LA HABANA.- Hay una vecina que, en las últimas semanas, ha tratado de consolarnos y de contener la indignación de mi esposa y la mía cada vez que, debido a apagones de 48 horas o más, se nos ha podrido la comida que guardábamos en el refrigerador.
Sus intentos han sido en vano. Por el contrario, lejos de calmarnos, sus consejos y soluciones para no perder los alimentos nos han puesto todavía más furiosos: hervir el pollo aunque apeste o echarle bastante vinagre y sal al potaje, aunque esté picado y haga burbujas.
El colmo, lo que nos sacó de quicio, fue cuando nos aconsejó preparar una sopa —»al estilo de aquellas caldosas de los CDR, tan sabrosas», dijo— con unas verdinegras costillas de cerdo que ni los perros quisieron comer porque olían como si las hubieran desenterrado después de una semana en el fondo de una fosa común.
Y es que la vecina, una septuagenaria que está pasando las de Caín con una jubilación que apenas le alcanza para malcomer una semana, sigue siendo incondicional al régimen. Busca justificaciones, remedios y atenuantes para todas las penurias y dice estar dispuesta, «por la Revolución», a enfrentar lo que venga, a «resistir con optimismo y creatividad», como piden los dirigentes, que, según afirma, «no serán como Fidel, ni la chancleta, pero es lo que tenemos y hay que echar pa’lante».
Y uno no sabe a ciencia cierta si con ese «echar pa’lante» la anciana se refiere a resistir o a chivatear. Por si acaso, todos nos cuidamos de lo que hablamos y hacemos delante de ella, que funge en el barrio —nadie sabe si por cuenta propia o por encargo del Partido Comunista y de «los factores de la comunidad»— como una especie de bombera que intenta apagar, o al menos atenuar, el fuego del descontento.
Especialmente cuando, en las noches de apagón, empiezan a sonar los calderos. Eso es algo que irrita mucho a la vecina, quien llama «malagradecidos» a los que protestan. Asegura que, en vez de estar quejándose y haciendo bulla, lo que deberían hacer cuando vuelve la luz es aplaudir a la Unión Eléctrica por haber logrado, al restablecer el servicio, anotarse otra victoria.
Para ella, los apagones —que, por supuesto, «son culpa del bloqueo»— molestan, pero no representan un problema al que uno no pueda adaptarse. Total, si ella vino a conocer la electricidad siendo ya una jovencita, cuando, «gracias a la Revolución», llegó becada a La Habana, porque en las lomas de Sagua de Tánamo, donde nació, no había luz.
Aunque sin llegar a sus extremos, la vecina no es la única conformista del barrio. También están los que tienen planta eléctrica o EcoFlow y, para desentenderse del apagón, se ponen a jugar dominó hasta que vuelve la corriente o los vence el sueño; y los dueños de negocios que, aunque vean disminuir sus ventas y estén preocupados por la mercancía que se les echa a perder en las neveras, suben al máximo el volumen de sus equipos de música con reguetón, como si nada pasara y reinara la felicidad.
Una santera, en cuya casa retumba el reguetón a todo volumen en cuanto se va la luz, dice que sus santos le dijeron que, por muchos problemas que tenga, por muy afligida que esté, nunca debe dejar de proyectar bienestar y alegría ni permitir que sus pesares se exterioricen.
Pero el reguetón, el sonido de las fichas de dominó, las risas en casa de la santera, las discusiones sobre fútbol y el vocerío de los borrachos suenan forzados. No logran disipar la espesura de la tristeza que flota en el ambiente.
Y es mejor que sea así: que se sepa que estamos tristes, desanimados, encabronados; que no nos resignamos a esta supervivencia miserable que nos impone el afán de poder de los mandamases. Conformarnos con seguir así, renunciar a los sueños, acostumbrarnos a las vicisitudes y llegar a verlas como «lo normal» es lo peor que nos puede pasar a los cubanos. Sería el primer paso para renunciar a nuestra condición humana y convertirnos en animales de corral.










