SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- Cuando regresó a Santiago de Cuba después de casi tres años sin visitar a su familia, Yunier Gutiérrez, sabía que encontraría una situación difícil. Desde España había seguido las noticias sobre los apagones, la escasez y el deterioro de las condiciones de vida en el país.
También estaba al tanto de lo que le contaban sus familiares, aunque ahora reconoce que, en muchos aspectos, ellos evitaron contarle toda la realidad, quizá para no preocuparlo mientras él, desde la distancia, intentaba abrirse camino. No obstante, como él mismo cuenta, “una cosa es saberlo y otra encontrarse con ello dentro de la casa de los tuyos”.
El primer día, en la noche, ya quería regresar a Madrid. “Imagino que la situación de la Isla no sea muy distinta, pero Santiago es invivible. No se puede vivir allí”, dice el joven de 29 años, todavía sorprendido por las condiciones que encontró durante su visita.
Lo que más le impresionó fue comprobar que las dificultades que conocía de manera general habían alcanzado también a su propia familia. De no haber sido por las remesas y los combos de alimentos que pudo enviar en estos años, no quiere imaginar qué hubiera sido de los suyos.
Cada necesidad compite con otra
En Santiago de Cuba, cuenta Gutiérrez, los apagones forman parte de la rutina diaria. Le sorprende sobre todo cómo la gente ha terminado adaptándose a disponer cada vez de menos horas de electricidad y a organizar su vida en función de la escasa hora y media de electricidad que reciben, casi siempre en la madrugada.
Ese momento se convierte entonces en una carrera contra el tiempo. Las personas se levantan para cargar los teléfonos, las baterías portátiles y, en el caso de quienes pueden permitírselo, las estaciones de energía como las EcoFlow.
No se trata solamente de recuperar la conexión eléctrica. Durante esas pocas horas las familias intentan resolver todo lo que necesita electricidad: cargar dispositivos, conservar alimentos o simplemente disponer de algo de agua fría. Incluso beber agua se ha convertido en un problema.

El joven describe el agua que llegaba a la vivienda de sus familiares como oscura y con apariencia de estar mezclada con tierra. En esas condiciones, beberla directamente no era una opción.
«El problema», dice, «es que tampoco resulta sencillo hervirla». Con los cortes eléctricos y la escasez de gas cocinar depende muchas veces del carbón. Un saco o una lata puede costar entre 500 y 1.000 pesos, según explica, y las familias deben decidir en qué utilizarlo.
“No la pueden hervir porque tendrían que gastar carbón para hervirla. Y muchos prefieren usarlo en la comida”, cuenta.
La escena resume una de las dificultades centrales de la vida cotidiana en Cuba donde cada necesidad compite con otra. Agua potable o comida. Cargar el teléfono o conservar los alimentos. Carbón para hervir el agua o carbón para cocinar.
La escasez energética también ha llevado a muchas familias a recurrir a formas de cocción que parece como si se estuviera en otra época.
En la vivienda de sus familiares, como en otras casas de Santiago, cocinar con leña, o carbón en el mejor de los casos, forma parte de la rutina.
“La casa se llena de cenizas. Se respira ese humo. Eso no es vida. Es el mismísimo infierno. Me dio tanto sentimiento ver a vecinas mías cocinando de ese modo”, dice.
El problema ni siquiera termina cuando se consigue carbón o leña. Hay que encontrar también qué cocinar.

“Los santiagueros tienen que volverse magos”
Conseguir carne puede implicar recorrer grandes distancias. Durante su estancia tuvo que caminar varios kilómetros para conseguir unas pocas libras de carne de cerdo para una comida especial por el cumpleaños de su madre.
Le habían dicho que los alimentos más económicos eran los que unos camiones llevaban a la feria los domingos en la avenida Garzón. Sin embargo, la oferta que encontró era muy limitada: plátano, yuca, boniato y harina.
“Los santiagueros tienen que volverse magos”, dice. La frase resume una economía cotidiana basada en buscar, intercambiar, recorrer kilómetros y esperar. “En buen cubano, inventar”, agrega.
Conseguir alimentos ya no depende solamente de tener dinero, sino también de encontrar dónde hay algo que comprar.
Incluso el pan, un producto básico, se ha convertido en motivo de frustración. “El pan es una burla. Es de muy mala calidad. Es casi mejor que no vendan nada”, afirma.
Y detrás de la escasez hay una consecuencia que el joven considera todavía más grave: el hambre.
“La gente se está muriendo de hambre. (…) No sé en otras partes de Cuba, pero aquí en Santiago la gente se desploma en la calle por la fatiga y el hambre”, asegura.
Hospitales al límite
La crisis también se percibe en los hospitales. Según su testimonio, durante su visita los centros hospitalarios estaban abarrotados y priorizaban los casos considerados graves. Los acompañantes de pacientes muchas veces tenían que dormir en los pasillos porque las salas no tenían espacio suficiente. En algunos casos, sostiene, quienes cuentan con recursos pueden pagar a una enfermera para conseguir un lugar donde dormir junto a su familiar hospitalizado.
El joven pudo comprobar de cerca las dificultades del sistema sanitario cuando acompañó a un primo con una picadura de mosquito que se le había infectado. Para realizarle las curas era necesario llevar prácticamente todo desde casa o conseguirlo fuera del centro médico debido a la escasez de insumos.
“Cuba siempre está peor que la semana pasada y mejor que la que viene”, cuenta que le dijo su primo.
Una ciudad muerta
La falta de electricidad tiene además consecuencias sobre la seguridad. El joven explica que durante los apagones se escuchan ruidos en los techos y que algunas personas aseguran haber visto o escuchado a individuos que presuntamente intentaban entrar en viviendas desplazándose de un techo a otro.
“No hay seguridad”, afirma. Según su experiencia, después de las siete de la noche salir a la calle se vuelve especialmente difícil.
También recuerda el caso de un conocido que recibió un machetazo y acudió a la policía para denunciarlo. Según cuenta, allí le dijeron que regresara dentro de siete días porque no había vehículos disponibles.
Pero para el joven, todos estos elementos terminan formando parte de una misma experiencia: la de una ciudad donde cada vez resulta más difícil realizar las actividades básicas de la vida cotidiana, y que dejó de ser el sitio que más anhelaba en el mundo por haber nacido y crecido allí.
Cuando habla de Santiago de Cuba, el joven vuelve constantemente a una misma idea: la sensación de que la ciudad se ha detenido.
No habla únicamente de apagones o de escasez. Habla de una acumulación de problemas que transforma el día a día: agua que no se puede beber, comida difícil de conseguir, carbón para cocinar, hospitales saturados y miedo a salir cuando cae la noche.
“Eso no es vida”, repite. “Esto es una ciudad muerta”.
Para quienes permanecen allí, sin embargo, no existe la posibilidad de marcharse después de unos días. Hay que esperar a que vuelva la electricidad para cargar el teléfono. Caminar kilómetros para conseguir comida. Buscar carbón o leña para cocinar. Resolver cómo beber agua. Y, al día siguiente, volver a empezar.










