José Miguel Martínez: En prisión “vivíamos en condiciones más cercanas a las de un animal que a las de un ser humano”

El expreso político del Grupo de los 75 relata las condiciones de reclusión que enfrentó durante siete años y medio, las presiones contra su familia y los obstáculos para recibir atención médica en cárceles cubanas.
José Miguel Martínez, Cuba, preso político
José Miguel Martínez. (Foto: Collage CubaNet)

Han pasado casi 16 años desde que, en septiembre de 2010, José Miguel Martínez Hernández (Quivicán, La Habana, 1963) fue desterrado a España por el régimen cubano. Para ese momento, llevaba siete años y medio de prisión política como parte del Grupo de los 75 encarcelado por Fidel Castro durante la Primavera Negra de 2003.

Martínez llegó al movimiento opositor cubano a través de la Iglesia católica, con la que comparte fe. Primero, trabajó junto a organizaciones como Cáritas para ayudar a personas mayores de la Isla a comer y lavar sus ropas. Al ver de primera mano la reacción del régimen ante una labor eminentemente solidaria, decidió cruzar su camino con el de organizaciones como el Comité Cubano de Opositores Pacíficos y el Partido Liberal Democrático Cubano.

Tiempo después se convirtió en promotor del Proyecto Varela, que, liderado por Oswaldo Payá, abogaba por la adopción de reformas políticas dentro del país. Por esta razón, fue detenido el 19 de marzo de 2003, cuando las autoridades cubanas también decomisaron más de mil libros de la Biblioteca Independiente Juan Bruno Zayas, que él mismo había fundado tiempo atrás en La Habana.

Martínez fue juzgado por violar la Ley 88 de 1999, conocida oficialmente como Ley de Protección de la Independencia Nacional y la Economía de Cuba, y popularmente como Ley Mordaza. Condenado a 13 años de privación de libertad, las autoridades lo enviaron a la lejana provincia de Camagüey hasta que, años después, lo ubicaron en prisiones de La Habana, su provincia natal.

En esta entrevista con el Centro de Documentación de Prisiones Cubanas, Martínez aborda su experiencia como preso político del castrismo, marcada por la denuncia de las arbitrariedades e injusticias del régimen. Una denuncia, por cierto, que no concluyó con su salida de Cuba. Desde Estados Unidos, donde se asentó junto a su familia poco después de un breve periodo en España, Martínez ha seguido de cerca la situación de la Isla y llama la atención sobre las penurias que sufren a diario los presos políticos cubanos.

—¿Por qué motivo estuvo preso?

—Me acusaron de violar la Ley 88 y cometer tres delitos, que no fueron delitos: pretender subvertir el orden interno de la nación y atentar contra el socialismo, colaborar con una potencia extranjera y distribuir propaganda enemiga y fondos para el derrocamiento del socialismo.

Cuando me detuvieron, me llevaron para Villa Marista, donde me instruyeron de cargos. Estando allí, un día me sacaron para darme la petición fiscal. Les dije: «Yo no puedo firmar algo que no he leído. Tienen que darme un tiempo para digerir esto y saber de qué me están acusando». Y ellos respondieron: «No es necesario que firmes. Nosotros lo que estamos recogiendo es que se te entregó el documento.» Inmediatamente dos señoras que estaban ahí con ellos firmaron como que me lo habían entregado y me volvieron a llevar para el calabozo.

Al abogado que mi familia buscó lo vi en Villa Marista diez minutos el día antes del juicio, que fue el 4 de abril de 2003, en San Antonio de los Baños. Ese día, lo único que me dijo fue: «Te pido que me permitas hacer mi trabajo y no te pongas a discutir con ellos, porque esto es una cuestión política muy compleja”. No hablamos más y no tuve conocimiento de absolutamente nada de mi causa.

Pedían para mí 18 años. Me sancionaron a 16 y, como sanción conjunta y única por las tres causas, me dejaron en 13 años de privación de libertad. Cumplí siete años y medio debido a la mediación de la Iglesia católica. Me ofrecieron la posibilidad de salir hacia España y acepté.

—¿A qué prisión te enviaron tras el juicio?

—Kilo 8, en Camagüey. Cuando llegamos, nos dijeron que podíamos hacer reclamaciones personales, pero no colectivas. Después les dijeron a los barberos que nosotros éramos los terroristas que habían intentado llevarse la Lanchita de Regla y que nos pelaran al moñito. Ahí nos desnudaron, nos dejaron en calzoncillos, nos cortaron el cabello, nos dieron nuestras pertenencias y nos llevaron directo a la celda de castigo, donde estuvimos cerca de un año.

