LA HABANA, Cuba – “Venezuela tiene dinero y tiene recursos; aquí no hay ni p…”, era la frase principal que, con variaciones, se escuchaba en la mañana del 3 de enero, poco después de conocida la noticia de la captura del expresidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por fuerzas de élite del ejército de Estados Unidos. Sorprendidos como casi todo el mundo, muchos cubanos se dejaron arrastrar por una ola de alegría prematura causada por la expectativa, razonable hasta cierto punto, de que, tras la caída del chavismo, el próximo turno correspondería al castrismo y su gobierno de continuidad encabezado por Miguel Díaz-Canel.
El optimismo se fue apaciguando tras la rueda de prensa ofrecida por el presidente Donald Trump, donde “industria petrolera” fueron las palabras clave y no hubo una sola mención acerca de la necesidad de “cortar la cabeza de la serpiente”, que vendría siendo Cuba, autora intelectual del mal llamado socialismo del siglo XXI. En este apartado Trump pasó la bola a su Secretario de Estado, Marco Rubio, quien reiteró que la Isla es un desastre y que, visto lo ocurrido con Maduro, el régimen de La Habana debería estar, cuando menos, preocupado. Y lo está, como se vio en la Tribuna Antimperialista, donde un histérico Díaz-Canel gritó ¡Patria o muerte, venceremos! (debajo de la cama nos meteremos).
Es pronto para hacer conjeturas sobre el futuro de Venezuela, aunque Trump ya adelantó que Estados Unidos controlará el país mientras acontece la transición a la democracia, pues la salida de Maduro no significa, per se, el fin de la dictadura. Desde el palacio de Miraflores, la vicepresidenta Delcy Rodríguez exigía fe de vida del mandatario, y desde las calles de Caracas, Diosdado Cabello, rodeado de policías armados, insistía en que todo estaba bien. María Corina Machado y Edmundo González solo fueron mencionados por el republicano cuando los periodistas le preguntaron. El pueblo venezolano, por su parte, no ha dejado de celebrar el arresto del sátrapa en cada rincón donde ha ido a parar por culpa del chavismo.
Donald Trump ni siquiera intentó disimular que los objetivos primordiales de la Casa Blanca son el crudo venezolano y resarcir a las empresas petroleras expropiadas por Hugo Chávez. Ese interés manifiesto ya está siendo utilizado por los voceros de izquierda para acusar a Estados Unidos de rapacidad, aunque a ninguno de ellos le importó que Cuba chupara petróleo de gratis sin devolverle al pueblo venezolano más que control ideológico y represión política disfrazados de cooperación médica.
Venezuela tiene mucho que ofrecer bajo un gobierno democrático. Cuba, en cambio, ha llegado a una situación tan deplorable gracias a su propio gobierno, que Trump, en declaraciones al New York Post, descartó la posibilidad de una intervención militar en la mayor de las Antillas. A su juicio, la Isla ya lo está pasando bastante mal. El castrismo caerá por sí solo y la demora dependerá de la capacidad de aguante de los cubanos. La Revolución ha dejado de ser un paradigma regional. La miseria y destrucción provocadas por 67 años de dictadura comunista constituyen una alerta en mayúsculas para los países latinoamericanos, muchos de los cuales han elegido, democráticamente, gobiernos de derecha o centro derecha.
Dentro de la Isla nadie se hace ilusiones. Al castrismo lo único que le duele es perder dinero, así que la Casa Blanca solo necesita cerrarle el grifo de las remesas y otras vías de rescate, y esperar. Lo que pase en Venezuela se quedará en Venezuela, máxime si algunas de las voces más escuchadas de la sociedad civil cubana rechazan de plano una acción militar similar contra el régimen de Díaz-Canel, so pretexto de que la libertad conseguida gracias a terceros no es verdadera libertad. En política los cubanos somos como Melchora, no nos viene bien una cosa ni la otra, así que nos queda bastante sufrimiento por delante.
Quienes se han pronunciado contra una hipotética intervención en la Isla confían en el “despertar cívico” de la población cubana que reclama corriente y comida en las calles, los gritos de libertad siguen siendo aislados. A ese paso, los 62.000 milenios serán más que un verso en una canción de pesadilla, y en esa franja de tiempo sobrarán los días para salir a protestar pacíficamente en algún parque si la seguridad del estado lo permite, mientras el resto de los cubanos fingen no darse por enterados de que, junto a la imagen del Apóstol, un puñado de compatriotas intenta salvar lo que queda de la nación.








