LA HABANA.- Cuba es, posiblemente, el único país de América Latina donde, en lugar de decirte “Feliz Navidad”, la mayoría de la gente te dice “felicidades”. Como si te hubieras graduado, como si te hubiera llegado la visa, como si hubieras superado una enfermedad —o uno de los tantos virus que ya forman parte de la flora y la fauna nacional— o, simplemente, como si hubieras sobrevivido.
Pero, ¿cómo se explica este fenómeno? ¿Qué raíces tiene? Para entenderlo hay que dar varios saltos en el tiempo. Y el primero nos lleva al 2 de enero de 1969.
Ese día, durante un discurso por el X Aniversario de la Revolución, Fidel Castro anunció algo que no fue una broma ni una metáfora, sino una sentencia: las Navidades dejarían de celebrarse como se conocían. Dijo que en diciembre la mayoría de los cubanos estarían cortando caña y que, probablemente, el próximo Año Nuevo se celebraría en julio, junto al 26.
A partir de ahí, la historia de la Navidad en Cuba se partió en dos.
Una tradición centenaria pasó de ser una celebración pública, familiar y visible a convertirse primero en algo incómodo, luego sospechoso, después prohibido y, finalmente, tolerado, aunque siempre con más sombras que luces.
Antes de 1959, la Navidad en Cuba no era solo un asunto religioso. Era una fiesta social: callejera, ruidosa, viva.
No hace falta enumerar interminables listas de comidas, dulces o bebidas. Pero los datos ayudan a entender el contexto. En 1957, la FAO situó a Cuba como el mayor exportador de productos agropecuarios de América Latina en relación con su población. Traducido al cubano: el país se autoabastecía, y con holgura.
Había carne de res, leche, frutas, café, tabaco y sobraba para exportar. También pescado, mariscos, cerdo, pollo, viandas, hortalizas y huevos. Cuba era el tercer país de la región en consumo de calorías y poseía la mejor ganadería tropical del mundo: casi seis millones de cabezas de res, prácticamente una por cada habitante.
Así que resulta fácil imaginar —o recordar— cómo eran las mesas de fin de año.
Pero la Navidad no solo se comía: se veía. Desde finales de noviembre se respiraba el ambiente festivo. Las grandes tiendas de La Habana —El Encanto, Fin de Siglo, La Época— y todo el bulevar de San Rafael competían por quién decoraba mejor sus vitrinas: luces, guirnaldas, arbolitos, nacimientos, nieve artificial, pancartas y ofertas. Todo eso, claro, sin apagones.
En muchas ciudades y pueblos se celebraban las parrandas, fiestas competitivas entre barrios que se extendían del 24 al 25 de diciembre. Las calles se llenaban de cohetes artesanales, carrozas y bailes alrededor de los parques. Y el 25, después de la resaca y de “dormir la mona”, la gente seguía festejando mientras discutía qué barrio había ganado ese año.
La noche del 24 al 25 también era el momento de la Misa del Gallo. La conmemoración del nacimiento de Jesús era un acto solemne y central. Las familias acudían a la iglesia tras la cena, integrando la celebración religiosa al festejo familiar.
¿Había desigualdad social? Por supuesto. Eso se reflejaba también en la Navidad. Pero incluso los más pobres celebraban. Las calles se llenaban de tríos y cuartetos que cantaban durante horas. En el campo, los guateques podían extenderse hasta enero sin interrupciones.
Para despedir el año, amigos y parejas acudían a clubes, cabarets o parques a bailar lo que hubiera: danzón, guaracha, chachachá, son, rockabilly. El “perreo” de la época tenía otros nombres y otros ritmos.
Incluso hubo un villancico famoso en toda Hispanoamérica: Arbolito. Se grabó en Cuba en los años cincuenta, bajo el sello Panart, interpretado por la orquesta catalana Els Fatxendes, artistas que vivieron y grabaron en La Habana durante esos años. Muchos otros músicos lo versionaron después.
Y hablando de Arbolito, en 1957 Cuba tuvo el árbol de Navidad más grande del mundo. Se levantó en Fontanar, a las afueras de La Habana. Lo llamaban “Siete Pisos”: veinte metros de altura, cuatro toneladas de peso, más de cuatro mil luces, una estrella gigante en la cima y nueve mil metros de cable. Duró tres años. Luego, desapareció.
La Navidad de 1959 marcó el inicio del final.
Santa Claus fue sustituido por Don Feliciano, un guajiro de sonrisa amplia, guayabera y polainas. El lema era claro: “Sé feliz revolucionariamente en las Pascuas de Cuba Libre”. Es decir, sé feliz… pero como diga la Revolución.
Por las calles aparecieron Papás Noel con barbas negras, símbolo de una nueva moda: la del poder y la fidelidad política.
El 24 de diciembre de ese año, decenas de camiones militares recorrieron los barrios repartiendo comida: puerco, turrones, golosinas. Era, sin saberlo, el anuncio del racionamiento. Y la gente gritaba: “Pa’ lo que sea, Fidel… pa’ lo que sea”.
Desde entonces, decir “felicidades” en lugar de “Feliz Navidad” dejó de ser una rareza. Pasó a ser una forma de supervivencia.








