LA HABANA.- Llegamos hace muy pocos días al año nuevo; arribamos definitivamente a esa primerísima jornada que estuvo marcando el inicio de una nueva sucesión de días y también de noches. Y fue así como cerramos el año viejo año para dejar abierto, como sucede siempre, el nuevo calendario, ese que, añoramos, sea un poquitín mejor.
Hemos llegado a un nuevo año, pero a diferencia de otros, esta vez no recibimos al entrante con el mismo entusiasmo de otras veces. Esta vez fuimos mucho más discretos, más apocados, incluso tristes, y parcos y llorosos. Esta vez no hubo algazaras ni agua lanzada desde puertas y balcones para limpiar los días por acaecer.
En este año ni siquiera nos propusimos dar la muy acostumbrada vuelta a la manzana arrastrando una maleta. La maleta, siempre la maleta que usamos para las evasiones, las maletas para ese salto que es siempre una escapada. Esa que podría ponernos en “distantes riberas”, en paisajes nuevos, renovados. El viaje, siempre protagonista en la vida triste de nosotros los cubanos. .
El viaje, el socorrido viaje, el de cada vez, ese que muchos entendemos como la única posibilidad de salvarnos de las muchísimas miserias. El viaje sin importar el destino, el viaje incluso a esa geografía venezolana de comunismo y muerte. El viaje de jóvenes soldados a cualquier sitio, incluso a esa venezolana geografía donde murieron cubanos jóvenes que quizá sólo buscaban alguna una mejoría, aunque fuera breve.
Un viaje, siempre el viaje para conseguir eso que Cuba no ofrece, un viaje en el que podría despegársenos el cuerpo de la cabeza. Un viaje que no es vida, que es sólo escapada, y muchas veces muerte. Vivimos encerrados en un sepulcro a cielo abierto. Y esta vez no estuvimos rodeados de alegrías, no vivimos jornadas entre sonrisas. Este año nos parió congojas.
Esta vez cruzamos las puertas del nuevo año invadidos por la oscuridad más cerrada, por ese negror al que, y no son pocos, suelen llamar revolución, mientras otros aseguran que se trata de comunismo, y que en Cuba, si no son lo mismo, se parecen mucho, son casi iguales, al menos, permítanme insistir un poco más, son casi idénticos..
Y este año, al parecer, estaremos llenos otra vez de “Pobres gentes y, lo peor, atrapados en un sepulcro, en “El Sepulcro de los vivos”, que así, a la manera del viejo Dostoievski, prefiero yo hacer notar esa realidad que nos acongoja y que incluso nos mata.
Lo que nos queda por vivir se hará acompañar de llantos y de muertes. Cuba es un sepulcro habitado y lleno de hombres vivos, de mujeres y niños vivos. Cuba es una gran sepultura a cielo abierto. Y esa podría ser una de las maneras más justas de entre todas esas con las que intentamos calificar nuestras realidades, esas que nos acongojan y también nos matan.
Lo que nos queda por vivir se hará acompañar por muchos llantos, será en suspiros, en infinitos sollozos. Y perdurable será también ese negror que invade cada uno de nuestros espacios. Y todo sucede así porque pusimos la luz en las peores manos, dejando todos los espacios abiertos a las penumbras más cerradas.
En los días por llegar el negror se hará más insistente, más cerrado, y quizá hasta haciendo duelo por esos jóvenes soldados que murieron en Venezuela, en ese sitio en el que no estuvo ninguno de los grandes jefes, y tampoco el hijo o el nieto de un jefe grande, esos esos que se quedan en sus lindas casas, o en algún sitio gozando una cerveza Cristach.
Entre los muertos no se contabilizan ninguno de los grandes jefes, ninguno de esos que acostumbran a hacer largos discursos en televisión, y tampoco alguno de los hijos de esos grandes jefes. En Venezuela no estaba el nieto de Fidel Castro, ese muchacho ue prefiere, de entre todas las cosas, la cerveza Cristach, y tampoco tuvimos noticias de la presencia de algún descendiente de aquel argentino de apellido Guevara.
Los cubanos vivimos en un eterno sepulcro, en un sepulcro a cielo abierto, mucho más terrible que ese que se empeñara en describirnos el viejo Dostoievski. Cuba es muerte, y si lo duda, salga a la calle para que pueda ver a los tantísimos muertos en vida. Cuba es un sepulcro para los vivos, y si no me cree pregúntele al viejo Dostoievski.








