MIAMI, Estados Unidos ― El 2 de julio Danelis dejó de respirar para siempre. Desde ese mismo día, su hermana Dainelis respira a medias, camina a medias, vive a medias o, más bien, sobrevive a la pérdida de Danelis, su gemela. El día antes habían cumplido 17 años y el día después apuñalaron a Danelis directo en el corazón. Todos en el barrio dicen que fue por error. Que Christian intentaba apuñalar al jimagua “Rondi” o tal vez a “Randy”, quien conducía la motocicleta donde Danelis iba montada, rumbo a calle F, a casa de la bisabuela y el tío Beny. Tenía que buscar 1.000 pesos —unos tres dólares al cambio informal— enviados por su tía Leyanis desde Tennessee, donde vive también Rachel, la madre de las gemelas.
Gemela salvó a jimagua
Aunque las gemelas siempre se peleaban para decidir quién hacía qué mandado, esta vez Danelis se desplazó sin chistar desde casa de su tía Marelis, en una calle sin nombre con salida a las Ocho Vías en La Güinera, donde las gemelas se estaban quedando desde hacía semanas. En el trayecto por ese terraplén iba con el jimagua Randy que renta su moto para pasajes y le dio «botella», que en lenguaje cubano significa aventón. De repente, en la esquina de la cafetería conocida como El Frozen, el motorista paró para comprar algo sin percatarse de que lo estaban velando. Y fue ahí donde apareció Christian en la escena con un cuchillo de cocina que iba dirigido al cuerpo de Randy aunque hay quienes dicen que era para su jimagua Rondi.
Es la versión de los hechos que le ha llegado a Rachel, la madre de las gemelas. Ella no ha salido del día innombrable. Sigue atrapada entre el día dos y el día uno. Detenida en esa hora que no pertenece enteramente a ninguno de los dos días. En la hora en la que despierta de un suero en una sala de emergencias donde la salvaron de un atragantamiento letal con mariscos. Los cangrejos que había comprado en un Walmart de Nashville amenazaban con cerrarle la garganta con una reacción alérgica. Recuerda levantarse del letargo y escribirle a su hija Danelis, pero que esta no le contesta. Como madre, lo único que quiere saber es cómo pasaron el cumpleaños sus hijas, sus bebés, las niñas que compartieron saco gestacional, salud, enfermedad, amor, belleza, pobreza, esperanza, toda la vida. Hasta el día dos.
«Nacieron el uno y murió el dos, eran dos y quedó una. La mataron con 17 años y yo las parí con 17 años. Y me quedo con la incertidumbre de si murió embarazada o no», dice la madre como si se tratara de una cábala macabra del destino. Me habla como si viniera del futuro pero en un interregno que no pertenece a ningún tiempo. Y me dice también: «esta historia tenías que escribirla tú porque la conoces desde el principio», a lo que contesto que parece mentira que fuera ayer, en el ayer de nuestra memoria, que estuviéramos cargando a las gemelas mientras yo me preparaba para estudiar periodismo sin tener la mínima idea de que un día tendría que contar, con todo el dolor de mi alma, esta tragedia con trasfondo de profecía.
El tatuaje simbólico
Rachel lleva tatuados en su brazo los nombres de sus tres hijos: Danelis, Dainelis y Christian, unidos por el símbolo del infinito. No imaginaba que llevaría en su piel el nombre del asesino de su hija Danelis. El día que le pusieron la tinta en el cuerpo, era el día menos pensado para hacerse un tatuaje: entró por unos piercings a un local dentro de un mall y salió con un tatuaje hecho por un cubano. El tatuador le preguntó si le ponía tres palomitas como en el diseño original y ella le dijo que no, porque se vería como si sus hijos estuvieran volando, como si no estuvieran, que mejor le hiciera una pluma como si ella misma hubiera escrito sus nombres y sus destinos. «El tatuaje lo hice por mis hijos para toda una vida y ahora no puedo creer que tenga que vivir con el nombre del asesino de mi hija para siempre. Lo puse por mi hijo pero terminó siendo el nombre de ese asesino».
