enero 11, 2026

¡Libertad para los presos políticos en Cuba!

Los tiempos de “sembrar” presos políticos para cosechar favores y perdones, para reciprocar guiños y premios han terminado.
Imagen de la campaña en redes sociales por la liberación de los presos políticos cubanos
Imagen de la campaña en redes sociales por la liberación de los presos políticos cubanos (Collage tomado de CiberCuba)

Más de 800 presos políticos en las cárceles venezolanas no sirvieron para salvarle el pellejo a Nicolás Maduro. Tal vez, así como confió demasiado en una escolta personal cubana que no fue garantía de nada, igual copió los métodos del castrismo de fabricar delitos a inocentes y encerrar opositores con la idea de tener siempre a mano algunas monedas de cambio para negociar.

No hizo falta diálogos ni intercambio de prisioneros. Bastó con que el chavismo, así como los Ortega en Nicaragua, vieran una clarísima advertencia en lo ocurrido este 3 de enero para que entendieran que las prisiones abarrotadas son más bien un lastre, una página que hay que pasar con urgencia porque, al contrario de lo ocurrido con otras administraciones norteamericanas, en cuestiones de entendimiento y avances en las relaciones políticas y económicas bilaterales, un preso político solo tiene valor cuando deja de ser considerado como tal, cuando se reconoce la injusticia cometida, cuando es liberado de modo “espontáneo”, sin llegar a ser lanzado encima de una mesa de negociaciones cual si fuese una mercancía, una propiedad.

Quienes reemplazaron a Nicolás Maduro lo han tenido más que claro, y quizás hasta les quede como experiencia lo nada aconsejable que es aplicar el manual del “perfecto represor” que bien caro les vendieron los comunistas cubanos, que a su vez no harían nada mal en desechar los suyos. Y de paso cerrar sus escuelitas del horror, previendo lo inútil que resulta llenar las prisiones con periodistas independientes, manifestantes pacíficos, artistas, activistas y demás “gente molesta”, cuando es mucho más saludable mantenerlas vacías.

Y más beneficioso aún sería que, una vez liberados, en vez de forzarlos al exilio o chantajearlos con el retorno a prisión —como es la práctica en Cuba— se los invite desde la sinceridad, y no desde la trampa y la simulación, a participar de la impostergable tarea de sanar y reconstruir la nación, cuando los años y fracasos acumulados por el castrismo hablan por sí solos de la incapacidad de los gobernantes actuales, del callejón sin salida donde están, de las opciones que se agotan si no aprovechan ahora la oportunidad única que les han dado de comenzar a hacer las cosas sino bien, al menos de otro modo, es decir, con todos y para el bien de todos, o de renunciar y largarse antes de que se les haga demasiado tarde, como a Nicolás Maduro, o peor aún, como al otro Nicolás, el de apellido Ceausescu.

Cuba es actualmente el país que más presos políticos tiene en relación con el número de habitantes. Así como el país con más condenas por detención arbitraria del mundo, de acuerdo con informes de las Naciones Unidas. Además, se ha mantenido durante años en los primeros puestos entre los países con mayor tasa de población penal, acercándose por muy poco a los 800 por cada 100.000 habitantes. Pero, yendo más allá de las estadísticas y tocando la realidad con nuestras manos, Cuba es posiblemente el único país donde la mayor parte de la población considerada en “libertad” pasa toda su vida con la certeza, más que con la simple sensación, de estar condenada al encierro y al silencio. A la muerte en vida.

Lo sabemos bien quienes hemos intentado sobrevivir en ella aunque sea por unos minutos: Cuba toda es una cárcel infernal, y las prisiones que alberga son el Infierno. Si dura es la vida en nuestras calles, si horribles son el hambre y las enfermedades que padecemos los cubanos y cubanas en este simulacro de “libertad” donde es imposible ser verdaderamente libres, intentemos imaginar entonces lo que significa ser un preso, o peor aún, un preso político del castrismo, contra el cual harán todo cuanto puedan para someterlo, para humillarlo si no se doblega. Lo harán con él y serán más crueles con su familia.

No importa lo confiados que puedan estar los comunistas cubanos en la idea de que una oposición encarcelada y un pueblo sometido por la miseria y las armas, son sus pilares más fuertes, suficientes para continuar sumando años a la dictadura, pero lo cierto es que una confianza similar, contagiada por el castrismo, fue el punto más débil y, en consecuencia, el principal enemigo de Nicolás Maduro.

La represión y la cárcel, el país en ruinas —sin prosperidad ni felicidad para el pueblo—, al final, junto con las deslealtades, terminan obrando en contra del gobernante que las practica como único recurso para perpetuarse en el poder. Ahí están como ejemplos las dictaduras que han caído y que continuarán cayendo. Los tiempos de “sembrar” presos políticos para cosechar favores y perdones, para reciprocar guiños y premios han terminado.

El castrismo debería mirarse en los acontecimientos de Venezuela como en un espejo y, lejos de elegir una vez más los caminos de la represión, del rencor, de los abusos, la guapería a distancia y los atrincheramientos inútiles, debería interpretar lo sucedido como la señal o la oportunidad que realmente le han puesto delante. Los chavistas, al parecer, las captaron al instante. Por tanto, les convendría imitarlos sin perder ni un minuto más en tonterías. Ya vieron que nadie llegará para salvarlos sino se salvan ustedes mismos ahora. Liberar a los presos políticos sería un buen comienzo.

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Efraín González

Bajo este seudónimo firma sus artículos un colaborador de Cubanet, residente en la isla por temor a represalias del régimen.

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