Como a los dos meses de estar ahí, un general de apellido Calderín, que estaba haciendo un recorrido nacional, llegó frente a mi celda. Preguntó mi nombre, le dije quién era y el único reclamo que le hice fue: «Ustedes han impuesto un peso sobre los hombros de mi familia: aunque hay prisiones en Quivicán, me han enviado a casi 600 kilómetros de donde vivo y esto es un castigo también para ellos”.

—¿Siempre estuviste en Kilo 8 o pasaste por otros penales?

—De Kilo 8 me trasladaron a Guanajay y después a la prisión de Quivicán (ambos penales ubicados en la entonces provincia de La Habana).

—¿Crees que estos centros estaban en correspondencia con tu proceso penal?

—No, para nada. Ningún centro penitenciario en Cuba tiene condiciones mínimas necesarias para la vida de los reclusos. De hecho, en la prisión de Quivicán adquirí una bacteria en el estómago, la bacteria Helicobacter pylori, que me causó descompensación, pérdida de peso, vómitos. Mi estado se agravó porque las autoridades dilataron el proceso de llevarme al hospital y darme un tratamiento.

—Antes mencionaste que nada más llegar a Kilo 8 estuviste cerca de un año en una celda de castigo. Cuéntanos más sobre esto.

—El ancho era aproximadamente el de mis brazos abiertos —alrededor de 1,80 metros— y tenía unos tres metros de profundidad. Para llegar allí había que pasar alrededor de seis o siete candados. Estábamos en lo último del penal, con pocos estímulos ambientales. Recibíamos el desayuno, el almuerzo, la comida y ya. No veíamos a nadie, ni siquiera nos veíamos entre nosotros, salvo cuando nos llevaban al patio. Era un espacio reducido, prácticamente sin visibilidad al exterior. Sabíamos la fecha por un almanaque, pero recibimos muy poca información. Nos llevaban un periódico por las mañanas que iban pasando de celda en celda.

Las galeras eran un poco más grandes, pero tenían alrededor de diez reclusos, a veces más, y para todos ellos había un “turco”, que es un hueco sobre el que te agachas a hacer tus necesidades, y una ducha.

—¿Las autoridades tomaban en cuenta el criterio de los médicos antes de sancionar a un recluso a aislamiento?

—No creo, más bien el médico se pliega a lo que dicen las autoridades. Ahí tenemos el caso de Orlando Zapata, que por orientación del director del penal fue cayendo en una espiral hasta que falleció. El criterio de las autoridades está por encima del criterio del médico.

—¿Podías usar ropa personal en la prisión, o solo uniforme?

En Camagüey, un día nos llevaron al patio a tomar una hora de sol en una jaula de hierro. Cuando volvimos a las celdas, nos habían quitado todas nuestras propiedades. Nos quedamos en calzoncillos. Entonces nos dieron un short y un pulóver de preso. Querían obligarnos a usar eso. De ahí nació mi rebeldía de no aceptar la ropa de preso. Incluso, en ocasiones dieron frazadas para uno taparse y tampoco acepté. Yo no aceptaba nada de la “reeducación”. Hasta el colchón que yo tenía era de mi casa.

—¿Cada cuánto tiempo se limpiaban las celdas y los baños?

Eso era responsabilidad del recluso. Uno lo hacía diariamente: tomaba un tiempecito para limpiar la celda, pero uno lo hacía por voluntad propia. Las autoridades no daban ningún tipo de avituallamiento. La familia tenía que traer la colcha, el ambientador, el detergente, cualquier cosa que uno necesitara.

—¿Tenías acceso directo a agua potable?

—Teníamos acceso durante un tiempo determinado del día, pero producto de la situación de las tuberías, que estaban perforadas, el agua del sótano del penal se mezclaba y cuando ponían el agua, empezaba a salir prieta y con fetidez hasta que soltaba todo ese residuo que tenía dentro. Entonces la tenías que filtrar con trapos y guardarla en pomos plásticos.

—¿Cómo era la alimentación?

—En la prisión de Quivicán la comida era servida en las mismas cubetas con las que los presos se bañaban. A la hora de servir, el agüita del picadillo te la daban con una tapita de desodorante clavada en un palo: esa era la medida de ellos. Ni cantidad ni calidad ni condiciones. No existía nada, era un desastre. De desayuno, sobre las 6:30 de la mañana, daban un cerelac y en ocasiones un agua de infusión con un pedacito de pan. El almuerzo era sobre las once y la comida entre las 3:30 y las 5:00 de la tarde.

—¿Te sentiste discriminado en la prisión?

—Más que a los funcionarios de cárceles y prisiones, que estaban ahí para cumplir lo que les orientaban desde arriba, yo responsabilizo totalmente a la tiranía cubana, a la dictadura que nos metió en la prisión y nos mantuvo allí sin motivo, porque no cometimos absolutamente ningún delito. Nos llevaron ahí para demostrarle a otras personas que, por levantar la voz, por tener una biblioteca independiente, por recoger firmas para el Proyecto Varela o por hacer periodismo independiente, podían correr el mismo riesgo y la misma suerte. El mensaje no era para nosotros, sino para que el resto de la sociedad supiera que quienes se atrevieran a hacer lo que nosotros podrían terminar como nosotros.