El barrio
«Christian es un muchacho que se dedicaba a vender materiales de construcción. Randy es un muchacho que se dedica a buscar clientes para vender las cosas y pide un dinero por arriba, en fin, es un corredor. Pero Randy está enfermo con la “piedra” (una droga expandida por el barrio). Le pidió un tanque de fibrocemento a Christian, lo vendió pero no le pagó el dinero de Christian. Christian le reclama y Randy le da una galleta. Christian es un hombre que no sé ni cómo hizo eso porque ese tipo ni habla para no verse en problemas, en fin, es un hombre que no es de mucho valor». Así los describe un vecino que los conoce a ellos y también a la familia de Danelis. Afirma que Christian se entregó a las autoridades horas después del crimen, aunque a la madre de las gemelas esa información no le consta.
El vecino relata que «la muchacha» (Danelis) estaba en la calle y pasa el jimagua Randy en la moto y ella le pide botella. «Él la monta normal. Pero unas cuadras más adelante está Christian y ve cuando Randy viene. Y se acerca y le tira la puñalada pero él se corre porque él es un “diablo” en esa moto, te lo digo yo que he montado con él. Pero la muchacha está sentada detrás de Randy y la puñalada la recibe ella. Ella cae al piso, Christian se manda a correr y Randy se va y deja a la muchacha en el piso. Ya después la llevan en otra moto al hospital».
En otra versión, la que le llega a la madre, ni Randy deja a Danelis en el piso ni se la llevan en otra moto sino en un carro. Un testigo consultado para este reportaje indicó que ya cuando él ve salir la moto con la muchacha cargada por la llamada Bodega de los Cristales, a la que se llega en línea recta desde El Frozen, la adolescente estaba pálida y había perdido demasiada sangre. Algunos, dice, pensaron que estaba desmayada. Otros se dedicaron a filmar con sus teléfonos móviles. Y una mujer fue la que decidió hacer algo para intentar salvar su vida, y la trasladó a un hospital.
La madre, aunque no ubica el punto exacto de la escena, dice que a su hijita la apuñalaron en El Frozen. Allí derramó gran parte de su torrente sanguíneo. Mira la foto de su hija sin vida y no la reconoce. Falta su energía, su color vital, su sonrisa, la belleza que compartió con su gemela. Y falta, sobre todo, la nobleza que la acompañó siempre. «Ella no era “pilas” como su hermana», dice la madre. «A ella no le dio tiempo a esquivar la puñalada porque ella no era chispa, ella no es como la otra que sí es fajarina, guapa, con chispa; la que ya no está no me pedía dinero para no hacerme sentir mal. Era una niña muy buena».
La otra gemela, la que está en Cuba, es muy viva, ella siempre estaba arregladita, cuenta quien las trajo al mundo y mejor las conoce. «La que falleció —no me gusta decir que falleció sino que no está porque en mi cabeza es como si se hubiera ido de viaje a estudiar—, era menos presumida, más sencilla, pero de un tiempo acá se puso lindísima, se picó el pelo, se hizo cerquillo, se ponía vestidos lindos, se apuntó en una clase de modelaje en La Habana Vieja, estaba hermosa, la última semana fue a la clase y estaba hermosa».
El cumpleaños
«El día 29 de junio yo no estaba trabajando, ellas me escriben y me preguntan por el dinero para el cumple y mi esposo me dice que estábamos un poco apretados; mi vecina me dice que no pasaba nada si no tenía el dinero, que no siempre se podía celebrar, pero yo tenía una cosa, algo que me decía que no lo pasara por alto. Yo tengo que mandarlo sí o sí, me dije. Nunca les paso por alto los cumples, aunque sea 10 dólares mando. Y esta no iba a ser la excepción. Entonces mi esposo me da el dinero de la renta y me dice que les mande a las niñas lo que quede. Mis hijas no son de sobras, pensé, y le dije que iba a vender un anillo, cualquier cosa. Entonces nos las arreglamos y les mandé 200 dólares, 100 para cada una y les dije que se comparan ropa y comieran una pizza.
