Se aferra veloz a lo suyo
concediendo sólo
un mensaje a la vez
Gerður Kristný
Entre Feria del Libro tapatía y navidades, enero y febrero dejó por aquí una que otra cosita de viajes en el tiempo y santería afrocaribeña de Rita Indiana; una IA que escribe como Vila-Matas (dentro y fuera de la nueva novela de Vila-Matas); unos Pamuk y unas Joyce Carol Oates que aún no leía; una reedición de un libro perdido de Mariana Enríquez: “era mentira que contarlo hacía que te sintieras mejor, pensaba Matías. Todo lo contrario”.
Pauso. Releo esto ahora mismo, subrayado por mí en la página 90 de la edición de Anagrama de Cómo desaparecer completamente, y me digo que sí, que eso creo yo también a estas alturas del partido. Un partido que pienso empatado o perdido, pero en el que aún puedo jugar y hacer alguna gambeta.
Descreo. Antes confiaba en Paul Ricoeur, la ipseidad y la alteridad y todo ello, y mucho más en eso de que, según las consignas de White y Epston, narrarse a sí mismo los episodios turbulentos aliviaba y permitía hallar rumbo (¿terapia, terapia narrativa a estas alturas, mi señor?).
Y nones. Ni de cerca es así. Por lo tanto, mejor avanzar como según y vayan apareciendo estos flashes literarios, estas historias y sensaciones inventadas mías y que parecen cristales trizados. Total, que a uno le queda funcionar únicamente como médium e intentar mirarse en esos pedazos rotos para poder seguir escribiendo (a riesgo de ser cliché, lo que tengo ahora mismo en la cabeza es esa escena ínclita de The Department, de Billy Wilder: “The mirror… it’s broken. Yes, I know. I like it that way. Makes me look the way I feel”).
Ahora que quizás, en un año de calma, piense: la poesía me sirvió para esto…
Terminé, también, de releer el libro de García Márquez sobre Miguel Littin, clandestino en Chile, para un artículo (más entretenido que el documental es el modo que tiene el Gabo de apropiarse de los modos de montaje de Littin para armar el libro) y al Sartre nauseoso, a propósito de un círculo de lectura que coordino. Así me doy cuenta de que vivir consiste en ir cambiando de metáforas. Pasar de “quien quiera nacer, tiene que destruir un mundo” a “el verdadero mar (como la verdadera vida) es frío y negro, lleno de animales; se arrastra bajo esta delgada película verde hecha para engañar a las gentes”.
Otra cosa, ocurrida entre enero y febrero: falleció mi mejor amigo (el que andaba metido en excesos y clínicas y en los versos de Anacreonte a Eros) y tengo un nuevo podcast favorito de literatura, Primer párrafo, conducido por dos libreros chilenos –yo nunca quise ser profesor, quise ser escritor; y antes de ser escritor, quise ser librero, y Costantino y Matías me retrotraen a ello. Saludos desde aquí, pura buena onda.
En un episodio de su programa, reseñan Baumgartner como no lo había oído en ningún otro lado; novela que, por cierto, leí mal y a la rápida para preparar un curso justo en ese abril infame de 2024 cuando Paul nos dejó. En su comentario, estos podcasters, que regentan Truman Libreros, se concentran, antes de cualquier otra cosa, en el modo en que Auster convierte en motivo literario el llamado “phantom limb síndrome”.
Leo en los papers muy acá de Chahine & Kanazi y de Borghi, Addabbo et. al que una persona que ha perdido una extremidad puede seguir experimentando sensaciones físicas donde ahora no hay nada. Esos cambios plásticos en la corteza cerebral pueden generar, fantasmalmente, sensaciones como hormigueo, presión, calor, movimiento y dolor. Como le ocurría a Adela, el personaje de Mariana Enríquez. Y también al teniente Dan (“You got new legs, Lieutenant Dan! They’re not bad, are they?”).
La maravilla de Baumgartner, el personaje de Auster, es que desplaza este síndrome a las instancias del duelo: “Íntimamente se asemeja ese sufrimiento a las secuelas de una amputación, porque la pierna o el brazo perdidos estuvieron una vez unidos a un cuerpo vivo, y la persona desaparecida estuvo una vez unida a una persona viva, y si eres el que sigue viviendo descubrirás que la parte que te han amputado, esa parte fantasma de ti mismo, puede seguir siendo fuente de un dolor profundo, infame. Ciertos remedios podrán en ocasiones aliviar los síntomas, pero no hay cura definitiva”.
Aún me hacen sentido los fantasmas (desde Margaret Oliphant hasta Lacan). Aún me hacen sentido los síndromes (por eso releo a Paul Auster y qué decir de Oliver Sacks). Así que este síndrome del miembro fantasma, como un motor creativo y también como un fenómeno neurobiológico, es lo que irá instalándose al centro de estas bromas infinitas.
Por costumbre, por incompetencia, mi sistema nervioso aún tenderá, seguramente, a narrar al modo conocido (algo había aquí, y aunque sean ya puros ecos fisiológicos, el cerebro es fiel a su cartografía. [Hasta luego querido trasunto mío de Éttiene La Boétie, fumador, depresivo, lector de Zweig, y gracias por el pescado]). Pero ya va siendo hora de convencerse de que hacer literatura es un modo de justificar las sensaciones ilusorias de una extremidad amputada. O bien, implica fabricarse una prótesis más ajustada y realista para poder seguir caminando sobre los renglones de los propios ensayos y novelas.

