Carnavales en Santa Clara: “El circo cuesta lo que no tenemos”

Todos los años, los días cercanos al 26 de julio se llevan a cabo los carnavales en Santa Clara, aunque nada tienen que ver con los festejos de antaño, ni los que acuden allí lo hacen para festejar la “rebeldía nacional”.
Carnavales de Santa Clara, el sábado 25 de julio
Carnavales de Santa Clara, el sábado 25 de julio (Foto de la autora)

SANTA CLARA, Cuba ― Son las 3:00 de la tarde del 25 de julio y la temperatura en Santa Clara sobrepasa los 33 grados Celsius. A pesar del resplandor implacable y la sensación térmica sofocante, la gente avanza en grupos hacia los alrededores del estadio Sandino, donde se extiende la hilera de carpas de las fiestas populares anuales que todos llaman, simplemente, carnavales.

Todos los años, los días cercanos al 26 de julio ―cuando el régimen celebra la “rebeldía nacional”― se llevan a cabo los carnavales en esta ciudad, aunque nada tienen que ver con los festejos pilongos de antaño, ni los que acuden allí lo hacen para festejar dicha “rebeldía”. Hace más de una década, cada barrio contaba con su propia área festiva, pero con el tiempo estas fueron reduciéndose hasta concentrarse en un único espacio, en las inmediaciones del estadio.

Entrada al área de las carpas. Carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio
Entrada al área de las carpas. Carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio (Foto de la autora)

De un extremo a otro de la explanada hay ubicados, sin orden aparente, cerca de un centenar de puestos de particulares en los que se hallan a la venta desde vasos de caldosa cocida allí mismo, frituras y pizzas, hasta ropa, gafas de sol y zapatos. María Teresa, una mujer que manipula una máquina de rosita de maíz alimentada por una batería recargable, asegura haber pagado 800 pesos cubanos al Gobierno por arrendar el lugar de su timbiriche. El joven de al lado, que vende bocaditos de cerdo a 500 pesos y otros comestibles, debió desembolsar 2.000 por el espacio que ocupa su puesto. Ambos coinciden, sin embargo, en que, en menos de una hora, lograron recuperar la “inversión”. 

Los carnavales son, sin lugar a dudas, unas fiestas bien aprovechadas por los cuentapropistas que arriendan unos pocos metros con la esperanza de darle salida a cualquier mercancía de lento movimiento. Cada botella de ron de producción nacional vale más de 2.000 pesos, un algodón de azúcar 200 y una cala con tres cucharadas de comida más de 1.000.

Algunos precios en los carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio (Foto de la autora)

Si hace una década abundaban en los carnavales las pipas de cerveza a tres pesos por jarra, ahora la propuesta menos extravagante es una botella plástica de Parranda a 340 pesos, mientras que las bebidas importadas cuestan más de 500. La gente busca refugio en la escasa sombra disponible, acomodándose como puede en cualquier resquicio que la proteja del sol. Dos parejas aseguran haber llegado hasta allí huyendo del apagón en su barrio, aunque gastaron más de 10.000 pesos esa misma tarde. “No hay a dónde ir, por lo menos aquí uno despeja”, responde tajante uno de los hombres. Aunque pueda resultar insólito, no hay mejor caldo de cultivo para el carnaval que la propia resignación de los que acuden allí.

Bebidas alcohólicas a la venta en los carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio
Bebidas alcohólicas a la venta en los carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio (Foto de la autora)

Hacia el costado de la explanada, conviven hacinados cinco o seis artefactos rústicos para el entretenimiento infantil, más parecidos a reliquias oxidadas de un parque fantasma. Un joven, llegado desde Sancti Spíritus con sus “caballitos”, acciona manualmente cada giro de la máquina y cobra 100 pesos por las brevísimas vueltas. Frente a uno de los equipos que se asemeja a un carrusel, una niña de unos cinco años suplica a gritos a su madre que le pague los pocos minutos de felicidad sobre aquel cachivache. Mientras tanto, la maleza cercana a esa misma zona infantil parece albergar la intimidad perfecta para los urinarios públicos. 

El ambiente de carnaval está impregnado de una mezcla incómoda que huele a leña y aceite quemado, Caminar hacia el centro de las carpas es como internarse en el caos de un hormiguero. Un hombre pasea a otro, que viste como San Lázaro y está sobre una silla de ruedas, pide cualquier colaboración monetaria para comer. Otro, visiblemente ebrio y semidesnudo, se mueve con gestos estrambóticos en medio de la pista gritando frases incomprensibles. Dos más, en estado similar, amenazan con armar una bronca por unos mililitros de ron tirados al piso por descuido.

Carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio (Foto de la autora)

No hay nada mágico ni encantador en los carnavales de Santa Clara, que sobreviven más por el empeño a ultranza de quienes los organizan en transmitir una aparente normalidad que por cualquier otra cosa. Tal y como lo describió un santaclareño en Facebook, son la cortina de humo perfecta: “Oscuridad para la casa, luz para la tarima”, publicó. “Santa Clara necesita soluciones a sus problemas básicos, no pan y circo cuando ni el pan alcanza y el circo cuesta lo que no tenemos”.

Carnavales de Santa Clara. Sábado 25 de julio (Foto de la autora)

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