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La meditación planetaria

Comencé a meditar en la India en los seis meses que pasé allí. Tenía alguna experiencia previa. Era básicamente zazén e incluso hablé por teléfono una vez con el maestro zen que había escrito el libro por el cual me guiaba. Había calor. En la ventana se asomaba a cada rato un mono.

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Hay una película animada sobre un planeta en el que los humanos son las mascotas de unos alienígenas azules. No se sabe bien si es que los azules son gigantes o si por alguna razón los humanos se achicaron. Ellos se llaman Draags y nosotros Oms, que suena como la palabra francesa para hombres y también como el mantra. La película, La planète sauvage, de 1973, fue dirigida por René Laloux, trabajando junto al ilustrador Roland Topor, y la vi encerrado en el cuarto donde trabajo, mientras fumaba.

Hacia el minuto veinte el cuarto se había llenado de una niebla violeta. Una hora después ya no podía ver la pantalla, pero me las había arreglado para anotar mis impresiones y todo lo demás. Llegué a la conclusión de que es una película sobre la meditación planetaria y sobre facultades nuestras aparentemente perdidas.

Hay un niño Om que se denomina Terr –aunque al principio no tiene nombre, es una lagartija– y una niña Draag, su dueña, llamada Tiva. Tiva trata de ponerle a Terr su propio nombre, Tiva, para que su identidad sea más profunda, pero su padre, un Draag de cierta importancia política, no lo permite. No obstante, es un alienígena compasivo: “No podemos dejar que el pobre animal muera”, dice.

Cuando Terr interrumpe la sesión meditativa de la madre de Tiva y por accidente lo lastiman, observa: “El animal es delicado”.

Los Draags estudian los restos de la humanidad, lo cual quiere decir que ellos no son los culpables de su exterminio ni de que sean unos microbios salvajes. Se dieron cuenta de que existen dos planos, dos mundos, pero en ellos como es arriba no es abajo. A diferencia de los humanos, los Draags son racionales y su actividad fundamental es la meditación. El que ve la película los estudia a ellos, igual que ellos ven documentales sobre los Oms.

Terr espía a sus amos. Se percata de que en un momento determinado del día se agrupan para concentrarse. La concentración lleva a la metamorfosis. Si llegan al éxtasis su forma cambia y su color cambia. Tiva le pone a Terr un collar, como si fuera un perro, para evitar que siga distrayendo a sus padres. Los adultos ya lo han definido: es un juguete que se rebela. El día de la iniciación de Tiva, que es al parecer el día que va a ser introducida en la práctica de la meditación, Terr se escapa.

Huye cargando el dispositivo con el que se educan los niños Oms, unos audífonos dorados. Gracias a ese conocimiento Terr se vuelve un animal inteligente y civilizado. No participa en las peleas en miniatura que los niños Draags organizan y se niega a que le pongan maquillaje. Cuando llega a un nido de Oms, se impone por su inteligencia. Con su inteligencia conoce a una hembra. Con su inteligencia gana los juicios por combate. Los azules se dan cuenta del peligro y salen a desinfectar el parque donde vive la colonia humana.

La batalla es la de Gulliver en un mundo tentacular y pegajoso que tiene los colores de Mœbius, del Bosco o de Haeckel (el naturalista que definió a Dios como un “vertebrado gaseoso”). Si la película se ve en el cine, nosotros somos más pequeños que los azules aunque no tanto como los Oms. Si se ve como hice yo, en una pantalla, somos los animales superiores, los dioses invisibles, y ya no hay dos planos sino tres.

Los humanos pierden y se van a caminar por el desierto. Terr va con ellos. Al cabo de los años construye un cohete y llega con varios argonautas a la luna, con la intención de vivir separados de los Draags. Lo que descubren en la luna es terrorífico, una experiencia pornográfica y metafísica al mismo tiempo. Los Draags meditan para salir de su cuerpo, llegar a la luna en forma de esferas e instalarse en unas estatuas descabezadas con forma de pareja humana. Las estatuas comienzan a bailar y luego a aparearse y así es como hay nuevos azules y también rojos, porque hay una tribu de otro mundo que viene a acostarse con ellos.

