marzo 16, 2026

Qué comer, con qué cocinar: cómo sobreviven los cubanos al apagón

Los apagones de más de 12 horas que afectan a los cubanos han convertido la rutina de cocinar en un ejercicio de subsistencia.
Así quedaron las manos de la propia autora tras cocinar con carbón
Así quedaron las manos de la propia autora tras cocinar con carbón (Foto: Cortesía)

SANTA CLARA, Cuba — Recorrer cualquier barrio de esta ciudad a las 5:00 o las 6:00 de la tarde es toparse con un entramado de humo negro que se levanta en columnas desde portales y balcones, unas más densas que otras, algunas con olores ciertamente insoportables. La escasez de combustibles como el petróleo o el alcohol para prender la leña y el carbón obliga a improvisar con productos tóxicos como la poliespuma o las jabas de nailon, que cargan el ambiente de un tufo a plástico quemado.

Los apagones de más de 12 horas en buena parte de los circuitos de la ciudad han convertido la rutina de cocinar en un ejercicio de subsistencia. No importa el estatus económico ni la profesión: maestros, doctores, abogados o familias con ayuda desde el exterior terminan inclinados sobre el mismo fogón improvisado, abanicando las brasas con gestos casi instintivos; todo por llevar un plato de comida a la mesa.

En este fogón prepara su comida una familia santaclareña
En este fogón prepara su comida una familia santaclareña (Foto de la autora)

Para ahorrar el saco de carbón por el que pagó casi 2.000 pesos, Sonia, una profesora de Español retirada, usa una técnica adquirida en el llamado Período Especial para prescindir del combustible: coloca los pequeños trozos en forma de pirámide sobre pedazos de cartones de huevo para que vayan quemando desde abajo. “Se les tiene que dar mucha penca para que prenda. En mi vida jamás pensé tener que volver a hacer esto. Los calderos se quedan con un tizne imposible de quitar”, advierte.  

Al margen de tener que conseguir lo poco que puede tirarse a las cazuelas, muchos ni siquiera cuentan con carbón u otra alternativa para preparar sus alimentos. Jesús es un anciano de más de 60 años que recoge latas, pomos plásticos o cualquier envase que tenga valor para los recolectores de materias primas. Sale de su casa en el reparto Camacho en medio de la oscuridad de la madrugada sin haber podido probar ni siquiera un buche de café, porque el poco carbón que le regaló uno de sus vecinos debe reservarlo para cocinar tan solo una vez al día. 

El fogón donde Jesús prepara sus alimentos
El fogón donde Jesús prepara sus alimentos (Foto de la autora)

“A veces voy al potrero y recojo algunas leñitas, pero se queman muy rápido para lo difícil que es encenderlas”, lamenta el anciano. En el patio de su modesta vivienda, Jesús tiene sembrado plátano burro y calabaza, los alimentos que habitualmente consumen él y su esposa enferma. Ni Jesús ni otro jubilado cubano pueden permitirse comprar un saco de carbón al precio del mercado informal. Incluso para las familias que reciben dos salarios mensuales considerados altos, semejante gasto se traduce en un sacrificio descomunal.

Aunque unos tienen más que otros, los apagones terminan por colocar a todos en la misma rutina de supervivencia. La desesperación que provocan las largas jornadas de oscuridad se convierte en un terreno común, tanto para quienes tienen dos o tres libras de picadillo en sus refrigeradores, como para los que apenas sobreviven con un par de viandas hervidas. Para los primeros, representa la carrera a contrarreloj para salvar lo que se descongela, mientras los segundos deben resignarse a estirar lo poco que les queda. 

Tras la caída parcial del Sistema Electroenergético Nacional (SEN) a principios de marzo, Elizabeth González, madre de dos niños menores de cinco años, cuenta que tuvo que cocinar en un día toda la comida que había reservado en su refrigerador, consistente en dos paquetes de pollo, varias salchichas y unas cuantas libras de picadillo. En total, debió consumir en tan solo un par de horas los alimentos destinados a todo un mes, los cuales le habían costado alrededor de 10.000 pesos. 

“Está comprobado que aquí no puedes guardar nada. Fue un dinero botado”, protesta la mujer, que, además, tuvo que improvisar un fogón de carbón en el techo de su casa, en el reparto Virginia, donde no restituyeron la electricidad hasta tres días después del colapso. Aunque había comprado una cocina de petróleo, ahora no puede utilizarla, porque cada litro del combustible se cotiza a 3.000 pesos en el mercado informal.

Quienes no pueden acceder al carbón o la leña prácticamente no tienen cómo preparar sus alimentos
Quienes no pueden acceder al carbón o la leña prácticamente no tienen cómo preparar sus alimentos (Foto de la autora)

“Cocinar en un apagón es una tortura tan grande que cuando vas a comer lo haces sin gusto ninguno”, cuenta Elizabeth, manicura por cuenta propia cuando tiene luz eléctrica. Aunque recibe alguna ayuda económica de su esposo, residente en Estados Unidos, asegura vivir en una tensión psicológica constante. “Si ponen la corriente de día, ya no sabes si lamentarlo o alegrarte, porque significa que no vas a tener de noche y no vas a poder dormir. A veces no sabes ni qué vas a comprar para la comida que no se te eche a perder, porque tampoco está siendo fácil encontrar cosas por ahí”.

La subida del precio del combustible ha condicionado que muchos negocios que antes se mantenían bien surtidos, sobre todo de productos cárnicos como el pollo o el picadillo, ahora apenas cuenten con un inventario reducido. Gran parte de los propietarios de mipymes y de estos puestos de venta ubicados en los barrios se surten a través de intermediarios que les trasladan la mercancía desde el puerto del Mariel o de almacenes mayoristas, pero el costo de un contenedor de La Habana al centro del país supera actualmente el millón de pesos.

Si en Santa Clara los apagones en algunos repartos superan las 20 horas, en las zonas rurales la situación es en extremo crítica: en algunas incluso solo hay 30 o 40 minutos de electricidad al día. Aymée Olivera es otra madre que tuvo que mudarse a la casa de un familiar en Santa Clara, porque en el poblado de Mataguá (municipio de Manicaragua), donde residía, “los refrigeradores son escaparates y los ventiladores están de adorno”, asegura. “Allá en Mataguá se consigue el carbón más barato que aquí, pero no hay nada que echar en los calderos”, concluye.

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