—¿Recibiste tratos hostiles por parte de las autoridades?

—Conozco a muchos que recibieron tratos hostiles. Sabiendo del odio de ellos hacia nosotros, yo pretendí que mi respeto a la hora de dirigirme a ellos fuera una barrera. Pero sí, también sentí el trato hostil. En una ocasión hubo un oficial de Guanajay que me ofendió y la cosa escaló hasta lo físico. Pero fue con ese oficial nada más. Yo fui un hombre odiado pero respetado.

—¿Te interrogaron agentes de la Seguridad del Estado mientras estuviste recluido?

—Sí. En Villa Marista el proceso de instrucción fue totalmente con oficiales de la Seguridad del Estado. El primer oficial al que vi trató de ofenderme. Me dijo que hablara rápido, que tenía un paquete grande para mí; además me intimidó con que me iba a echar no sé cuántos años. Pero yo dije que no hablaba más con él y lo cambiaron.

Después, estando en Camagüey, un hermano mío salió del país, aunque antes lo registraron en el aeropuerto. Unos oficiales de Villa Marista aparecieron diciendo que yo había usado a mi hermano para sacar información para el extranjero, cuando yo no sabía ni siquiera cuándo se había ido.

En otras ocasiones fui interpelado por algunas denuncias que hacía, por cosas que comunicaba al exterior y me sacaban para tratar de amedrentarme, decían que me iba a complicar con más años, que iba a tener problemas, presiones psicológicas. Era en una sala de visita, pero te dabas cuenta de que estabas siendo filmado porque había cámaras.

—¿Sufriste algún tipo de tortura física o psicológica dentro de la prisión?

Física no, pero psicológica sí. Ingresar en prisión y que oficiales de la Seguridad del Estado pasen y te digan cosas que tú ni sabes, como «Oye, tus hijos están bien en la escuela»… Cuando empiezan a hablar de tus hijos y de tu familia tú te das cuenta de que no es solo contigo, sino que están vigilando a tu familia. Esas cosas yo las considero un tipo de tortura blanca que no deja secuelas, pero que te mantienen en todo momento con los sentidos alerta de qué puede sucederle a tu familia. Es una preocupación que te siembran, te inoculan.

—¿Presentaste quejas mientras estuviste preso?

—Sí, siempre: porque le daban golpes a muchos reclusos, porque a los presos políticos no nos permitían pasar alimentación, porque vivíamos en condiciones más cercanas a las de un animal que a las de un ser humano. Recuerdo una vez que en Guanajay nos dieron de comida pata y panza de res, con pelo, muy mala, con mucha fetidez, y yo tuve una discusión con las autoridades. Les dije que nosotros estábamos privados de libertad, no de nuestra condición humana, y que lo que nos estaban dando no servía.

A veces había soluciones. Yo presenté quejas en la prisión de Quivicán sobre el estado de las tuberías, porque el agua salía con fetidez y prácticamente con caca, prieta, de aguas albañales. Esas quejas, que saqué del penal, hicieron que ellos pusieran una tubería nueva. Pero la mayoría de las veces ellos no son receptivos a las quejas. Al contrario: se molestan, se sienten incómodos, actúan sobre ti, te quitan media hora de patio y cosas así.

—¿Había prisioneros que recibían mejor trato que otros?

—Claro, hay prisioneros que reciben algunas prebendas, privilegios. Al preso que era más colaborativo e informaba a las autoridades, le daban una visita de su pareja en el pabellón, un pase, y tenía ciertas mejoras respecto a los demás reclusos. Incluso le rebajaban el tiempo de sanción. Eran mecanismos que la tiranía y las autoridades de cárceles y prisiones utilizaban para manejar las almas vendidas de aquellos presos que se prestaban a ese juego.

—¿Viste reclusos en posición de poder disciplinario sobre otros?

—En todas las prisiones existen presos que son “los disciplinas” de los destacamentos. En muchos casos, son mandantes por su misma manera de ser, porque no son tan colaborativos, pero hay muchos que están puestos ahí por la policía precisamente porque sirven a las autoridades, les informan todo lo que sucede y así ganan cierta notoriedad y confianza.

—Cuando ingresaste en prisión, ¿te hicieron exámenes médicos?

—Cuando entramos, tuve una escaramuza, vamos a decir, con el psicólogo de la prisión, que se puso a debatir conmigo sobre cosas políticas y de ideología, pero yo me di cuenta de que era para conocer a profundidad lo que yo pensaba, no con un objetivo médico. En Camagüey una vez me hicieron una endoscopía porque tenía mucha acidez y estaba sintiéndome muy mal. Luego, como a los dos años de haber caído preso, nos hicieron unos exámenes clínicos en el hospital del Combinado del Este (La Habana).