Terr les rompe los tobillos, como hace Medea con el gigante que protegía el vellocino de oro, y el extraño rito nupcial se interrumpe. Al borde del exterminio mutuo los Draags y los Oms pactan un tratado de paz y se acaba la película. Ya dije que se estrenó en 1973, pero no que es una producción de Praga y París. La tensión con el mundo comunista es la clave de una de las lecturas, aunque no de la más interesante. Más que un filme alegórico me parece alquímico.

La meditación sexual de los Draags está en el Corpus hermeticum: ordénale a tu alma que vuele hasta el cielo, que no necesitará alas y nada habrá que pueda obstaculizar su ascensión, ni el fuego solar, ni el éter, ni los cuerpos de los otros astros, sino que se abrirá paso a su través hasta alcanzar el último cuerpo. O si quisieras, en fin, ir más allá y traspasar el mismo universo para contemplar lo que hay fuera –si es que hay algo fuera del cosmos– incluso eso podrías hacer.

También dice, más adelante: sube más alto que la cima más elevada y desciende más abajo que la profundidad más insondable. Reúne en ti mismo todas las sensaciones de las cosas creadas, la del fuego, la del agua, la de lo seco y lo húmedo. Piensa que estás en todas partes, en la tierra, en el mar y en el cielo. Piensa que todavía no has sido engendrado, que ya estás en el seno materno, que eres joven, que eres anciano, que ya estás muerto y que te encuentras más allá de la muerte. Cuando aprehendas todas estas cosas a la vez, los tiempos, los lugares, las sustancias, sus cualidades y cantidades, podrás conocer a Dios.

Conocer a Dios no es garantía de salvación. Ni siquiera en el cristianismo está asegurado que, después de mirar cara a cara a la divinidad, el alma no sea destruida. De hecho, todo parece sugerir que al final lo individual desaparece: como Tiva con Terr, quizás la intención de Dios es que el alma se vuelva Dios.

En Solaris, una novela que podría transcurrir en un monasterio en lugar de en una estación espacial, la divinidad es maligna o por lo menos inconsciente. Ahí también la meditación planetaria desemboca en unión sexual, plástica o lisérgica, pero sexo al fin y al cabo. El dios planetario al que Stanisław Lem llama viejo mimoide, divinidad cansada, Solaris, diseña cuerpos para jugar con la mente, la operación contraria a la de los Draags.

La desesperación del ser humano es que no comprende esa forma monstruosa de meditación, no la puede aceptar. El tema de Solaris es esa incomunicación con una entidad superior, ya sea Dios o la memoria personal. Solo hay salvación en el sueño, un dominio en el que el viejo mimoide no tiene curiosamente el más mínimo poder.

En la conversación monástica de Kelvin y Snaut, el psicólogo y el técnico, discuten sobre la posibilidad de que nos pasemos la vida esperando por Dios y que acabemos encontrando una criatura superior, pero imperfecta o malvada, como pensaban los gnósticos. Un dios minusválido cuyos deseos superen con creces sus posibilidades, dice Snaut. Un dios capaz de construir relojes, pero no el tiempo que miden. El niño dios, como Tiva para Terr, el dios inmaduro.

Por suerte para nosotros, la meditación va por un lado y la divinidad por otro. Los ateos también meditan. Los que no tienen religión meditan. Los cristianos, los budistas, los musulmanes, los hindúes, los chamanes, los niños y quizás las computadoras meditan. Incluso los animales y las plantas. Una bióloga vio a un grupo de chimpancés en Tanzania reunirse en torno a una cascada para meditar. Se quedaban en silencio media hora y luego volvían a sus actividades en una especie de procesión.

