‘Cagüeira’, de Orlando Mora: antipatía por la señora Venganza

'Cagüeira' es una película formalmente proteica, híbrida. El relato fluye en una perenne alternancia entre lenguajes cinematográficos, entre el cine de lo real y la ficción, entre el constructo realista y la elucubración mitopoética y onirista.

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El cortometraje de ficción Cagüeira (2026), del realizador cubano Orlando Mora (Matar a un hombre, Brujo amor, Gemini), tendrá su estreno mundial en el 43° Festival de Cine de Miami (MFF) que transcurre del 9 al 19 de abril de 2026 en la ciudad estadounidense.

Esta película, filmada por Mora Cabrera como tesis de graduación de la especialidad de Dirección de Ficción en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV), compite en la categoría de Cortometraje Internacional y es el único título latinoamericano que se exhibirá en el programa Deseo y Destrucción: Cortometrajes de Terror junto a otras seis obras genéricamente afines del Reino Unido y Estados Unidos.

Protagonizada por Katya (Yaité Ruiz), la sombría empleada de un zoológico cubano que desata pavores sobre su entorno y sobre su cuerpo, la película mixtura body horror, terror psicológico, cine de venganza y las formas libres del cine-ensayo y el cine de archivo. Y se ancla en la reformulación de una de las criaturas mitológicas más persistentes en los imaginarios cubanos rurales (sobre todo en la región oriental de la isla): el cagüeiro, humano que posee la capacidad de metamorfosearse en animal a voluntad, sobre todo para escapar de la muerte inminente.

Una serie de explosiones en unidades militares cubanas pone en vilo al poder, en una época poco discernible. Quizás los ochenta, quizás los noventa, quizás los 2000 y tanto. Cuba es una marisma temporal. Una grisura que no se cuantifica en quinquenios plúmbeos, decenios negros o trinquenios amargos.

El tiempo transcurre de manera diferente en los totalitarismos –o no existe en lo absoluto; la Revolución cubana se (re)presenta como un instante expandido ad infinitum–, los años pierden sentido, los minutos se dilatan infinitamente: el sol se niega a salir por el Este, la luz adquiere las velocidades que le placen al tirano.

Como sucede en el distópico corto Tundra (José Luis Aparicio, 2021), Katya recorre y sacude un país sin tiempo, una realidad estática, aherrojada en un segundo eternizado, aquejada de una sempiterna parálisis del sueño. Cuba es una nación que solo parece avanzar de mutación en mutación, a golpe de trauma, de cataclismo en cataclismo.

Las autoridades apenas cuentan con un somero perfil de la saboteadora: una mujer de mediana edad, sin nexos tangibles con “el enemigo”, sin conexión aparente con agendas, agencias ni organizaciones. Se intuye una desazón semejante a la de los oficiales nazis que atraparon al relojero Georg Elser, el alemán solitario (sin vínculos con ningún grupo de poder) que decidió unilateralmente terminar con la vida de Hitler en 1939 para evitar la inminente Segunda Guerra Mundial.

Katya es un átomo libre y anárquico que no puede rastrearse con facilidad, una cabeza invisible que no puede ser cercenada. Reside en un espacio liminal inalcanzable, más allá del Gran Relato, más allá del imago mundi perfilado por el poder con sus paranoias y su síndrome de “plaza sitiada”. Allende incluso el horizonte de eventos del único mundo posible “diseñado” para los cubanos de la isla.

Pero Cagüeira no se concentra en la cacería de la saboteadora, ni en la descripción didáctica de sus procederes, y apenas si perfila sus motivos. Se desplaza hacia el territorio implosivo de las resonancias del dolor, de su capacidad para descoyuntar las leyes biológicas, físicas, y terminar predominando como eje y medida de todas las cosas.

El dolor de Katya termina convirtiéndose en arma –en inglés existe un término más connotativamente preciso: weaponizing— con la que punza y destroza la crisálida de ilusoria inexpugnabilidad que el régimen ha tejido alrededor del cuerpo de la nación, con que lo ha suplantado.

La historia, entonces, se concentra en las transmutaciones que terminan operándose en una mente y un cuerpo rebelde, tras experimentar la apocalíptica epifanía de la retaliación. Es una cartografía de las consecuencias, las huellas y los estigmas que quiebran las molduras orgánicas, sometiendo el diseño de la carne bajo su potencia arrolladora hasta alterar drásticamente la propia morfología humana. La rebelión como destilación de esencias yacientes en profundidades inconcebibles de la conciencia, capaces de reconfigurar la misma realidad una vez desatadas.

