LA HABANA, Cuba. – En Cuba se habla mucho, y quizá demasiado, de las ideas; ideas por aquí, ideas por allá, ideas por todos lados. Y también escuché, y no en pocas ocasiones, alguna que otra mención a eso que todavía exhibe el nombre de “Batalla de Ideas”, esas batallas que, según se asegura, salieron de la cabeza de Fidel Castro.
Recuerdo que, para entonces, fuimos muchísimos los que nos preguntábamos para qué servirían esas “batallas de ideas”, y recuerdo a un vecinito del barrio que escuchaba todo lo que se decía sobre el asunto, y que tuvo la idea de vestirse, con la complicidad de su madre, de idea. El niño, más bien la madre, decidió componerlo con la ropa más vieja, con esa que exhibía unos cuantos estropicios.
Y la madre no le dio un beso, la madre le dio un palo, un palo que sería la representación de una escopeta en esa contienda de ideas. Y todo eso fue culpa de Fidel Castro, el “gran ideólogo” ese que siempre decidiera cuales serían las ideas que debían entrar en batallas, y cuales quedaban en la reserva, en una retaguardia que podría pasar alguna vez un poco más al centro.
Y el niño se fue a la calle, creyendo que en lo adelante todo sería contienda, y que sin dudas ya lo era, al menos en las cabezas de esos niños que, impulsados por los Castro, soñaban siempre con alguna batalla, aun cuando fuera solo una “batalla de ideas”, aunque tuvieran ese apelativo y no dieran de comer.
Y los niños jugaron a hacer batallas, lo que podría ser normal en todo el mundo, solo que aquella vez, y casi todas las veces, nuestros niños estuvieron compulsados por las ideas de Fidel Castro. Los niños se prepararon para las conflagraciones, se enrolaron en las trifulcas en las que morían los niños que jugaban a morirse por alguna idea, atravesados por una idea que podría ser, en el juego, alguna bala.
Y es que en Cuba todo se convierte en batalla, “batalla de ideas”, sabiendo que ellas no dan de comer, incluso sabiendo que lo más importante es vivir, y no morir atravesados por una bala en una guerra extraña; incluso sabiendo que lo más importante es vivir siempre, y sobre todo alimentarse para cuidar la vida, pero alimentarse hoy en Cuba es muy difícil, es una batalla campal, devastadora.
Alimentarnos es siempre un problema grande, pero en los últimos días del año se convierte en un conflicto mayúsculo, en problema grave, una batalla enorme y muy real. Alimentarse en Cuba se convierte entonces en el peor problema. Y hoy todos queremos despedir el año, aun sabiendo que desde el entrante podría ser peor.
Y ahí está el problema. En Cuba todos quieren la bonanza para el último día, para comenzar mucho mejor que otras veces, mucho mejor que como terminamos el año anterior, pero eso son solo ideas, y las ideas no dan de comer, y la cosa estuvo muy mala en el año que terminó, y peor en el que comenzó.
Siempre es bueno empezar mejor que como terminamos. La mayoría añoramos lo mejor. La gran mayoría soñamos con un año de bonanzas, un año feliz en el que celebremos el fin del comunismo en esta tierra. Todos queremos algo mejor, y no un país en el que los niños hablen de “batallas de ideas”.
Los niños nuestros son batalladores, aunque les inculcaran ser como aquel argentino al que llamaban el Ché, aunque les inculcaran que debían ser pioneros por el comunismo. Los niños cubanos deben ser lo que quieran ser, y no ese absurdo de parecerse al argentino. Nuestros muchachos no deberán ser pioneros por el comunismo, por un comunismo que se hace obligatorio defender, y aunque nos mate, aunque nos lleve a la emigración, a separarnos de los nuestros.
Los niños, al menos en ese mundo de las ideas que el poder traza a los cubanos, deberán ser como el Ché, y estar dispuestos, como el Ché, a enrolarse en conflagraciones que no son de su incumbencia, dispuestos a las guerras peores, a esas batallas en las que podemos morir, en esas batallas que podría ser la última de todas las batallas.
Las ideas, esas que nos imponen, no dan de comer. Las ideas no alcanzan para solventar esos precios que pagamos para comer. En Cuba, en esa Cuba de Batallas de ideas, una libra de carne de cerdo estaba ayer a novecientos pesos la libra, y para comer frijoles hay que soltar seiscientos billeticos. Hoy un kilogramo de arroz cuesta ciento cincuenta pesos, y la yuca, sin contar lo que compramos para aliñarlas, vale cien pesos la libra. y las ideas, esas que nos quiso meter Fidel Castro en la cabeza, andan por el cielo, en un cielo de diamantes, en un infierno que diseñará Fidel Castro, que sabía muy bien que las ideas no dan de comer…








