LA HABANA.- En el más reciente pleno del Partido Comunista de Cuba, el gobernante Miguel Díaz-Canel apareció tan demacrado que ahora sí parece que le entregaron el timón del desastre. Tras la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos y a la par que crece el clima de confrontación entre el presidente Donald Trump y La Habana, el sucesor designado por Raúl Castro ha redoblado su retórica de trinchera y reconocido que “todos los problemas de Cuba no pueden achacarse a factores externos”. Lo dijo como quien intenta, desde el discurso, desplazar la culpa a la militancia del PCC, que ha sido el responsable directo de la deriva del país hacia la dependencia de naciones extranjeras, la crisis económica, la indigencia social y el desprestigio político.
Después de su encendido discurso en la tribuna del malecón habanero, donde la guapería barriobajera fue coronada con la promesa de que por Venezuela ellos (PCC, MININT, las FAR) están dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre, los acontecimientos en Caracas marcharon en sentido contrario. Allí la única sangre derramada fue la de los efectivos que protegían a Maduro, entre ellos 32 cubanos, y tres civiles. Si corrió algo más, fueron el cafecito y el agua de cortesía mientras se decidía, en un tono muy cordial, el futuro de las relaciones entre Estados Unidos y el remanente del chavismo, encabezado por los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez.
La complaciente actitud del alto mando venezolano dejó en ridículo, una vez más, a la cúpula castrista; pero sobre todo a Díaz-Canel, que se tomó el arresto de Maduro más a pecho que los “indomables defensores del chavismo” en Miraflores. En el aluvión de críticas, burlas y memes que generaron sus pronunciamientos, especialmente ácido es aquel que muestra a Sandro Castro con una cerveza Cristal en la mano: “cuando estoy contigo, se me olvida que Díaz-Canel es presidente”.
Por menos que eso, hay jóvenes presos en Cuba. Precisamente para evitar esa clase de insolencia fue aprobado, en agosto de 2021, el decreto ley 35, bajo el cual puede ser sancionado cualquier ciudadano que utilice sus redes sociales para criticar o ridiculizar a los funcionarios públicos, sobre todo a Díaz-Canel, quien quedó muy mal parado durante y después de las protestas del 11 de julio de ese mismo año.
A Sandro lo protege su origen. No actúa porque posea una rebeldía extraordinaria, ni una visión de futuro que lo coloque en sintonía con el pueblo cubano. Sandro no concibe una Cuba donde no gobierne la sangre de los Castro, da igual si lleva o no el apellido, mientras sus privilegios estén garantizados. Queda claro que no simpatiza con el gobernante designado, pero sus intereses son personales y su labor de influencer, además de darle publicidad a la cerveza Cristal, pudiera ser parte de la estrategia que, desde el poder, prepara el fin de Díaz-Canel, siendo evidente que la condena de Alejandro Gil no bastó para recuperar la confianza en el PCC y su capacidad para enderezar lo que durante décadas han deformado.
Ahora que Trump demuestra que no está jugando, y que el “bloqueo” se está recrudeciendo de verdad, da la impresión de que Miguel Díaz-Canel se queda solo y su poder es más ficticio que nunca. Sin respaldo popular, con la sombra de Gil -su amigo y pupilo- proyectándose sobre su gestión, y con su imagen inexorablemente ligada al descalabro definitivo del orden social y económico cubano, no es extraño que los nombres importantes comiencen a desmarcarse.
Tarde o temprano, ser un títere pasa factura. Díaz-Canel se ganó el repudio del pueblo cubano al dar la orden de combate el 11 de julio de 2021. Ese desprecio no ha hecho más que aumentar desde entonces, aunque se ericen las viejitas de Cauto Cristo y un puñado de voluntarios se preste para integrar la comitiva de recibimiento cada vez que el gobernante viaja a alguna provincia. Por mucho dinero que haya invertido el régimen en hacer creer que Díaz-Canel es popular y respetado, pasará a la historia con el epíteto que soberanamente le colgaron los cubanos durante las protestas del 11J.
Cuando lo remuevan de su cargo, nadie lo echará de menos. Tampoco será motivo para celebrar como hicieron los venezolanos al enterarse de la abducción de Maduro, porque bien sabemos que la raíz del problema tiene otro nombre. El marido de Lis Cuesta no es más que un brote enfermo en un tronco podrido, y como tal será extirpado para dar paso a la semilla del clan Castro que, en diciembre pasado, fue plantada en la Asamblea Nacional, donde germinará más rápido. El poder visible -el real jamás lo soltaron- volverá a manos de la familia de Sandro, y a los cubanos no nos alcanzará un océano de “Cristach” para ahogar la vergüenza de habernos convertido en el pueblo que somos.