«Me dijo Danelis que lo que quería era ir a una piscina. Mandó a mi hermana a comprar cervezas, pan, todo eso y no había disponibilidad para el día, así que la rentaron para la noche. Le dijo “no tía, no cojas lucha, si uno se muere una sola vez”. Dice mi hermana que esa niña bailó, disfrutó, se emborrachó por primera vez en su vida porque ni en Los Quince… Esa noche fui a comprarme una lata de cangrejo que por poco me ahogo y yo estaba en el hospital y a la 1:00 AM ella (Danelis) me manda una foto en la piscina y no le respondo porque estaba en el hospital. Al despertar de los medicamentos que me inyectaron le pregunté “¿bebé, cómo fue el cumpleaños?”, y no me salían las palomitas de que el mensaje había sido recibido.
«Cuando llego a la casa, mi esposo me dice que parquee el carro y luego que me siente que me tenía que decir algo. Ahí me empiezo a asustar y pienso que tal vez murió alguien. Pero pienso en mi abuelita que me crió. Él me dice “mataron a mamá”, entonces primero pensé que mi mamá, Elsita, y que era un juego, hasta que él empezó a llorar.
«Te lo voy a decir con el dolor de mi alma, me dice y en mi mente era imposible: ¿cómo la van a matar hoy si ayer fue su cumpleaños?, ¿cómo si ella nació ayer la van a matar hoy? Hasta que mi hermana muerta en llanto me lo confirma seguía entendiendo que mataron a Pepa, mi abuela.
«Y hasta hoy, yo sé que no está físicamente, pero te lo juro por ese angelito que todavía no lo creo, que me la hayan matado así; trabajo pero trabajo me costó sacar a esas niñas adelante y la veo en las fotos tan linda, que no sé cómo expresarme, pero siento como que ella se fue a estudiar a una universidad, a otro lado»…
La precariedad
Las gemelas, idénticas, llegaron en un momento especialmente delicado para Rachel y su familia, que ya era una de las tantas empobrecidas en Cuba y en particular en La Güinera, ese barrio marginal de acogida a quienes llegan a los suburbios de la capital desde el resto de las provincias. Originarios de Granma, los suyos la criaron en La Habana en medio de una precariedad sin parangón que no requiere de la más mínima exageración. Era 1991 y se expandía como la peste aquel infierno que nombraron Periodo Especial, tras el derrumbe del socialismo en Europa del Este y la eliminación de la ayuda mutua que apaciguaba las carencias de la economía cubana.
Por recordar detalles, ella regresa a unos años después, al 2008, a ese pasado en el que con 17 cumplidos a veces no tenía ni para comer: «y vendía una blusa para darles de comer a mis hijos… para que venga el hijo de puta a quitarle la vida a una de mis niñas así de fácil.
«El papá de las gemelas cuando salí embarazada me dijo “nosotros estamos muy jovencitos, pero yo le dije no, yo voy a parir a mis niñas. Para mí fue lo más grande del mundo, en mi familia nadie había tenido gemelas y cuando ese hombre me dijo que estábamos muy jóvenes le dije que iba a tenerlas, así que yo vendía cualquier cosa para darles comida.
«Mi abuela me mandaba dinero dentro del pan, y les decía a los niños “dile a Rachel que se coma ese pan completo”. Ya yo sabía que el pan traía algo más, algo de dinero.
«Pero fíjate cómo yo vivía que mi casa se mojaba, yo tenía que pedirle la secadora de pelo prestada a casa de la vecina Liemnis. Para encender el televisor tenía que poner la secadora de nuevo y dejaba a los hijos viendo los muñequitos los tres y no se podía apagar el televisor porque si se apagaba había que mandar a las gemelas a buscar la secadora. La secadora finalmente se le rompió a mi vecina y yo sabía que era por mi culpa, así que se lo dije porque me sentía responsable. Yo le limpiaba la casa o le lavaba y ella me daba dinero o un pedazo de carne, comida o ropita para las niñas. Nos tenía consideración así que le dije la verdad».
