Me he dado cuenta de que he estado enferma todo el invierno. Uno no lo sabe enteramente hasta que pasa. No hay manera de equiparar algo que desconoces en semejante magnitud de violencia y tiempo. “El invierno más largo y crudo en años”, nos han dicho en Willimantic.
A veces pasa que inauguras algo. O te toca sentir en la propia piel lo que ya otros sintieron y escribieron y convirtieron en libros magníficos o en guiones de cine y películas; lo que es igual a desconocerlo uno. La sensibilidad que despierta una obra de arte no es equiparable a la vida. El arte, para bien o para mal, transcurre en universos paralelos. Yo venía de ahí. De inviernos paralelos.
Si bien en Miami ya celebran la primavera, aquí todavía nos vestimos por capas; aun cuando ahora la gente corre a sentarse al sol en las mesitas de los cafés. En los más elegantes, sillones y sofás de mimbre, unos al lado de los otros, miran a la calle desde sus terrazas altas como balcones o lunetarios. Un instinto salvaje se despierta y es real. No soy optimista. No se puede obviar que llegará otro invierno, que he estado enferma y recuperarme será otro gesto inédito, que la primavera llegará del todo probablemente en un mes.
No se la puede pasar una enferma la mayor parte del año. No hay corazón para soportar el vaivén y salir ilesa; riñones, piernas, espalda, vientre, nalgas, ojos. Dildos.
Pienso en esas historias donde alguien llega del mundo exterior e irrumpe en la habitación donde otro yace a oscuras, quejoso y ciego, para descorrer cortinas y abrir impetuoso las ventanas al sol. ¿Virginia Woolf, Sándor Márai, Charlotte y Emily Brontë?
De momento retomo algunas caminatas diurnas. He esperado este minuto por siete meses. Rayado los días en la pared. Salvo excepciones, me alimenté como los cerdos. Para no morir. Cuando algo en mi rutina cambia, el resto se viene abajo. En ese sentido, A. se comporta como un dique, un muro de contención. Anoche limpiamos el apartamento a las diez. Me puse con el baño y los muebles por pudor. Por mí, se lo hubiese tragado todo la mierda. Puedo pasar por encima de la mancha en el suelo y seguir de largo; dormir en las sábanas del verano.
He estado muerta. No me gusta esta sensación de morir y renacer en la primavera como una planta. No puedo migrar de mi propio cuerpo. Estoy atrapada. No soy un ave. Me doy cuenta del estado de locura que me posee. Quiero singar, hablar, hablar, hablar, reír, gritar, aparearme como las bestias; reunir a mis amigos de una vez y para siempre, para siempre –¿por qué tan lejos?– e irnos todos de farra la vida entera.
Me pregunto si A. sentirá lo mismo con esta misma intensidad —ahora sé que sí—. A él le ha tocado pasar el invierno afuera, ir a la escuela, dar clases, recibirlas, entregar trabajos a tiempo, poner exámenes, estar disponible para sus alumnos, para los otros, para mí. Yo no he necesitado estar disponible para nadie. A. me exonera de toda responsabilidad. Él puede hacer eso, me mima, me cuida, soy la niña de la casa, la reina. Somos clase media. Hago collares y pendientes de tela en las madrugadas cuando no duermo. Tengo un colgador repleto.
“Ya estarás bien”, me dice, “no te apures”, “no te exijas”, “déjamelo a mí todo”, “trabaja en tus cosas”, “con lo que tenemos es suficiente para mantenernos y ayudar a los amigos en Cuba, a tu mamá, a mi mamá”, “no tiene sentido que andes por ahí fregando platos, todo el día parada frente a una caja contadora y luego llegues aquí descojonoda, no quiero eso”, dice y me llama “Vida”. No necesito estar disponible siquiera para él. Él respira por los dos. Me cuida. Me mima. Hiberno. Resucito de entre los muertos y las lilas.
Willimantic, 1 de abril de 2026



Exultante es la belleza de la honestidad: cuando se es transparente desde la médula hasta el mismísimo cielo.
¿Qué dice esa boca profana?
¡Dildos! 😃
¿Qué argumenta con furia anglicana?
Will & Mantis 🥰
❤️🩹🫂
Gracias, Roxi querida. Te dejo un grande abrazo. Por allá nos vemos! ❤️