febrero 5, 2026

¿Qué pasará en Cuba?

No concibo que los mandamases crean que con las constantes invocaciones a Fidel Castro y al llamado de sus discursos patrioteros y sus consignas gastadas por décadas de uso y abuso, la mayoría de los cubanos esté dispuesta a morir por mantener los caprichos y privilegios de una casta inepta.
Cuba, crisis
La Habana. (Foto referencial: CubaNet)

LA HABANA.- El súper apretón de tuerca al régimen cubano que significa la orden ejecutiva del presidente Donald Trump declarando a Cuba como “una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de los Estados Unidos” genera mucha incertidumbre por lo que podrá suceder en un país ya prácticamente colapsado desde hace años.

Muchos cubanos de ambas orillas barajan teorías, suponen, especulan, opinan sin ton ni son, hablan boberías que no resisten el más mínimo análisis lógico.

Son tantos los disparates y barrabasadas de todo tipo que se escuchan y se leen por estos días que, para enumerar algunas, solo algunas de ellas, no sé por dónde empezar.

En tonterías, payasadas y papelazos, la primacía corresponde al régimen, a sus máximos dirigentes, sus voceros y partidarios más cerriles, que no consiguen ocultar el pánico mostrándose intransigentes y anunciando su decisión de resistir hasta la última gota de sangre.

De tan ridículos resultan patéticos los preparativos para la defensa ante un eventual ataque norteamericano. Derrochan el combustible de que disponen en mover blindados y tanques de la Segunda Guerra Mundial, se alistan para pelear con su armamento obsoleto, cavan trincheras, como si aún estuviéramos en la época de Sandino, el Vietcong o, mejor aún, de la Comuna de París.

No concibo que los mandamases crean que con las constantes invocaciones a Fidel Castro y al llamado de sus discursos patrioteros y sus consignas gastadas por décadas de uso y abuso, la mayoría de los cubanos esté dispuesta a morir por mantener los caprichos y privilegios de una casta inepta, egoísta y ruin, y continuar a perpetuidad bajo la pesadilla que ha significado esta tiranía de 67 años.

No obstante, ese nacionalismo patriotero inculcado por el adoctrinamiento oficial y la manipulación de la historia ha conseguido calar entre algunos, incluso en personas que se oponen al régimen, que, invocando una soberanía que no tenemos porque el castrismo se apropió de ella, e igualando como imperialistas a norteamericanos, rusos y chinos, le hacen asquitos a la posibilidad de una intervención extranjera en los asuntos de Cuba, que, según ellos, deben ser resueltos entre cubanos. ¡Como si la dictadura, en vez de la cerrazón y la represión habitual, hubiera dado muestras alguna vez de estar dispuesta a escuchar los reclamos del pueblo y a conversar con los que discrepan!

En el otro extremo, a ambas orillas, están los que se pronuncian decididamente por la anexión a Estados Unidos. Como si estuviéramos en el siglo XIX y los norteamericanos estuvieran ansiosos por agregar otra estrella a su bandera y asumir, cual si fuera un Puerto Rico multiplicado varias veces, los multimillonarios gastos de reconstruir una infraestructura prácticamente reducida a cero y asimilar como ciudadanos —precisamente ahora, en estos tiempos de políticas antiinmigrantes— a una población analfabeta en materia de civismo y democracia y con un daño antropológico que llevará décadas reparar.

Hay temor y preocupación por la posibilidad de una guerra, máxime sabiendo que los mandamases, con tal de no ceder un centímetro y mantenerse aferrados al poder, están dispuestos a condenarnos a un final numantino: da igual si morimos por hambre o bajo las bombas y la metralla.

Pero más que a una eventual guerra —que muchos dicen que aceptarían con tal de que sea breve (preferentemente golpes quirúrgicos lo menos cruentos posible) y que provoque la caída de la dictadura—, a muchos cubanos de la isla les asusta que Trump haga caso a la petición de varios congresistas cubanoamericanos de suspender el envío de remesas, alimentos y medicinas a Cuba. Aseguran que tales medidas aumentarían aún más las penurias y sufrimientos de los cubanos de a pie y, aunque logren que vayan menos dólares a las arcas del régimen, no van a significar su fin.

Es posible que los mandamases cercados no tengan otra opción que una negociación con los Estados Unidos. Se escuchan muchas elucubraciones al respecto: que México va a mediar; que Alejandro Castro Espín, que tan bien se entendió con Obama, estuvo en conversaciones con los norteamericanos y espera respuesta de la Casa Blanca; que Putin va a ceder a Cuba a cambio de Ucrania; que debe estar al aparecer —si no es que apareció ya— la Delcy Rodríguez cubana; que Estados Unidos la aceptaría a ella u otro peje similar como gobernante con tal de que no se cree un vacío de poder en Cuba y se desencadene un pandemónium a 90 millas de sus costas.

Están los demasiado optimistas, que creen que al castrismo solo le quedan semanas y que la democracia y la reconstrucción económica están al doblar de la esquina. Y, por otro lado, los catastrofistas, que pronostican, si no un apocalipsis bélico, una transición caótica hacia sabrá Dios qué, porque, según aseguran, “los cubanos no estamos preparados todavía para vivir en democracia”.

Esos fatalistas, con sus pendejadas y malabarismos, terminan haciéndole el juego al régimen al preferir, beatíficamente, que los cambios vengan gradualmente, de arriba, de la nomenklatura castrista, y que, para propiciarlos, haya bastante inversión extranjera en Cuba.

Los cubanos, empezando por los mandamases castristas que siguen encerrados en su irreal burbuja ideológica, no acabamos de entender que, para bien o para mal, nos convenga como nación o no, las reglas del juego mundial cambiaron definitivamente y de nada valen ya, por bonitos y románticos que suenen, los conceptos decimonónicos.

Conviene recordar aquel editorial de la revista Avances que en la década de 1920 advertía: “El patriotismo, si no tiene un sentido realista, se queda en obcecación suicida”.

No hay duda de que nos esperan momentos muy difíciles, pero definitorios.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956). Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura. Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.