El duelo
Después de asistir al velorio y al entierro de su hija Danelis por videollamada, Rachel dice que no se siente con fuerzas para seguir. Que a veces se distrae, pero que se pasa cinco minutos bien y diez mal, que «es fuerte ese dolor, no se aguanta».
«En mi vida nunca pensé ni soñé pasar por este dolor tan fuerte, yo no puedo ver una foto de mi hija, no puedo, no puedo, y tengo que seguir adelante pero no puedo. Y si te digo algo no me lo crees, todavía no siento que la perdí, te lo juro, veo su foto tan linda… todos los días me mandaba una foto o un video, todavía para mí es mentira, no lo creo.
«Mi esposo me dice ‘es que tú te acostumbraste a aguantar el dolor porque eres o te haces la fuerte, porque te quedan dos hijos más, pero llega el momento en que te quiebras. Si tienes que llorar, llora, no aguantes ese dolor ni lo aguantes sola. Tú te quieres hacer la fuerte pero no estás fuerte y no te gusta que te miren con lástima’. La verdad es que en estas circunstancias no quiero ver a nadie, no quiero salir porque me da miedo tirarme contra una mata, hacer cualquier cosa de la que después me pueda arrepentir. Por eso me quedo aquí dentro de la casa, he pasado días sin peinarme, sin arreglarme, ayer mi esposo me bañó y me peinó. El otro día salí y sentía que la gente me estaba mirando, tengo paranoia y tendré que ver a un psicólogo para hablar de este trauma».
Mientras conversamos, por más de tres horas, enciende una vela en un altar donde ha puesto una foto en homenaje a su hija que no está. Le sobresalen alas porque para ella se ha convertido en ángel y desde el infinito y la eternidad cuida de sus hermanos y de esa madre luchona que ha sido Rachel y a la que tanto Danelis había querido si se ven sus publicaciones en redes sociales.
«Gracias por siempre estar para mí, por mis hermanos, por ser más madre que mujer; por amar a tus 3 hijos por igual. Gracias por darnos la vida, le agradezco a Dios por haberme dado una mamá como tú, tan humilde, sincera, preciosa, luchadora; te debo la vida. Tu princesa está muy agradecida porque hayas sido tú mi guerrera, te amo», escribió el 22 de octubre de 2025.
Menos de un año después del post, su muerte violenta e inesperada deja a una familia destrozada: especialmente a una hermana gemela desprotegida y a una madre a miles de kilómetros de distancia.
Separación familiar
En 2019 Rachel tomó una de las decisiones más difíciles que puede enfrentar una madre: separarse temporalmente de sus hijos al cruzar una frontera en busca de refugio y con la esperanza de construir mejores oportunidades para los tres, en un país donde pudieran crecer con seguridad, oportunidades y esperanza. Llegó a Estados Unidos buscando protegerlos de un futuro que sentía cada vez más incierto. Fue detenida por inmigración y liberada luego bajo fianza.
Como tantas madres migrantes que han tenido que empezar de cero lejos de casa, llevó consigo un sueño sencillo: poder reunir nuevamente a la familia en un sitio seguro. El tiempo y la violencia le disputan esa oportunidad.
Ahora solo quiere hacer lo que ninguna madre debería tener que hacer: aunque ya los restos de su hija fueron inhumados en la Necrópolis de Colón, Rachel necesita despedirse de ella y sostener entre sus brazos a los dos hijos que aún siguen en Cuba. Especialmente a Dainelis, destrozada por la pérdida de su hermana, y a un niño que también enfrenta este duelo difícil de comprender y sobrepasar.