Lo esencial de la meditación ya está descrito en los textos más antiguos del hinduismo. El Bhagavadgītā dice: dejen al yogui tranquilo en su retiro, solo y alejado del mundo. Dejen que establezca su asiento en su sitio limpio, ni muy alto ni muy bajo, firme, cubierto de hierba kusa, tela o piel de antílope. Una vez que esté ahí sentado, inmóvil, con el cuerpo, el cuello y la cabeza erguidos, con la vista puesta en la punta de su nariz, sin mirar otra cosa, sereno y libre de temor. Así, con la mente absorta, alcanzará la serenidad suprema, más allá del nirvana.

Pero eso es imposible para el que medita en la sala de su casa. Estamos llenos de quistes psíquicos, como decía Lem, focos de inflamación de la memoria y la distracción. Si no somos capaces de la meditación personal, cómo vamos a poder sintonizarnos con la meditación planetaria, el viejo sueño hippie.

Comencé a meditar en la India en los seis meses que pasé allí. Tenía alguna experiencia previa. Era básicamente zazén e incluso hablé por teléfono una vez con el maestro zen que había escrito el libro por el cual me guiaba. Había calor. En la ventana se asomaba a cada rato un mono. A diferencia de lo que dice el Corpus hermeticum, en el zen no se busca nada, ni olor, ni color, ni forma, ni recuerdos, pero todo eso pasa por la cabeza. Uno trata de estar bien en lo árido, o como decía Lezama, contemplar la idea fija de que nuestra alma y su envoltura caben en el tokonoma.

En mayo, sobre todo por la imposibilidad de escribir, volví a practicar zazén. Lo bueno que tiene el zazén es que no solo recalibra la conciencia en los veinte o treinta minutos de sesión, sino el resto del día. No soy, por supuesto, un buen estudiante. Lo más cercano que he vivido a la meditación planetaria, que ahora podría definir como la identidad total con una entidad mayor –dios, la naturaleza, el todo, la nada– es una especie de oscuridad antes de levantarme por las mañanas.

La sensación consiste en despertarme con una conciencia excesiva del cuerpo, de que el cuerpo es una cosa y la mente o el alma o el cerebro otra. El miedo es que en realidad todo se reduzca a esa masa gelatinosa, a las conexiones neuronales. Ese dispositivo es muy frágil, como bien saben los Draags y los cosmonautas de Solaris, y uno solo puede vivir desapegado del cuerpo si está seguro de que hay algo más o si no tiene miedo a disolverse en el planeta como forma de meditación total. (Si sufro grandes desgracias es porque poseo un cuerpo, dice Lao-Tse. Si no tuviera un cuerpo, ¿qué desgracia podría sufrir?). Esa sensación podría ser el paraíso y la iluminación. Pero si en lugar de eso es el infierno, todo acaba siendo conciencia y gelatina, la conciencia de la gelatina, la gelatina con conciencia.

XAVIER CARBONELL
XAVIER CARBONELL
Xavier Carbonell (Cuba, 1995). escritor. Su novela El fin del juego (Ediciones del Viento, 2021) obtuvo en Cuba el Premio Italo Calvino, al cual renunció, y en España el XXV Premio de Novela Ciudad de Salamanca. Es autor de las novelas El libro de mis muertos (Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara) y Náufrago del tiempo (Editorial Verbum). Ha publicado ensayos y artículos en Letras Libres, La Lectura, Rialta, 14ymedio, Hypermedia Magazine y Bookish & Co. Desde 2021 vive exiliado en Salamanca.

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1 comentario

  1. Excelentes especulaciones filosóficas, que tanto necesitamos para mitigar trivialidades. Me alegra, además, que enuncie ideas polémicas, como la de Lao-Tse: «Si sufro grandes desgracias es porque poseo un cuerpo. Si no tuviera un cuerpo, ¿qué desgracia podría sufrir?» Lo que obviamente es falso, hay desgracias como la soledad o los enigmas, que no son corporales. Spinoza sabía…

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