LA HABANA, Cuba. – La propaganda castrista se esfuerza por adaptar la Historia a sus intereses, con la aviesa intención de que el pasado legitime el actual estado de cosas en la Isla. Y en ese contexto la figura de José Martí cobra una importancia capital. Los gobernantes cubanos y su intelectualidad orgánica hacen todo lo posible por exaltar lo que les conviene del ideario martiano, y en cambio omitir la prédica de Martí que condenaría el totalitarismo castrista.
Además de la prensa y los medios de difusión oficiales, el régimen cuenta con un grupo de entidades especializadas con vistas a ahondar en el pensamiento martiano, entre ellas la Oficina Nacional del Programa Martiano, el Centro de Estudios Martianos, la Sociedad Cultural José
Martí, la Fragua Martiana y los Círculos Juveniles de Estudios Martianos.
Sin embargo, existen múltiples rasgos del ideario martiano que definen al Apóstol como un liberal y un amante de la democracia, y que tanta palabrería castrista en torno a su figura es incapaz de expresar. En el presente artículo nos referiremos a tres de esos rasgos.
La concepción civilista de Martí se opuso siempre a que la revolución fuera conducida por una dirigencia militarista que entronizara el caudillismo o la tiranía, en detrimento de las libertades individuales. Por tal motivo Martí rechazó la materialización del plan Gómez-Maceo en 1884, que pretendía, con tal de evitar la intromisión civilista en la contienda independentista, la formación de una República en Armas con pleno dominio de los militares. En aquella ocasión trascendió la respuesta de Martí a los planes de Máximo Gómez y Antonio Maceo: “Una república no se funda como se manda un campamento”.
Muy recurrente ha sido el afán de los actuales gobernantes cubanos por acreditar al Partido Comunista de Cuba la condición de heredero del Partido Revolucionario Cubano fundado por el Apóstol para conducir la gesta de 1895.
El castrismo aduce que Martí creó un partido para dirigir la revolución, y con ello tratan de emparentarlo con el partido único que hoy sojuzga a la sociedad cubana. Pero se pasa por alto que una persona solo puede crear un partido, sin que ello signifique que se impida la existencia de otros partidos una vez fundada la República.
Y lo más importante, el castrismo nunca acude a las Bases del Partido de Martí. Allí, en su artículo 5, queda perfectamente establecido que el partido no tenía por objetivo esclavizar a la sociedad cubana, y que una vez alcanzada la independencia se entregaría la patria a todos los cubanos. Por supuesto, no había en la agrupación partidista martiana nada que lo asemejara con partidos de corte marxista.
El Manifiesto de Montecristi, ese documento escrito por Martí poco antes de ingresar en Cuba para librar su último combate, también muestra puntos de vista que no agradan a los actuales gobernantes de la Isla, por ejemplo, ese párrafo en que se expresa: “Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y se sí propias nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no lo conduzca a las parcialidades o a la tiranía”.
Por otra parte, ya al final del Manifiesto se recalca el carácter temporal del partido, es decir, no para gobernar una nación, sino para conducir una contienda bélica: “El Partido Revolucionario Cubano, creado para ordenar y auxiliar la guerra actual”.
Evidentemente, no debemos desaprovechar esta oportunidad que nos proporciona un nuevo aniversario del nacimiento de nuestro Héroe Nacional para poner las cosas en su lugar, y destacar el sesgo democrático del pensamiento martiano, por supuesto contrario a la manera de gobernar del castrismo.
Así, entre otras cosas, evitaremos la ojeriza con que algunos contemplan a Martí, tildado arbitrariamente por Fidel Castro de ser el autor intelectual del desastre que hoy padece Cuba.