La película expresa esta transmutación tanto en el estrato diegético como en el extradiegético, consecuente con la lógica de resonancias que establece el relato, y también acorde a las propiedades teriantrópicas del ser legendario sobre el que se basa.

Cagüeira es una película formalmente proteica, híbrida. El relato fluye en una perenne alternancia entre lenguajes cinematográficos, entre el cine de lo real y la ficción, entre el constructo realista y la elucubración mitopoética y onirista. Tiene un pie apoyado en la fábula y otro bien asentado en los registros documentales. A golpe de montaje (urdido por la paraguaya Verónica Díaz), dichos territorios se diluyen en un todo alegórico y telúrico.

La “libertad” de la representación ficcional contrasta con el hieratismo didáctico y kitsch que generan los archivos asimilados (absorbidos) por el relato de Mora Cabrera: las ediciones 1086 (Francisco Puñal, 1982) y 1107 (Lázaro Buría, 1983) del Noticiero ICAIC Latinoamericano, la majestuosa catedral propagandística del régimen cubano. De igual manera, la anárquica e impredecible Katya colisiona con el poder normado, canonizado y también kitsch.

Los fragmentos de los noticieros asimilados por el relato de Cagüeira están dedicados a los cocodrilos, a su doma (1082) y a su cría abundante y su caza (1107). Son aristas del sojuzgamiento, de la mutilación volitiva, de la represión.

Tanto la bondad de quienes exhiben a Dinka, la cocodrila domesticada que disfrazan de pionera, como la brutalidad de los cazadores que enuclean a mano limpia a los animales cazados, son expresiones de la misma prospección humana hacia la estrangulación de las libertades. Los noticieros dirigidos por Puñal y Buría, en su enciclopedismo modernista y su propensión doctrinaria, representan estas circunstancias como pintorescos triunfos de la razón, como entusiastas episodios de la dominación humana (y “revolucionaria”) de la naturaleza.

Las fuerzas de la naturaleza sucumben temporalmente, pero nunca dejan de rebelarse y revelarse ante la patética prepotencia de los humanos. El dolor también es una fuerza universal, una potencia arrolladora, una esencia tan elemental como invencible. Se hace carne en Katya y desciende al mundo para desatar el Apocalipsis.

El choque –entre la mujer y la institución militar, entre ficción y documental, entre ángulos ideológicos de los diferentes códigos de representación mezclados– se sublima en la absorción, fusión y final disolución de todos los polos opuestos por decreto; resultando una nueva percepción que hace lugar a todo lo que ha sido desterrado de cualquier modelo oficial de la realidad.

Cagüeira sugiere una fantástica alegoría del cambio y la sublevación, una mirada lírica al disenso que siempre proviene de una obligada transmutación del ser, de la anagnórisis severa que redimensiona la visión del mundo y del lugar que se ocupa en este. Este drástico proceso hiende huellas profundas en la mente y el cuerpo, situándolos en un camino de no retorno a sí mismos.

ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
ANTONIO ENRIQUE GONZÁLEZ ROJAS
Antonio Enrique González Rojas (Cienfuegos, 1981). Periodista y crítico de arte. Textos especializados suyos aparecen en publicaciones como La Gaceta de Cuba, Cine cubano: La pupila insomne, El Caimán Barbudo, Hypermedia Magazine, Altercine (IPS Cuba), Cine Cubano, Esquife, Noticias de Arte Cubano, Bisiesto (Muestra Joven ICAIC), Enfoco (EICTV), la revista del Festival de Cine de La Habana, y otras. Ha sido guionista de varios programas televisivos especializados en audiovisual como Lente Joven, Banda Sonora e íconos del celuloide. Ha integrado jurados de la prensa en eventos como el Festival de Cine de La Habana. Ha publicado libros de ficción y crítica de cine, entre los que se encuentran: Voces en la niebla. Un lustro de cine joven cubano (2010-2015) (Ediciones Claustrofobias, 2016) y Tras el telón de celuloide. Acercamientos al cine cubano (Editorial Primigenios, 2019). Un tercer volumen titulado “Críticas, mentiras y cintas de video” está en proceso de edición.

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