LA HABANA, Cuba.- En las últimas horas se ha destapado una hemorragia de analistas, politólogos y patrioteros deseosos de imponer su visión sobre los recientes sucesos en Venezuela. Lo han hecho desde una ignorancia y un atrevimiento tales, que los propios venezolanos han tenido que salirles al paso y exigir, en primer lugar, respeto, además de coherencia y empatía, porque es muy duro escuchar a gente que no ha padecido la represión del chavismo alegar que “el fin no justifica los medios”, y preocuparse por los recursos naturales de Venezuela como si el saqueo hubiese comenzado ahora que Trump ocupa la Casa Blanca.
Convenientemente, los discursos que cuestionan la incursión militar contra Maduro dejan fuera el tema del narcotráfico, de los miles de muertos y presos políticos en la cuenta del chavismo, de la injerencia consentida al régimen de La Habana. Ninguno de esos detalles parece importante para quienes ahora vociferan sobre una posible escalada en el continente y denuncian bajas civiles que no ocurrieron, pues la operación estadounidense fue tan precisa que solo fueron abatidos los mercenarios cubanos que protegían al dictador.
El plan para Venezuela está trazado: gobierno provisional y transición a la democracia, sea entregándoles el poder a quienes lo ganaron legítimamente en julio de 2024, o convocando a nuevas elecciones. El uso de la fuerza fue el recurso que quedó cuando fallaron los organismos internacionales creados para preservar la democracia. A pesar del fraude electoral demostrado, el “mundo libre” siguió haciendo negocios con el régimen de Maduro, participando de sus ilegalidades, dándole oxígeno. Hoy que el pueblo venezolano es feliz después de tanto tiempo, los analistas exprés se atragantan debatiendo sobre la libertad y la soberanía ajenas, que si el patio trasero y la doctrina Monroe, que si no era esa la forma correcta, porque nunca lo es según la visión de quienes, bien lejos del conflicto, se creen con derecho a juzgar una realidad que no les afecta.
Ese nivel de mareo es comprensible, hasta cierto punto, en quienes viven en democracia y se distraen arreglando el mundo entre chupitos, protegidos por una Constitución que se respeta y les da potestad para mudar de opción política cada cuatro o cinco años. Lo inadmisible es escuchar esa cantaleta en boca de opositores cubanos que saben que hay hombres y mujeres inocentes cumpliendo prisión por haber salido a protestar, sin infligir daño alguno, el 11 de julio de 2021 (11J).
Por esta clase de incongruencias la oposición de la isla no es tomada en serio. Si se piensa el futuro de Cuba con la misma lógica que ahora aplican a Venezuela, el castrismo jamás caerá. Estados Unidos intervino cuando ya el pueblo venezolano lo había intentado todo. Los cubanos, en cambio, no parecen dispuestos a ir más allá de sonar los calderos para mostrar su descontento. La añorada respuesta cívica tiene delante seis décadas de terror enquistado en el ADN de la sociedad.
Jamás fui partidario de esperar ayuda de terceros para resolver el problema cubano. Sin embargo, llegados al punto en que hoy nos encontramos, entiendo que cualquier alternativa es preferible. Lo siento por la historia patria, pero yo estaría dispuesto a firmar la paz del Zanjón, delante del mismísimo Maceo, si viniera con desayuno incluido para repartirle a todos los viejos que no aguantan media hora de cola en la farmacia sin tener que sentarse en el contén de la acera, debilitados por la fatiga. Estoy dispuesto a firmar otra Enmienda Platt si eso garantiza libertad política y económica, educación de calidad como la que había antes de 1959, un sistema de salud universal, moderno, bien equipado y sostenido por los contribuyentes, en lugar de las morgues con cuerpo de guardia que tenemos hoy. Estoy dispuesto a aceptar, aun con amargura, la intervención de Estados Unidos si eso garantiza que mañana un niño no tocará a mi puerta preguntando si tengo basura para botar a cambio de lo que yo pueda darle.
La Cuba que vivo me pesa, me duele. Me tienen harto Díaz-Canel y la basura (in) humana que lo rodea. Náusea me provocan quienes critican la violencia de Delta Force en Venezuela, pero han cerrado los ojos ante la violencia sufrida por los venezolanos bajo el chavismo, y la que Cuba lleva décadas sufriendo ante los ojos de la comunidad internacional y de países “hermanos” que juegan a aceptar refugiados políticos, sin dejar de hacer negocios con el régimen que los destierra.
Me dan asco los opositores cubanos que acuden a la perorata de manual sobre la no intervención y la bota yanqui, mientras tienen la bota castrista metida hasta el esófago y creen que con parrafadas en sus redes sociales van a tumbar un régimen que está dispuesto a matarnos. Me dan asco los que se atrincheran tras la soberanía y ni siquiera recuerdan la última vez que este pueblo decidió algo. Me revuelven los que afirman que los cubanos sí pueden porque pudieron los chilenos cuando gobernaba Pinochet y hace poco pudo Nepal, sin analizar las circunstancias que influyeron en cada caso y olvidando que, cuando se produjo el tarifazo de ETECSA —por citar el ejemplo más reciente—, los estudiantes protestaron pacíficamente y su civismo fue respondido con la visita de agentes de la Seguridad del Estado a sus casas, para amenazarlos a ellos y a sus padres, sin que el pueblo que iba a sufrir las consecuencias del tarifazo moviera un dedo para apoyarlos. A esos opositores que hacen comparaciones a la ligera y rechazan el apoyo externo, tomen asiento porque, si de nosotros depende, esto va para largo. Deseo que les aproveche una Cuba eternamente sometida. Que nos aproveche a todos.







