¡Tengo hambre!: el grito de un niño en La Habana

La gente está demasiado fatigada para golpear cazuelas, un método que, dicho sea de paso, se ha vuelto superfluo. El apremiante escenario en que nos encontramos demanda otras acciones.
Un apagón en La Habana
Un apagón en La Habana (Foto: CubaNet)

LA HABANA.- ¡Tengo hambre! El grito rasga otra noche tranquila de apagón en Centro Habana. Digo tranquila y lo hago ya sin sentir la vergüenza de saber que hay mucha gente que se conforma con tener cuatro pesos en el bolsillo para comprar cerveza, y dos horas de corriente para recargar la bocina portátil. Al cabo de catorce horas sin fluido eléctrico un vecino me comenta que ha sentido envidia de quienes se contentan con tan poco. Él no puede dormir, ni siquiera con Ecoflow y ventilador recargable. Quienes se han agenciado infraestructura de emergencia solo pueden paliar la crisis hasta cierto punto; no hay ventilador capaz de disipar la nube de vapor que se instala en el interior de las casas, incluso de las más frescas.

La gente se duerme en el sillón acomodado en la acera, a la entrada del solar. Algunos se van a la azotea, se acuestan en los balcones donde sopla algo de brisa. Las mujeres trancan la casa y esconden la llave entre la ropa que llevan puesta, se sientan en el quicio con el hijo doblado sobre sus piernas, tratan de abanicarlos para que ganen el sueño, pero el sueño les gana a ellas y el brazo desfallece, la cabeza se apoya suavemente contra la pared. Entre pestañazos la noche avanza muy lentamente.

Una joven intenta dormir encima de un lavadero. Se mueve a un lado y otro tratando de acomodar las nalgas en una superficie demasiado estrecha. Cae dentro, se golpea con la llave de agua en la espalda, maldice, se levanta y estalla en insultos contra el gobierno.  

¡Tengo hambre! Repite la misma voz, que puede ser de un niño o de un adolescente tierno, poseedor todavía del timbre aflautado de la infancia. En las redes aparecen imágenes de las protestas ocurridas la semana pasada en municipios periféricos de la capital, calles repletas de gente que está peor, porque la crisis hace rato llegó a La Habana, pero la intensidad varía según el lugar de residencia. No es de extrañar que mientras Santos Suárez, Marianao, Guanabacoa, Habana del Este, Arroyo Naranjo y Regla se manifestaban pidiendo libertad, corriente y cambio, en Centro Habana apenas sonaron los calderos.

La resistencia tiene sus variantes y hasta sus lujos, como el de poder colar a medianoche, quienes reciben gas manufacturado, el buchito de café que les permitirá mantenerse despiertos para cuando entre el agua –si entra- llenar hasta el último cacharro que tengan vacío. De poquitos malviven miles de cubanos que no necesitan corretear una balita de gas o un saco de carbón para dar de comer a sus hijos. Postergan la protesta quienes reciben agua potable cada dos o tres días, aunque sea en volúmenes reducidos y a la espera del momento en que ni siquiera esa cantidad pueda ser bombeada cuando los apagones se sucedan como en los pueblos de provincia, donde ya no esperan más luz que la del sol.

El ministro de Energía y Minas declaró que Cuba ha agotado sus reservas de combustible. Se está apagando el soterrado por varias horas, un nuevo foco de malestar popular se enciende en esos lugares hasta ayer privilegiados. Las protestas recientes fueron las más numerosas desde el 11 de julio de 2021, avivadas por las mismas variables excepto la pandemia, y agravada al extremo por la crisis electroenergética que tiene a los cubanos viviendo al día –el que puede-, con los escasos alimentos pudriéndose en el refrigerador.

El chiquillo que grita su hambre suena un caldero. A lo lejos alguien lo acompaña, pero el ímpetu declina rápidamente. La gente está demasiado fatigada para golpear cazuelas, un método que, dicho sea de paso, se ha vuelto superfluo. El apremiante escenario en que nos encontramos demanda otras acciones. En menos de dos meses se cumplirá el quinto aniversario de la rebelión más grande en la historia de Cuba posterior a 1959. Cientos de los que fueron presos entonces continúan encarcelados, otros han sido devueltos a prisión en un cruel intento del poder por minimizar lo que representan mientras se aproxima la fecha.

Cuba nunca ha estado peor. Nada puede ser peor que un niño gritando de hambre con un caldero vacío en la mano, repiqueteando los hierros desde una terraza oscura, con más vergüenza que los jóvenes arracimados bajo la luz del poste de la esquina, y los adultos derrotados en quicios y contenes.

Se acerca la hora para ese niño que solo quiere dormir y comer. Dentro de poco no habrá diferencia entre Los Pinos, Coco Solo y Jesús María. Será la misma gente extenuada, hambreada, sucia, enloquecida de tanto penar, de tanto calor, de responder con partos de la inventiva al castigo colectivo que nos imponen los que dicen que no hay dinero para importar gas licuado, pero lo venden en línea y en dólares; los que culpan al bloqueo mientras compran trescientos drones para hacer una guerra que no podrán ganar; los que hablan de un baño de sangre sin pensar que la sangre pueden ponerla, todita, ellos.

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