LA HABANA, Cuba.- El reloj de pared en la solitaria sala de Josefa Rodríguez perdió el minutero hace meses, pero a sus 78 años tampoco le hace falta medir el tiempo. Lo único que pauta sus días es el ruido metálico del candado cuando el cartero desliza la chequera de la jubilación: 1.528 pesos cubanos mensuales, equivalentes a menos de cuatro dólares e insuficientes para comprar más de una docena de huevos y un paquete de detergente.
Josefa, una profesora de Geografía jubilada que dedicó más de cuatro décadas a la enseñanza pública, habita hoy una casona colonial de techos altos y pintura desconchada donde alguna vez convivieron tres generaciones. La casa, sin embargo, huele a silencio.
Hace un año, la crisis económica, la escasez de alimentos e insumos médicos y los apagones diarios empujaron a su hija Elena y a su yerno a emigrar hacia Sudamérica. Detrás se quedó Mateo, de 33 años, el nieto que Josefa crio desde la infancia y la única razón por la que la anciana mantenía encendida la hornilla de gas cada tarde. Pero hace cinco meses Mateo también desapareció de la mesa, por una vía irregular, mediante una embarcación que lo recogió en la costa de Alamar.
Josefa es víctima de una fractura familiar provocada por los múltiples rostros de la emigración. Su hija Elena optó por la vía legal, un engranaje costoso y desgastante. Las vías formales, como el restablecimiento de visados, los permisos de reunificación familiar o los programas de permanencia temporal (como el parole humanitario en los Estados Unidos) se convirtieron durante meses en el salvavidas institucional de miles de familias. Sin embargo, el endurecimiento de las políticas migratorias de Donald Trump y los cierres reciente de oficinas para trámites consulares han encarecido y restringido estos mecanismos, transformando los trámites en esperas de años que agotan los ahorros familiares antes de que llegue siquiera la posibilidad de comprar un boleto de avión.
Por eso Mateo quedó al otro lado de la balanza. Ante la paralización de las vías legales y la falta de recursos para costear pasajes internacionales, el joven eligió el camino de la clandestinidad. Vendió su teléfono celular, un par de tenis y su bicicleta para financiar su cupo en una travesía marítima en una embarcación rústica. Una madrugada, tras besar la frente de su abuela mientras ella dormía, se lanzó al Estrecho de la Florida junto a doce jóvenes. Tras tres días de incertidumbre en el mar y el temor constante a la interceptación o el naufragio, una llamada telefónica desde un centro de detención en EE. UU. confirmó que había tocado tierra firme.
«Me alegro por él, de verdad. Aquí los muchachos no tienen futuro. Pero cuando colgué el teléfono y miré hacia el pasillo, me di cuenta de que me había quedado sola de verdad». La casa ahora le queda enorme a Josefa y le impone una soledad gigantesca para encarar tiempos peores que otros.
Esta estampida humana no ocurre en un vacío; se acelera al ritmo de una crisis energética estructural que ha paralizado el país. Con cortes eléctricos programados que dejan sin servicio hasta al 65% del territorio nacional de forma simultánea, la cotidianidad en la Isla se ha vuelto insostenible. La falta de combustible importado, sumada al deterioro de las obsoletas plantas termoeléctricas, provoca apagones masivos que no solo paralizan la economía, sino que pudren los escasos alimentos en los refrigeradores y cortan el suministro de agua potable.
Para los jóvenes como Mateo, la falta de luz representa el cierre de cualquier horizonte laboral o vital. Para los ancianos como Josefa, implica la penumbra y el aislamiento.
La historia de Josefa no es una excepción; es la radiografía viva de la mayor crisis migratoria de la historia reciente de la Isla. Entre el éxodo masivo iniciado en 2021 y las salidas sostenidas hacia EE. UU., España y América Latina, Cuba ha perdido a más de un millón de personas, reduciendo su población efectiva por debajo de los 9 millones.
Cada mañana, Josefa camina cuatro cuadras con un bastón de madera desgastado para intentar comprar pan. Sin la fuerza física de su nieto para cargar los recipientes de agua cuando falla el suministro, o para mover los muebles durante las lluvias, las tareas más simples se convierten en batallas de supervivencia.
«A veces los vecinos me ayudan a subir el balón de gas», explica. «Pero la verdad es que todos están en las mismas. La juventud se fue y nos quedamos los viejos cuidando las paredes», agrega.
El sol cae sobre el portal de Santos Suárez. Josefa saca su mecedora a la acera. A su lado, la silla de mimbre que ocupaba Mateo. Mientras la penumbra cubre la calle ante la llegada inminente de otro apagón nocturno, la anciana mira el horizonte sin reproches, aferrada a la pantalla iluminada de un teléfono que espera la notificación de una videollamada desde el norte.










