Debo a mi abuelo paterno, y también a mi padre, una gran pasión por la lectura. Hoy estuve recordando uno de esos títulos que conocí gracias a alguno de ellos. Volví a pensar en La soledad del corredor de fondo, la novela que salió de la cabeza de Alan Sillitoe y que publicó Seix Barral hace ya algunos años, y de la cual —al menos hasta donde sé— no existe todavía una edición cubana.
He vuelto a pensar en los corredores de fondo, pero no en aquellos muchachos encerrados en un Borstal inglés. Pensé, más bien, en los corredores de fondo cubanos: esos que andan sueltos por las calles de La Habana y también por otros puntos de la geografía nacional, más allá de la capital.
Nuestros corredores de fondo no llaman la atención. Prefieren pasar inadvertidos. Algunos tienen la apariencia del escolar sencillo, del muchacho común que recorre el camino hacia la escuela. Podrían aparecer en el Paseo del Prado, ese lugar donde se camina despacio, entretenido, disfrutando con calma del paisaje urbano.
Son idénticos al resto de los cubanos. Incluso parecen pulcros, comedidos; podrían ayudar a una anciana a cruzar la calle sin levantar sospechas. Son como cualquier hijo de vecino, y justamente por eso se convierten en ladrones casi invisibles. Son engañadores, y algunos hasta cargan un libro bien visible para reforzar la apariencia del joven aplicado.
Nuestros corredores de fondo estudian a sus víctimas. Las siguen a distancia, calculan el momento exacto y arrebatan el bolso, el monedero de la anciana, la billetera del hombre mayor o la mochila del jovencito delgado, débil, con esa apariencia tan clara del bitongo, del que no tiene la fuerza necesaria para defenderse.
Son tan taimados como aquel corredor que nos legó Sillitoe. Y también crueles. Son el desperdicio humano que se ha vuelto cada vez más común en una ciudad progresivamente más podrida. Caminan por cualquier calle, aunque prefieren los barrios más prósperos, esas arterias donde el dinero fluye con mayor evidencia.
Prefieren el Vedado y algunos espacios públicos del oeste de la ciudad. Vigilan las salidas de las tiendas donde se paga en dólares cualquier mercancía. Asechan, observan, miden señales, y cuando llega el instante se lanzan sobre la víctima. Luego corren. Corren mucho. Tanto como los corredores de fondo de Sillitoe.
Cuba es hoy un país repleto de ladrones. Ladrones de cuello blanco, ladrones enfundados en trajes verde olivo. Cuba es ese Borstal que Sillitoe nos dejó como metáfora. En esta isla podría escribirse una nueva versión de La soledad del corredor de fondo. Y ojalá tenga yo fuerzas para enredarme en semejante empeño.








