Demoras, altos precios y robo de pasaje: la realidad de las piqueras en Cuba

Los precios obligan a las personas a optar por largas caminatas para regresar a sus casas bajo un calor insoportable. Es una vida de bestia.
El transporte público se encuentra prácticamente paralizado en todo el país
El transporte público se encuentra prácticamente paralizado en todo el país (Foto: Periódico Cubano)

LA HABANA.- Hace un par de días, después de muchos meses sin alejarme de casa, tuve que desplazarme hasta Nuevo Vedado. En el parque El Curita, donde continuamente entraban y salían taxis para esa zona, solo aguardaban un triciclo de gasolina, y un jeep pisa y corre. Desde la finísima, por no decir ridícula sombra que proyectaba un poste flaco, dos buquenques gritaban con desgano procurando atraer pasaje. Eran las cuatro de la tarde y el chofer del triciclo se disponía a hacer su tercer viaje del día en la ruta que recorre la calle 23 hasta La Ceguera, atravesando el Vedado.

La capacidad del vehículo era de doce pasajeros, seis a cada lado. Me subí a la caja techada donde ya esperaban dos personas dispuestas a pagar los mil pesos que cuesta el trayecto completo. En mi caso, como iba solamente hasta justo antes de cruzar el puente Almendares, el precio era de 700 pesos. Algunos transeúntes que buscaban transporte para volver a sus casas, retrocedieron horrorizados al escuchar las tarifas. Una mujer que se subió con la intención de llegar hasta Coppelia, se bajó en cuanto el chofer le dijo que debía pagar 500 pesos. Otra señora, de aspecto desesperado, que llevaba a una niña de la mano, increpó al conductor con tal dureza que todas las miradas se volvieron hacia ella. El hombre le replicó, en tono de disculpa, que el combustible está muy caro, pero la mujer siguió protestando y su queja fue más allá de esa contrariedad puntual, para caer en el problema mayor que ninguno de nosotros, por separado, es capaz de resolver.

Después de décadas viviendo en crisis podría pensarse que los cubanos ya agotaron su capacidad de sorprenderse; pero esta crisis es, sin dudas, la peor. En otros momentos de estrechez el cubano promedio reconocía que la cosa estaba mala, pero había que jugarla. Era una forma de decir que, por acá o por allá, a duras penas pero con algo de suerte, se resolvía el problema, se conseguía dinero para afrontar lo urgente, para mantener el frágil equilibrio alcanzado. Ahora, ni jugándola. El juego está trancado de verdad. Los precios son tan altos que hasta viajar en un triciclo incómodo, sentado de lado y dando brincos por toda La Habana, es un verdadero lujo que casi nadie puede pagar.

A los veinte minutos de espera, el joven que estaba a mi lado se bajó. El chofer, un hombre amable, me explicó que no podía salir sin tener al menos ocho pasajeros. Las limitaciones para adquirir combustible le impiden merodear en busca de viajeros, o arriesgarse a salir de la piquera con dos o tres personas e ir llenando por el camino. Había iniciado su jornada laboral a las 4:30am y solo había realizado dos viajes de ida y regreso desde una plaza donde tiempo atrás los carros solían partir repletos y hacer al menos veinte recorridos diarios. Ahora deben permanecer tanto tiempo en la piquera que los pocos pasajeros que caen se desesperan y abandonan el vehículo.

Bajo un sol restallante comienzan a hormiguear varias personas alrededor del triciclo. El precio las desanima, pero tres se suben. Llega un almendrón que hace la ruta Centro Habana-Ceguera, recorriendo la calle Línea. Las personas se bajan aprisa del triciclo y se suben al almendrón que es igualmente caro, pero más cómodo y rápido. El buquenque interviene, su función es llenar el triciclo para poder cobrar. Acusa al chofer del almendrón de robar pasaje y le exige a la gente que se baje. La gente le grita que ellos se montan donde les de la gana. Un sujeto que también esquiva el triciclo y va directo hacia al almendrón, enfrenta al buquenque con guapería: “La cola es socialismo y eso se acabó, ya esto es capitalismo, así que yo me subo donde yo quiera porque lo pago con mi dinero”, dijo antes de entrar en el viejo Ford adaptado para cargar más pasajeros.

El conductor del almendrón se disculpó con el del triciclo. En realidad, no le había robado nada, pero sabe que es duro perder el poco pasaje disponible. Yo terminé por subirme también al almendrón, dejando el triciclo vacío y al buquenque protestando porque otro almendrón parqueó más adelante, pregonó su destino y cargó con todo el que quiso subirse, sin hacer caso de la cola. La realidad de las piqueras es desoladora: pocos carros, menos pasaje y un sálvese quien pueda que a veces termina en altercados entre choferes, entre estos y los buquenques, o entre buquenques y pasajeros.   

Ni siquiera en horario pico puede apreciarse la efervescencia de otros tiempos. Los precios obligan a las personas a optar por largas caminatas para regresar a sus casas bajo un calor insoportable. Es una vida de bestia, admite una señora que ese día decidió tratarse un poco mejor y pagar los setecientos pesos que el chofer cobra “de la calle Paseo pa’ allá”.

Durante el trayecto nos impresiona el silencio de una Habana yerma. La calle 23 es una raya gris ancha y vacía, deprimente. Si así se encuentra la arteria más famosa de Cuba, digna de haber aparecido en la obra de escritores que han ganado premios internacionales, incluido el Cervantes, qué será de los pueblos de provincia, cuántos Comalas se estarán multiplicando ahora mismo por toda esta isla que atraviesa la que promete ser, y no lo digo en sentido esperanzador, su última crisis.   

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