SANTIAGO DE CUBA, Cuba.- Cada vez que la corriente se va, Milagros Martínez no corre a buscar con qué alumbrarse. Su primera reacción es revisar la batería del ventilador recargable que compró con esfuerzo meses atrás. Observa el porcentaje de carga, calcula cuántas horas podrá mantenerlo encendido y decide si puede permitirse usarlo durante toda la noche o si tendrá que reservarlo para las horas de más calor.
«Uno vive pendiente de eso. Antes uno esperaba que regresara la corriente; ahora uno piensa en cuánto le queda al ventilador, al teléfono o a la lámpara, porque en dos o tres horas de electricidad nunca da tiempo a cargarlo todo», cuenta a CubaNet desde Songo La Maya, en Santiago de Cuba, donde los apagones diarios alcanzan e incluso superan las 20 horas continuas.

La escena se repite cada día en miles de hogares cubanos. La rutina ya no gira en torno al trabajo, las comidas o el descanso, sino a las pocas horas en que regresa la electricidad. Hay que decidir qué aparato conectar primero, cuánto tiempo dejar cargando cada batería y qué puede esperar hasta el próximo corte, sin saber con certeza cuándo volverá la corriente.
La crisis eléctrica dejó hace tiempo de ser un problema exclusivo del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). Hoy también pesa sobre la economía doméstica. Cada apagón obliga a las familias a asumir gastos que antes no existían para intentar conservar los alimentos, aliviar el calor, iluminar la vivienda o mantener cargado un teléfono celular, convertido en una herramienta indispensable para comunicarse, trabajar o realizar pagos.
El verano solo ha agravado esa realidad. El incremento de la demanda por las altas temperaturas coincide con un sistema debilitado por años de averías, falta de mantenimiento, escasez de combustible y una infraestructura incapaz de responder a las necesidades del país. Solo en julio el SEN sufrió tres desconexiones nacionales, mientras los déficits de generación mantuvieron durante días extensos apagones en casi todo el territorio. El 8 de julio, además, Cuba registró el mayor déficit de generación informado hasta ese momento: 2.341 megavatios.
Mientras la capacidad del sistema eléctrico continúa deteriorándose, otro mercado no deja de crecer: el de los equipos de respaldo.
«La gente ya no pregunta primero por la marca; pregunta cuánto dura la batería», explica un vendedor de equipos electrónicos que prefirió mantener su identidad en el anonimato. Según cuenta, en los últimos meses aumentó notablemente la demanda de ventiladores recargables, estaciones portátiles de energía y otros sistemas de almacenamiento. Sin embargo, también son cada vez más los clientes que preguntan el precio y terminan marchándose con las manos vacías.
«Muchos regresan varias veces con la esperanza de que hayan bajado, pero pasa todo lo contrario. Siguen subiendo.»
La búsqueda de alternativas refleja hasta qué punto cambió la vida cotidiana. Los ventiladores recargables, las baterías de almacenamiento, los inversores, los paneles solares y las estaciones portátiles de energía dejaron de ser productos asociados a emergencias ocasionales o actividades al aire libre. Para miles de familias representan la única posibilidad de sobrellevar jornadas de calor extremo, conservar los alimentos o disponer de algunas horas de luz cuando falla el servicio eléctrico.

Pero acceder a esas soluciones tiene un costo que muy pocos pueden asumir.
Los ventiladores recargables figuran entre los equipos más demandados durante los meses de verano, sobre todo los modelos F6, F16, F21 y F22, equipados con baterías de 20.000 y 40.000 miliamperios-hora (mAh). Muchos incorporan lámparas LED, puertos USB e incluso pequeños paneles solares para aprovechar la luz del día cuando la electricidad no llega.
Su precio, sin embargo, los ha convertido en un artículo prácticamente inaccesible para buena parte de la población. Dependiendo de la capacidad y la marca, hoy pueden superar los 50.000 pesos cubanos y alcanzar los 80.000. Al tipo de cambio informal —unos 675 pesos por dólar— equivalen aproximadamente a entre 74 y 119 dólares.
El precio resulta aún más desmesurado si se contrasta con los ingresos. El salario mínimo en Cuba está alrededor de los 3.000 pesos mensuales. En otras palabras, un trabajador necesitaría el equivalente a más de dieciséis meses de salario íntegro para adquirir un solo ventilador recargable, suponiendo que no destinara un peso a alimentación, transporte o cualquier otra necesidad básica. Y esos equipos ni siquiera representan la inversión más elevada.
Las estaciones portátiles de energía, entre ellas las marcas EcoFlow y Bluetti, se comercializan entre 500 y 3.000 dólares, según su capacidad y prestaciones. Los sistemas fotovoltaicos domésticos más modestos también superan con facilidad los 1.000 dólares, cifras completamente fuera del alcance de la mayoría de los hogares cubanos.
A esa realidad se suma una inflación que castiga especialmente a quienes intentan ahorrar. En la práctica, reunir el dinero necesario no garantiza poder comprar el equipo deseado, porque los precios suelen aumentar antes de que el ahorro llegue a la meta.
Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Yoania Barrios, también residente en Songo La Maya. Durante meses revendió jabón, detergente, espaguetis, sazones y otros productos con la esperanza de comprar un ventilador recargable de 20.000 mAh. Cuando comenzó a guardar dinero, costaba alrededor de 21.000 pesos —unos 31 dólares al cambio informal—. Para cuando logró reunir esa cantidad, el precio ya había ascendido a 40.000 pesos. Hoy ronda los 50.000.
«Hice el dinero, Dios sabe con qué sacrificio. Cuando por fin lo tuve completo ya no costaba 21.000, sino 40.000 y ahora 50.000. No puedo explicar mi frustración», relata.
Para ella nunca fue una compra asociada al confort. A sus 50 años atraviesa la menopausia y asegura que los sofocos se vuelven insoportables durante las noches sin electricidad. Mientras el precio continúe alejándose de sus posibilidades, seguirá utilizando un pedazo de cartón para echarse aire.
La historia de su coterránea Daniuska Moreno revela otra arista de esa realidad. Hace poco más de un mes dio a luz a su primer hijo. Durante el embarazo intentó comprar un ventilador recargable para sobrellevar los apagones y, sobre todo, para que el bebé no sufriera el calor durante sus primeros meses de vida. Nunca logró reunir el dinero. Desde entonces, ella y el padre del niño se turnan durante las noches para abanicarlo mientras duerme. El pequeño ya presenta irritaciones en la piel provocadas por las altas temperaturas.
«Siento remordimiento, tristeza, culpa. No concibo que un cubano tenga que empezar a pasar trabajo desde el minuto en que nace. Pero no puedo hacer más, se me sale de las manos», confiesa.
Historias como la suya reflejan que, para muchas familias, estos equipos dejaron de ser un artículo de comodidad. Se han convertido en una necesidad tan básica como un refrigerador o una cocina. Sin embargo, existe otra paradoja: la mayoría tampoco fue diseñada para soportar el uso que hoy reciben en Cuba.
Los ventiladores recargables, por ejemplo, fueron concebidos para responder a interrupciones ocasionales del servicio eléctrico, actividades al aire libre o situaciones de emergencia. Su funcionamiento cotidiano durante jornadas de hasta veinte horas sin electricidad acelera el deterioro de las baterías, cuyo número de ciclos de carga es limitado. Cuanto más veces se cargan y descargan, menor autonomía ofrecen hasta que, finalmente, dejan de cumplir la función para la que fueron comprados.
La misma lógica alcanza a las estaciones portátiles de energía, los inversores y otros sistemas de respaldo. Se trata de tecnologías concebidas para complementar una red eléctrica estable, no para sustituirla de manera permanente, como ocurre hoy en Cuba. En consecuencia, muchas familias corren el riesgo de ver deteriorarse en pocos años equipos por los que pagaron el equivalente al ahorro de toda una vida.
Quienes consiguen acceder a soluciones más robustas describen una realidad completamente distinta.
Yusmila Cobas logró instalar hace alrededor de dos meses, con ayuda de su esposo residente en el extranjero, un sistema fotovoltaico doméstico por el que pagó 2.100 dólares. El precio incluyó paneles solares, baterías, inversor, cableado, protecciones eléctricas e instalación. «Es caro, pero es una bendición», resume.
Durante el día los paneles recargan las baterías, lo que le permite utilizar ventiladores, iluminación, televisión y otros equipos de consumo medio al unísono, a pesar de que el servicio eléctrico permanezca interrumpido durante horas. Solo quedan fuera los electrodomésticos de mayor demanda, como los aires acondicionados.
«Ya ni estoy pendiente de cuándo ponen la corriente», asegura. Gracias al sistema, dice, dejó de beber agua caliente, de perder alimentos por falta de refrigeración y de vivir pendiente del horario de los apagones.
Su testimonio, sin embargo, evidencia una diferencia cada vez más marcada entre quienes pueden costear una alternativa y quienes continúan dependiendo exclusivamente de una red eléctrica que apenas logra sostenerse.
La crisis energética terminó trasladando a los hogares una responsabilidad que durante décadas recayó sobre el Estado. Garantizar algo tan elemental como dormir sin calor extremo, conservar los alimentos o mantener encendida una luz dejó de depender únicamente de que regrese la electricidad. Ahora también depende de la capacidad económica de cada familia para comprar un ventilador recargable, una batería, un inversor o un sistema fotovoltaico.
En una economía donde el salario mínimo apenas equivale a 4,6 dólares mensuales al cambio informal y el dólar continúa marcando el precio de buena parte de los productos importados, esa posibilidad queda reservada para muy pocos.
Mientras tanto, cubanos como Milagros siguen haciendo el mismo cálculo cada vez que se apaga la corriente. Miran el porcentaje de carga de su ventilador, deciden cuánto tiempo podrán encenderlo y tratan de administrar una batería como quien administra un recurso escaso.
En la Cuba de hoy, los apagones ya no se miden solamente por las horas que dura la oscuridad. También se cuentan en pesos, en dólares y en las renuncias que millones de familias se ven obligadas a hacer para intentar sobrevivir a ella.









