Me quedé dormida viendo el principio de el cerebro. En inglés original: The Mastermind. La laptop se me cayó en la cara y me dio en la nariz. Ahora dormiría, además de con los ojos hinchados por la alergia, con la nariz hinchada por el filo metálico de la pantalla. Abrí los párpados de madrugada y me fui a la oscuridad de la sala, a seguirla viendo. Tuve que agacharme unos minutos para limpiar la piscina de orine de la perra. El olor a orine se me quedó en la nariz hasta que Josh O’Connor miró a la derecha y vio una patrulla de policía. Yo también quería que el robo saliera bien.
Las películas de Kelly Reichardt te arrastran a lugares del alma llenos de arterias defectuosas y ventrículos aparentemente sanos. Te arrastran por el cuello de la camisa, sientes una brisa en las clavículas y un halón leve como de travesura. Cuando llegas al fondo, la brisa merma, la claridad se apaga. En esa falta de claridad, en esa angustia quieta, emerge la belleza del existencialismo, la fijeza del hastío, un mundo bucólico americano donde los objetos, los animales y las personas se desplazan lentamente. Los niños jugando al borde del peligro, en cámara lenta. Gente miserable que sonríe con labios atractivos o languidez carnosa. Gente deprimida, sin ilusión o dinero, de pocas palabras y movimientos sinuosos. Gente avergonzada de sí misma pero que, al mismo tiempo, no logra arrepentirse ni disculparse. Una debería aprender a disculparse.
La perra se ha subido al sofá donde estoy escondida de mí misma viendo esta película preciosa. A veces la detengo y hago una captura, pensando en que escribiré sí o sí, sobre ella. Después de babear el sofá, la perra se sube a mis muslos, se mete entre las piernas y se enrosca, soltando un saco de pelo. Me siento como uno de esos personajes, incapaz de tomar una decisión correcta, incapaz de levantarme del sofá y de salir balcón. No tengo ningún balcón, acaba de empezar el año y estoy tan agotada. Pero agotada de qué. La capacidad de Kelly Reichardt para recrear penumbras, estancias lóbregas y desoladoras en cada una de sus películas, darme cuenta de ello, me saca de mi propio retraimiento. Acaricio a la perra. Hago una captura de Josh O’Connor de espaldas, y continúo.
Sentí que esta vez, el verdadero travelling era la música. The Mastermind podría ser un larguísimo clip de casi dos horas. Un relato maestro para una banda sonora. El jazz incesante de drums y trompetas sigue a un hombre que no tiene trabajo pero que hace algunas cosas buenas con las manos, dice él, incluso mejores cosas que las que podría hacer cualquiera. Mejores cosas que las que podría hacer Kipp: “Kipp no puede colocar una ventana. No puede hacer una estantería, al menos no una bonita”. Y está seguro de eso. La atmósfera de colores y de sonido me mantuvo atenta. Dejé de pensar completamente en el olor a orine que se queda mucho tiempo después de haberlo limpiado. Esa perra necesita entrenamiento. Entrenamiento profesional. Igual que los personajes en la última de Reichardt, que si algo necesitan es ser profesionales.
Breaking news: como si los músicos estuvieran improvisando a la par que los ladrones.
El suceso engañoso de un robo de obras de arte (todo está relacionado siempre con el arte) es solo una cortina de gasa por donde te arrastran con un halón leve de travesura. ¿Recuerdas? La vida real y disfuncional, que pesa sobre los trapecios hasta lograr encorvarte a pesar de que haya niños, amigos o cualquier cosa que nos devuelva un poco la alegría. Ah, los colores pasteles de los años setenta. Los azules, naranjas y amarillos pasteles de las escenas de Reichardt. Ah, los muebles y los objetos. Esa fotografía de espacios sutiles y desnudeces a medias. Esa suavidad abrupta que, en sus películas, se combina con frases breves, inesperadas y absurdas.
Llevo meses pensando en historias que ocurren antes de la velocidad de internet y de las redes sociales, antes de las cámaras de seguridad y de la inteligencia artificial. The Mastermind cuenta una historia que ocurre en ese tiempo. Días austeros en un suburbio, un museo y una familia quebrada. Y estoy segura de que a Kelly Reichardt le interesaba precisamente eso. Cuando veo sus películas recuerdo a Faulkner, a Salinger. Conversé sobre Faulkner en una entrevista antes de fin de año. O tal vez no todo Faukner, sino páginas escogidas de Faulkner, esas donde Faulkner se va volando y empieza a contar una historia paralela. Los colores nos evaden, nos distraen de la época o los personajes. Una fuerza suave que te ablanda el cuerpo. Un poema físico. Un masaje efectuado en el cerebro.
A mitad del 2025 le pregunté a una conocida cómo podría conseguir The Mastermind, pensando que ya se había estrenado, y recuerdo su respuesta irónica, directamente proporcional al tipo de cine que hace Kelly Reichardt, sutil e inteligente, a veces brusco. Y recuerdo también la primera película que vi de Kelly Reichardt. Recuerdo que lo hice porque un editor cubano muy importante para mí comparó mis entradas en un libro con la forma en que entraba y salía de escena uno de sus personajes. Al ver esa primera película y quedar electrizada frente a ella, tratando de explicarme por qué me atraía tanto; entre otras cosas, porque es una de las pocas directoras que anula la pretensión moral, que hace un cine que tal vez no sea necesario o urgente, y una de las pocas que sigue priorizando el componente estético sobre el ideológico, más aún sobre el comercial, no solo pensé: ojalá; sino que pensé que necesitaría siempre eso. Y también pensé en lo que yo misma me propongo cuando escribo.
Entonces al final, cuando el ladrón de corbata barata entra a la manifestación activista (igual que en la segunda escena, que están en la sala viendo en el televisor una manifestación universitaria, y luego pasan a la mesa, a comer) uno se desploma y sonríe, y se ilusiona con que aún falten treinta minutos, quince minutos, diez. Que no empiecen los créditos, que no se acabe el círculo.
Breaking news: ya me voy a trabajar oyendo a Rob Mazurek.