Proceso migratorio pendiente
Desde hace siete años, Rachel se encuentra en Estados Unidos con un proceso migratorio aún pendiente que la colocará frente a un juez el próximo septiembre y que ha postergado la reunificación con sus hijos. El miedo creíble basado en la represión padecida en el pasado no ha sido suficiente para regularizar su estatus y traer consigo a sus hijos. Ahora, en medio de la tragedia, tiene que dar un vuelco de tuerca y está gestionando un Advance Parole con el acompañamiento «pro bono» de la oficina del abogado Wilfredo Allen para poder viajar temporalmente a Cuba debido a la emergencia familiar y regresar legalmente a Estados Unidos.
«La vamos a ayudar», dijo el abogado Wilfredo Allen, quien ya ha realizado trámites similares en el pasado. Hace un par de años logró que uno de sus clientes, padre de un niño con cáncer, viajase a la isla y volviera a pesar de su estatus de I-220A.
Campaña de recaudación en GoFundMe
La ayuda de Allen resulta clave; sin embargo, Rachel tampoco cuenta con los recursos económicos necesarios para afrontar este viaje de emergencia cuando su familia más la necesita, Rachel enfrenta la prueba inimaginable de intentar volver para abrazar a sus hijos y ponerlos a salvo, fuera del contexto donde fue agredida Danelis. Por eso ha decidido crear la campaña Ayudemos a Rachel a seguir por sus hijos sobrevivientes: Una madre cruzó un país para salvar el futuro de sus hijos. Hoy necesita despedir a una de ellos y acompañar a los dos que sobreviven en un barrio marginal de La Habana.
En el primer día, la campaña ha logrado recaudar los primeros 500 dólares y, de ser completada con éxito, los fondos ayudarán a cubrir los traslados desde Tennessee hasta Miami para completar los trámites migratorios, el costo del viaje a Cuba si el permiso es aprobado y otros gastos indispensables relacionados con esta emergencia.
«Mis hijos han aprendido a ser grandes en muy poco tiempo, las gemelas han crecido en estos años de distancia: han cuidado de su hermanito; se han cuidado entre sí. Y ese día del último cumpleaños Danelis fue a casa del papá, como para despedirse. A las 12 no me contestaba y me dijeron que había salido a cargar el teléfono y cuando logré hablar con ella el papá me dijo que las adolescentes en Cuba estaban quedando embarazadas muy “temprano”. Me estaban insinuando o tratando de decir algo: que Danelis se había hecho un ultrasonido y al día siguiente tenía previsto hacerse un test de embarazo. Fue a decirle a su padre que creía que estaba embarazada. Le dijo: “me hago el test mañana”, pero el mañana no llegó. Era tan inocente, ese hijo puta me quitó no solo a mi hija, sino también la oportunidad de que ella dejara descendencia. Ella padecía de la presión y el azúcar, y si su vida no corría peligro por tener al bebé, iba a continuar con el embarazo. Porque tal como las tuve a ellas porque las quise desde el día uno que las sentí en mi barriga, sería igual con el embarazo de ella», concluye Rachel.
Se puede intuir que en el aire quedan muchas preguntas: ¿Embarazada de quién? ¿Asesinada por qué? ¿Relacionada por Randy de qué manera? ¿Buscar un dinero después de haber recibido 200 dólares enviados por su madre? ¿Cómo montarse en la moto de un hombre que tenía problemas con otro? En lo que es hoy Cuba, un país donde se canta «pincha que yo te llevo la jaba», es difícil pensar en la vida de los adolescentes que crecen separados de sus madres. ¿Habría sido igual para Danelis si su madre nunca se hubiera marchado? Cómo habría sido si su madre se hubiera legalizado rápido. ¿Cómo habrían crecido y vivido estos siete años si no estuvieran atravesados por la migración y la violencia, la ausencia de los padres?. Por qué una niña tan sana de repente quiso una fiesta en una piscina, bailó y bebió como nunca y terminó siendo asesinada al día siguiente? Quizás nunca lo sepamos. El duelo no se interroga.
*A la memoria de Danelis Duque-Estradas Díaz, a quien tuve en mis brazos cuando era bebé









