enero 14, 2026

Carne de cañón, el «arma secreta» del castrismo

La llamada "guerra de todo el pueblo" es solo otra jugada sucia con la que el régimen pretende salvar su vida o al menos ganar tiempo para huir o esconderse.
Jerarcas del régimen cubano el 3 de enero pasado, en La Habana
Jerarcas del régimen cubano el 3 de enero pasado, en La Habana (Foto: ACN)

LA HABANA, Cuba. – Una pregunta que debería hacerse Miguel Díaz-Canel, al parecer confiado en que su suerte sería mejor que la de Nicolás Maduro en una situación similar a la del 3 de enero, es sobre si los mismos hombres y mujeres que no han echado ni una gota de sudor en el campo para producir alimentos (o en las calles para recoger la basura acumulada) ofrecerían algo de su sangre por defenderlo a él y a los demás barrigones solo porque se los pide, con el mismo discurso trasnochado con que le ha ordenado a su menguado rebaño de vagos y vividores que hagan lo que jamás van a cumplirle.

Bastaría con observar el desgano en los rostros de quienes lo escuchan en reuniones, mítines, asambleas, de los que asisten como zombis al paripé del “Día de la Defensa” —por tal de conservar íntegro el salario—, para saber que están tan dispuestos a morir en el campo de batalla, a ofrecerse como carne de cañón, así como a ir espontáneamente de lunes a sábado al trabajo, o a gritar consignas en una marcha de la que al menos saben que saldrán con vida, para continuar fingiendo que trabajan y son “leales”, así como mismo el régimen finge creerles con tal de que se presten al simulacro. 

Los comunistas están muy conscientes de que hoy las relaciones de lealtades al interior de sus fuerzas han terminado en una hueca simulación. Que más allá de las viejas consignas y el mismo circo, no hay “arma secreta” ni nada sustancial con que enfrentar a nadie, ni más estrategia “defensiva” que usar a los tontos útiles como carne de cañón. 

La de esos pocos que van quedando —tan forrados de medallas como de achaques y decepciones—, y no la de ellos mismos, es la sangre en la que piensan cuando dicen “hasta la última gota”; así como mismo se refieren al sudor ajeno, al apagón que no sufren, al hambre que no padecen cuando hablan de la necesidad de más sacrificio y más “resistencia creativa”.

Los chavistas confiaron toda su defensa, su “invulnerabilidad militar”, en esa retórica aprendida de Fidel Castro, y ya vimos lo sucedido. Los comunistas cubanos también vivieron hasta ayer mismo confiados en el alarde a distancia, sumado a una policía política y un ejército que, como ya hemos visto así en Venezuela como en Rusia en la guerra contra Ucrania, terminaron convirtiendo en renglón exportable, aun cuando su utilidad como mercenarios no resida tanto en sus habilidades militares como sí en lo baratos y desechables que resultan ya sea en un cordón de seguridad o en un escuadrón de esos que los jefazos usan como otra capa más de su chaleco antibalas.

Para los que aún no la entienden en su verdadera esencia hipócrita, engañosa, la llamada “guerra de todo el pueblo” no es en realidad ni una guerra ni una acción de resistencia, es solo otra jugada sucia con la que el régimen pretende salvar su vida o al menos ganar tiempo para huir o esconderse, usando como parapeto a los jóvenes reclutados a la fuerza, así como a los ingenuos, estúpidos y locos que les crean el cuento de que morir por ellos es un acto noble y heroico, aun cuando no hay absolutamente nada noble y heroico, y sí demasiado egoísmo y perversidad, en lo que han hecho ellos por ti y por mí.

¿Qué es lo que tendríamos que salvar de eso que llaman “revolución”? ¿Los hoteles que no disfrutamos, las mansiones donde no vivimos y a las que no podemos ni acercarnos, el auto de lujo y demás privilegios de la casta militar? ¿Los apagones, el hambre, la dolarización sin dólares y demás “distorsiones” que ni se corrigen ni se terminan? ¿Para quiénes y para qué habría que salvarlos? ¿Para los que lanzan consignas en las tribunas y hablan de nuestra sangre y nuestra patria como si les pertenecieran, o para quienes de seguro —igual que hicieron a escondidas con Obama— ya están negociando una salida y, al mismo tiempo, pensando en cómo usarnos como carne de cañón si el negocio les fallara? 

Tenemos nosotros más importantes y más urgentes preguntas por hacernos, aunque sabemos bien cuán retóricas son. Igual Miguel Díaz-Canel conoce la respuesta a su pregunta más esencial, ahora que puede medir el verdadero riesgo que corre de confiar demasiado en quienes lo rodean, y en quienes dicen serle fiel “hasta la muerte” (pero, ¿hasta la muerte de quién?). 

Está muy claro que otros “sacrificios” y “tareas” menores, que no implican un riesgo mortal sino apenas la molestia de enfangarse solo un poco las manos o dejar de dormir la mañana, les resulta muy difícil emprenderlas. Porque el castrismo en su esencia es imán y reservorio de mediocridades, apatías, oportunismos y corruptelas, e incapaz e imposible de resultar atractivo para quienes sí estarían dispuestos al sacrificio personal, a sudar y sangrar de sol a sol en pos de la prosperidad, del bienestar, pero son estos últimos los que más desean que la dictadura termine hoy mismo, como sea.

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Efraín González

Bajo este seudónimo firma sus artículos un colaborador de Cubanet, residente en la isla por temor a represalias del régimen.