LA HABANA.- Desde que hace unas semanas la Unión Eléctrica (UNE) decidió que los apagones fueran por circuitos y no por bloques, como era hasta entonces, todo ha empeorado. Los apagones son más largos y las roturas, más frecuentes. Y siempre hay una justificación para las afectaciones: se partió un cable, reventó un transformador, hubo bajo voltaje, se incendió una subestación, etcétera.
En El Calvario, el Reparto Eléctrico y Parcelación Moderna, la zona suburbana del municipio capitalino de Arroyo Naranjo donde vivo, desde hacía más de un mes quitaban la luz todas las tardes hasta la mañana siguiente. Desde que las interrupciones del servicio eléctrico comenzaron a hacerse por circuitos, varias veces hemos estado días enteros sin electricidad.
El pasado 10 de julio la luz se fue a las tres de la tarde y no volvió hasta el día 14, a las 9:30 de la noche. Dijeron que, tras la caída del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) —la tercera en nueve días—, ocurrió una avería en la zona. Luego volvimos a estar sin corriente casi 48 horas, desde la tarde del 26 de julio hasta el mediodía del 28, cuando regresó en la mayor parte del barrio, aunque en otra parte continuó el apagón.
El carro de la Empresa Eléctrica demoró más de 24 horas en acudir a reparar la avería y restablecer el servicio porque, según alegaron —como si hubiera ocurrido un ciclón o un bombardeo—, había demasiadas afectaciones y roturas en la ciudad y no daban abasto. Ese mismo día 28 la luz volvió a irse menos de tres horas después y no regresó hasta bien entrada la mañana siguiente.
Como ocurre desde hace casi dos meses, en esta zona seguimos pasando todas las noches y madrugadas sin electricidad, sufriendo el calor y los mosquitos. Solo que antes de los apagones por circuitos la luz regresaba al amanecer y ahora puede demorarse hasta el mediodía o incluso más. Y como la vuelven a quitar religiosamente a las tres o cuatro de la tarde, nunca disponemos de más de cuatro horas seguidas de electricidad. Apenas da tiempo a cocinar a quienes usan hornillas eléctricas o a recargar los teléfonos, las lámparas y los ventiladores.
Esta situación tiene a los habitantes de la zona sumamente irritados. Pero, salvo algunos gritos y cacerolazos aislados, no se han producido protestas de envergadura como en otros barrios de La Habana. Los pobladores están intimidados porque el pasado 10 de julio, cuando en Parcelación Moderna hubo un cacerolazo, acudieron varios carros con decenas de policías y agentes de la Seguridad del Estado. A varias personas les levantaron actas de advertencia y les impusieron —según la intensidad con que gritaron— multas de ocho y diez mil pesos.
El 27 de julio, un grupo de vecinos estuvo a punto de salir a bloquear la Calzada de Managua para exigir el restablecimiento del servicio eléctrico, pero finalmente desistió. Varios chivatones del barrio los disuadieron diciéndoles que no iban a resolver nada y pidiéndoles que dejaran de gritar insultos contra Díaz-Canel porque «la culpa no es suya sino del bloqueo». Al dueño de un establecimiento, uno de los que más protestaba porque la falta de refrigeración estaba echando a perder sus productos cárnicos, los chivatones le advirtieron que, si no se estaba quieto, sería mayor lo que perdería, porque incluso podían cerrarle el negocio.
Muchas personas comentan que los apagones por circuitos propician la corrupción entre empleados de la Empresa Eléctrica, quienes retiran el servicio de un circuito para favorecer a otros donde dueños de negocios les pagan para mantener la electricidad. La policía descubrió uno de esos casos en Calabazar, pero seguramente existen muchos más. Al menos eso aseguran pobladores de Mantilla, el Reparto Eléctrico y la vecina Ciudad Jardín, donde se han producido altercados —en los que ha tenido que intervenir la policía— entre vecinos y linieros para impedir que estos retiren transformadores y se los lleven a otras zonas.
Genera mucha indignación que existan circuitos priorizados donde, por la razón que sea, la electricidad nunca falta o los apagones son mínimos, en contraste con otros donde pueden prolongarse más de 24 horas. También se producen quejas cuando los vecinos observan que, en un circuito colindante, los cortes duran muchas menos horas.
Hasta hace unos meses, muchas personas en el interior del país se quejaban de que en La Habana los apagones eran mucho menos severos. Ahora los cortes en la capital son tan prolongados como en las provincias.
Todas estas situaciones están creando divisiones y rencillas entre los moradores de distintos barrios. También con los linieros: antes eran admirados por su dedicación a una labor riesgosa y los vecinos les brindaban café; ahora muchas veces los reciben con animadversión porque los culpan de hacer chapucerías o sospechan que son corruptos que se dejan sobornar.
Si era previsible que los cortes de luz por circuitos generarían todas estas situaciones, quizá no anden desencaminados quienes piensan que dividir a la población fue precisamente lo que buscaba el régimen al imponer este sistema.
Atizar la envidia y los resentimientos para enfrentar a unos cubanos con otros, dividirlos para someterlos mejor, ha sido siempre una de las tácticas del régimen. Lo hizo al principio enfrentando a burgueses contra proletarios, a revolucionarios contra «gusanos», a quienes se iban del país —la «escoria», como los llamaban— contra quienes se quedaban. Y más recientemente, poniendo a chocar a quienes reciben remesas con quienes no las reciben, a los pasajeros con los transportistas privados, culpando de la inflación a los cuentapropistas y exhortando a chivatear a los propietarios de las mipymes que se nieguen a aceptar pagos por transferencia electrónica.
Los apagones por circuitos pueden encubrir también una aviesa intención represiva: al producirse los cortes en zonas más pequeñas, si estallan protestas participarán menos personas y les resultará más fácil a los chivatos y agentes de la Seguridad del Estado identificarlas para aplicar posteriormente las represalias.









