La utopía es que el pueblo cubano reaccione

Normalizar es la clave. Cuando se alcanza ese nivel de conformidad, la verdadera utopía es que el pueblo reaccione.
GAESA, Cuba, turismo
Militares cubanos. (Foto referencial: CubaNet)

LA HABANA.- Entre memes y apagones el tiempo va pasando. Pasa para todos, los de arriba y los de abajo, los que viven dentro y fuera; pasa inexorablemente, pero no en las mismas condiciones. Las burlas que ha provocado la frase de Miguel Díaz-Canel sobre la utopía son casi tan vastas como las opiniones de todo tipo generadas por las declaraciones de Luis Manuel Otero Alcántara tras su destierro a Estados Unidos. Mientras las redes se trababan entre chistes y acusaciones, la Guiteras fue reconectada al Sistema Electroenergético Nacional poco antes de que estallara el cacerolazo nacional convocado para el 24 de julio.

Como la utopía está en el ambiente, hacemos uso del término para calificar como tal el intento de que una Cuba apagada y con limitado acceso a Internet respondiera al llamado desde cada rincón del archipiélago. Si llegaban a sonar las cazuelas, sería en la capital, donde la gente puede conectarse un poco mejor. Por eso el jueves, desde las siete de la noche, la Empresa Eléctrica comenzó a prender circuitos selectivamente. A las nueve en punto casi toda La Habana tenía corriente y la gente que tenía intención de participar postergó la acción cívica para ponerse a lavar, cocinar, dar el baldeo del mes aprovechando que también hubo bombeo de agua, ver un poquito de televisión, dormir otro poquito en aire acondicionado. Era tanto lo que había por hacer que los habaneros se sintieron como la cucarachita Martina, indecisos sobre el mejor modo de aprovechar esos megawatts.

La bonanza duró entre cinco y siete horas, según reportaron desde diversos municipios de la capital, antes de un nuevo corte de energía. El 25 de julio, vísperas del aniversario del Moncada, varios circuitos tuvieron corriente por más de 24 horas, sobre todo en áreas próximas a los centros del poder político, mientras en los barrios periféricos arreciaban el apagón y el calor, la fatiga y el hambre, la desesperación de no poder vivir a pesar de intentarlo cada minuto de cada día.

Cuatro mujeres cerraron la Calzada de Diez de Octubre en señal de protesta por las condiciones de vida. La dictadura respondió con un operativo descomunal, otra muestra –si hiciera falta- de que las sanciones están golpeando donde duele, pero la capacidad de represión se mantiene intacta. Es comprensible que la Casa Blanca se lo tome con calma, pues más tranquilos estaban los cubanos y cubanas que, desde ambos lados de la calzada, contemplaban la escena sin intervenir.

Cuba está para clausurarla: cadenas, candados y hasta nunca. No hay país en Occidente, salvo los que sufren una guerra, en peores condiciones, y lo más seguro es que, si Volodimyr Zelensky leyera este artículo, nos aclararía que, en Ucrania, aún bajo el asedio ruso, la vida sigue con relativa normalidad; al menos las infraestructuras funcionan de manera estable.

Que algo tan simple como eso se logre en Cuba es parte de la utopía por la cual, según Díaz-Canel, nosotros debemos seguir soportando el presente estado de cosas. Detrás de la ola de chistes que causaron sus palabras está la preocupante realidad de que este pueblo que lleva 67 años sobre la piedra sacrificial, seguirá siendo sacrificado en pos de un proyecto que jamás ha sido posible.

Los cubanos al parecer no entendimos la gravedad de sus declaraciones. Nuestras vidas, las de nuestros hijos y nuestros nietos seguirán ensartadas en una rueda que avanza hacia un destino que automáticamente retrocede, en una suerte de persecución perpetua. Y nosotros muertos de risa, vociferando y guapeando en redes porque el choteo es parte de nuestra idiosincrasia, aunque su efecto disociativo y ralentizador nos impacte de lleno.

Ahí vamos, de la utopía en reversa a los molleros de Luis Manuel Otero; de denunciar el pésimo servicio de ETECSA a financiar una radiobase en Taguasco con el dinero de vecinos y emigrados por tal de no dejar al pueblo incomunicado; del entra y sale de la Guiteras al funcionario que premia a un médico intensivista con una bicicleta para que pedalee en plena crisis mientras él y otros como él, que no sirven para otra cosa que no sea la delación y el voto unánime, se mueven en carro y disponen de una cuota de combustible.

Ahora que la Guiteras volvió a romperse, los privilegiados que no tocaron calderos la noche del 24 porque tenían la corriente que tan oportunamente el régimen proveyó, protestan sin eco por el apagón kilométrico que les cayó una vez pasada la puesta en escena del 26 de julio. Así nos manipula el gobierno y nosotros nos dejamos manipular. La Guiteras será nuevamente conectada en los días inmediatos al centenario del natalicio de Fidel Castro y otra vez los cubanos aprovecharán la tormenta de megawatts para lavar la loma de ropa acumulada, dar el baldeo de agosto, dormir un poquito con aire acondicionado y ver otro poquito de televisión.

Normalizar es la clave. Cuando se alcanza ese nivel de conformidad, la verdadera utopía es que el pueblo reaccione.

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