roberto Robaina, y porque luego otros de sus hombres más cercanos, como Carlos Lage y Otto Rivero, la repetían cada vez que coincidían con la reportera —que desde finales de los años 80 trabajaba en La Habana como profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas— en algún que otro acto o evento político.
Sucede que, como es obvio, jamás existió el tal perro hablador sino apenas un pobre firulais al cual el dueño le apretaba el cuello mientras el animal ladraba, haciendo que los sonidos, muy lejanamente, parecieran frases como “ay, papá” y otro par por el estilo, todas igual de confusas, que revelaban al instante el engaño, aún así la “periodista” insistió en el disparate en plena televisión, y hasta escribió algún reportaje en Juventud Rebelde sobre su “revolucionario” hallazgo.
En buena medida, su “éxito profesional” en los medios del castrismo y en el mismo castrismo, como compinche, deriva de aquella estafa que hoy sin dudas calificaríamos como fake news. A Fidel Castro le provocaba tanta risa que durante algún tiempo fue su chiste favorito.
Arleen lo sabía y, quizás percatándose de las simpatías que los perros despertaban en el dictador, adoptó frente a él esa actitud siempre “leal” y “graciosa” que le consiguió en breve ser la directora del mismo medio en el que comenzó como corresponsal de provincia. Aunque también algunas patadas en el trasero, como la propinada por el propio Fidel Castro cuando, después de aceptarla en el equipo fundador de la Mesa Redonda, y habiéndose comprobado, en directo, que había confundido imbecilidad con sentido del humor, ordenó que la mantuvieran alejada, al menos mientras él estuviera presente.
No es que le molestaran los imbéciles, cuando gustaba de tenerlos en su entorno con las intenciones que ya sabemos —al punto de convertir la idiotez en ese “estilo de gobierno” al cual debemos nuestra situación tan penosa— sino que la necedad de Arleen lo había avergonzado en varias ocasiones.
Una, cuando habían coincidido con Gabriel García Márquez, y le soltó uno de sus disparates, atribuyéndole un cuento escrito por Alejo Carpentier; la otra, cuando, mientras hablaba con Gianni Mina sobre la Base Naval de Guantánamo, La del Perro que Habla —hija y nieta de trabajadores del enclave militar— los interrumpió para contarle al italiano sobre lo próspera que era su provincia natal antes de 1959, gracias a la presencia norteamericana.
Se había sentido tan “en confianza”, que olvidó su perruno papel. Hoy, con grandes variaciones, hasta lo cuenta entre risas a sus amigos, que también, entre carcajadas, le recuerdan cómo sus colegas de Juventud Rebelde la choteaban con ladridos y aullidos cada vez que pedía la palabra para intervenir en alguna reunión del periódico, cuando censuraba un artículo o pedía la cabeza de algún periodista, cumpliendo órdenes de quien las recibía, tal vez en alguna oficina de la UJC o el Ministerio del Interior.
En buena lid, Arleen Rodriguez Derivet siempre ha sido como el bufón de la corte castrista, donde no es el único, aunque sí uno de los que más suerte ha tenido, sobre todo en estos tiempos de “continuidad”, cuando el amigo de aquella época en el Comité Nacional de la UJC, tan bufón y “simpático” como ella, la conserva aún dentro de su círculo de amistades más íntimo, al punto de elegirla como su entrevistadora de plantilla, pero no por sus habilidades al preguntar ( lo que menos necesita hoy Miguel Díaz-Canel es que le hagan buenas preguntas) sino por su incapacidad para realizar una verdadera entrevista, y por que solo frente a un ser tancretino de talla extra como Arleen, hay más probabilidades de parecer menos idiota.
Lo cierto es que, aún con la necedad exacerbada, «La del Perro que Habla», a diferencia de aquellos que le pusieron el mote y quedaron en el camino a saborear “las mieles del poder”, se ha mantenido sacando provecho a sus disparates desde los tiempos de Fidel Castro, y aunque no ha logrado conseguir para ella un puesto menos miserable en la jauría que el de simple bufón, al menos hizo que a su hermana Norma, la nombraran Agregada Cultural de la Embajada de Cuba en México.
Demostrando lo “mucho” que ha leído a José Martí y lo poco que lo respeta, así como lo tanto que desprecia al pueblo cubano, Arleen Rodríguez Derivet se consolida en su triste personaje de payaso con sus más recientes declaraciones, con las que intenta normalizar los apagones. Un papel con el que persigue hacer reír no a nosotros, sino a sus amos, que son esos mismos que se ríen de ella, en su cara, y los mismos que hacen llorar de desesperación a millones de cubanos.
Como han recomendado algunos muy certeramente: ¡que le quiten la electricidad a la señora! Que la dejen totalmente a oscuras, que quizás sólo así escriba al menos una línea con vergüenza.