Lo otro era una visita de rutina al puesto médico del penal, cuyo doctor trabajaba abiertamente para la Seguridad del Estado, pero pasábamos trabajo para ir al médico, la verdad. Yo adquirí la bacteria por las condiciones insalubres en las que estaba viviendo y pusieron hasta obstáculos para que mi esposa me suministrara un tratamiento que había conseguido por vías personales. El objetivo, pienso yo, era tratar de provocarme el mayor daño posible.

—¿Practicas alguna religión?

—Soy católico. Estando en Camagüey me atendió el sacerdote Paquito Francisco, que ya falleció, quien también atendió a mi familia. El cardenal Jaime [Ortega] le hizo una carta que le entregó mi esposa y ahí surgió un nexo entre ambos. Él le pidió a las autoridades atenderme y me pusieron en la lista de reclusos asistidos por él. Además, yo participé varias veces en un concurso de pastoral penitenciaria que se hacía en Cuba. Gané tres veces y a partir de entonces les dijeron a los sacerdotes que yo no podía participar más en esos concursos.

—¿Tenías comunicación regular con tus familiares y allegados?

—Tenía 25 minutos de teléfono una vez a la semana y cuando me trasladaron a la prisión de Guanajay, donde había un teléfono dentro de los destacamentos, podía hablar a diario con mi familia. No obstante, una vez un mayor le informó al jefe de destacamento que yo no podía usar el teléfono como el resto de los reclusos: podía hablar solamente una vez a la semana durante 25 minutos. Me negué. Le dije que él podía hacer eso si me sacaba para una celda de castigo, pero si yo vivía dentro del destacamento, tenía el mismo derecho que los demás. Hubo un pulso con ellos y la presión escaló un poco, pero terminaron cediendo y me dieron la razón.

—¿Tus familiares y allegados sufrieron consecuencias por su encarcelamiento?

Sí. El teléfono de casa de mi esposa estaba tomado. Ella era constantemente vigilada por las autoridades en la clínica dental donde trabajaba, y mis hijos eran vigilados en las escuelas. Un día, estando preso en Camagüey, mi hijo fue a visitarme y me preguntó: «Papá, ¿te acuerdas del oficial negro que entró con una pistola en la cintura cuando yo estaba visitándote? Ese hombre estuvo en la jornada científica de Güines en la que participé, vigilándome”. Esas son las cosas que pasan en Cuba. Desgraciadamente es así.

—¿Supiste de alguna muerte o intento de suicidio mientras estuviste recluido?

—Vi varios hechos tristes, desgarradores algunos, inexplicables otros: desde algún recluso que no soportó el rigor y terminó ahorcándose hasta reclusos que se inyectaron el sida o se cortaron las manos para tratar de evadir la pena de muerte; hasta reclusos que fueron asesinados vilmente por sus parejas homosexuales. Vi a presos apuñalar a otros y matarlos, como en la prisión de Guanajay, donde, durante una visita, un recluso atacó a otro delante de la familia porque había tenido un problema personal con él. Y está Zapata, que murió estando en prisión por una huelga de hambre. Lo conocí personalmente en la prisión de Quivicán y conversé con él varias veces.

—¿Te dieron una copia certificada en el momento de tu puesta en libertad?

Nosotros salimos sin ninguna copia de la carta de libertad. Incluso, a nuestros títulos académicos les pusieron un cuño de “anulado” por la parte de atrás. No nos dieron ni los programas ni las certificaciones de estudios terminados. Nada.

—¿Crees que las autoridades penitenciarias tienen la intención de reducir al mínimo las diferencias entre la vida en prisión y la vida en libertad?

—Para nada. Las prisiones son el lugar más inhumano, más bajo, más oscuro y más tenebroso donde puede estar cualquier ser humano. Da lo mismo que sea un preso común o un preso político. Ahí no se recupera ningún alma. Yo tengo la experiencia personal de haber conocido a muchachos que habían pasado más de la mitad de sus vidas en prisión, algunos desde la minoría de edad. Allí no se hace ningún trabajo para rescatar al ser humano y devolverlo a la sociedad.

El hombre que está preso en Cuba logra respirar durante 24 horas porque está vivo, pero allí no se produce ningún cambio en su interior como para, cuando salga, encontrar vías normales de subsistencia. Entre otras cosas porque en Cuba la mayoría de las personas vive delinquiendo, robando, vendiendo cosas para subsistir, porque no les alcanza el salario. Entonces el preso sale a la calle y no encuentra otra explicación a la vida que no sea la de delinquir para subsistir. Por eso vuelve a ingresar. El sistema está enfermo, destruido, y si socialmente Cuba está destruida, las cárceles igual.

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