I
Contra mi boca el alcohol mitigado por cítricos de un after shave de farmacia sobre su mejilla lisa, cortante, y la sensación de ser joven por transmisión. Tracy Chapman en la radio del carro. Todo oscuro por la ventanilla, salvo los focos de otros carros que me develan tiempos lejanos: natilla de chocolate en copas de bacará, un bautizo en la iglesia de El Ángel de cal blanca y mucho frío, tanto cómo se pueda aguantar en La Habana un siete de enero.
El olor tropical de la colonia barata se ha quedado sobre mi mejilla, prometedor de otros besos que jamás se darán. Mientras tú raspas el merengue del fondo de las copas labradas con rastros de chocolate y de un amor que no fue. Todo lo que remueve una cucharita al entrar en la blanda natilla desde el fondo de una canción puesta en la radio por un extraño es lo único que queda. Todo lo que remueve una lengua fría al rozar otra caliente. Pajarerías –dijiste–, sin fe no hay creencia, y el bautizo es solo un acto de representación más. Pero la bautizamos a pesar de la falta de fe y del frío glacial de aquel domingo, ni siquiera hubo fotos.
La plaza era triangular sobre una colina. Por un lado, el edificio art nouveau, por el otro la iglesia donde nos esperaba el padre Carlos Manuel de Céspedes. El agua de la pila bautismal olía a mármol salobre como si hubieran vertido sobre ella un puñado de sal. Dentro del carro, atrapo cada sensación que quiere fugarse, envejeciendo a medida que avanzamos, al hacer un corte leve entre el retrovisor y tu rostro. Los ojos son verdes, pero recién los descubro, acabo de descubrirlos cuando el foco de otro carro al pasar ilumina el espejo y la canción se termina.
¿Ella está viva? –te pregunto por la cantante, ¿o por mí?
II
Mi abuelo materno Francisco se llamaba, era puntero del central del pueblo aquel: cataba las mieles de la azúcar extraída a las cañas. No lo conocí, murió antes de que yo naciera, supusieron que de un cáncer estomacal y dejó a mi abuela con seis hijos pequeños. Pienso que la medida ha sido algo importante para la familia: mi madre midiendo los cuerpos deformes de sus clientas bajo los algodones y las sedas puras, siempre con un centímetro mordido entre los dientes. Mi tío Luis con el tiempo de los minuteros paralizado entre los relojes que arreglaba. Calixto y tío Fico midiendo el grosor de los hilos de colores salteados que entraban a las máquinas de los telares de Ariguanabo, tensando un arcoíris bajo aquel sonido ensordecedor.
Tío Juan midiendo los compases del órgano que le prohibieron tocar en la iglesia de Punta Brava, hasta que se ahorcó. Mi tatarabuela midiendo la altura del sol bajo una sombrilla hasta lograr la sombra perfecta, decía. Y el tío abuelo sacando santos de una arena movediza, desenterrándolos de la playa de Santa Fe para ver si todavía profetizaban algo.
Yo he tratado de medir la cantidad de sentimientos que pongo entre las líneas y las palabras, sin lograrlo. La hechura amerita una proporción definida, una cantidad hacia el equilibrio. No obstante, y tal vez por contraste, en mi familia todos hemos sido desequilibrados. Si hubiera un punto que los uniera en el horizonte, ese punto sería el de la salvación que intentaron alcanzar con una horqueta, una sombrilla, o una soga, sin lograrlo. Y esa medida preferiría que fuera un comienzo y no un recuerdo.
III
Sigo dentro del silencio del carro la secuencia de unas imágenes que aparecen y desaparecen como si el proyector las trajera fragmentadas inútilmente a mi mente, no conversamos. Eres un muchacho callado, escucho tu respiración y hasta el labio al morder las curvas de la carretera. Muchas veces, durante meses, hemos hecho este trayecto antes del amanecer, midiendo también la distancia entre un punto y otro de la velocidad con la que las cosas van empequeñeciendo, alejándose, quedando atrás: tíos, abuelos, canciones, amores, suicidios; santos de madera con profecías incumplidas entre los desvaríos y desvíos de otras carreteras.
Ahora no hace falta ningún esfuerzo para recordar, ya no hay misterio. Todo aparece, se nubla y nos sobrecoge, saliendo de otra oscuridad sin premeditación, mediada también a través de palabras que, tal vez dentro de diez años, o más, cobren vida, aunque no lo sepamos –como aquella que de pronto se ilumina sobre otra en forma de obstáculo–: conos naranjas que resaltan en medio del asfalto, o desde una melodía, o dentro de unos ojos por el retrovisor, sin piedad.
A veces, quiero concatenar esos instantes por mi manía de armar algo que se sostenga un poco, pero ya no puedo. Ignoro si es cierto en el mundo, pero es cierto aquí donde me encuentro, en el poema. Y, en cuanto volteas la cabeza, o doblas una esquina ralentizando la velocidad, se pierden. Hago esfuerzos para encontrarlos, pero no los hallo, se han convertido en cosas demasiado efímeras: luces, fracasos y obsesiones que salen al encuentro del camino arbitrariamente y sin dejar rastro, superponiéndose sin relacionarse tampoco con algún sentimiento, así se irán sin volver jamás, te lo aseguro. Desde entonces, el chocolate en cualquiera de sus variantes me provoca olvido. No he vuelto a probarlo.
Miami, 17 de febrero 2026

