LA HABANA.- El debate general de la Asamblea General de la ONU volvió a reunir en Nueva York a dirigentes de todo el mundo. Cuba envió al canciller Bruno Rodríguez Parrilla. La elección de un ministro para representar al país no es, por sí sola, una medida de su peso diplomático. Más revelador fue el contenido de su intervención: las agresiones que condenó y aquella sobre la que guardó silencio.
Rodríguez abrió su discurso con una evocación de Fidel Castro. Recordó que se cumplían 66 años de su intervención ante la Asamblea General y citó una de sus frases: “¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra!”. También recuperó su llamado a acabar con las colonias y la explotación de los países por los monopolios.
La cita invitaba a examinar si el Gobierno cubano aplica a sus aliados los principios que proclama desde la tribuna. El canciller denunció lo que llamó “el crimen genocida del sionismo contra el pueblo palestino” y aludió a las acciones militares contra Venezuela e Irán. Sin embargo, omitió la invasión rusa de Ucrania, una guerra que continúa después de años y cuyo responsable es uno de los principales aliados de La Habana.
Esa omisión resulta más elocuente que cualquier consigna. Rodríguez encontró palabras para condenar el uso de la fuerza cuando podía atribuírselo a adversarios de su Gobierno, pero ninguna para cuestionarlo cuando el agresor era Rusia.
El canciller también acusó a Estados Unidos de presionar a otros gobiernos para que prescindan de los servicios médicos cubanos. Según dijo, esos profesionales prestan su trabajo “con altruismo” para beneficio de las poblaciones que los reciben. Dejó fuera de su relato el centro de la controversia: las denuncias sobre las condiciones laborales de esas misiones y la parte de los pagos que el Estado cubano retiene. Una respuesta a esas acusaciones habría sido más esclarecedora que presentarlas únicamente como una campaña de Washington.
En otro pasaje, Rodríguez calificó de “falacia” y “disparate” la afirmación estadounidense de que Cuba constituye una amenaza inusual y extraordinaria para su seguridad nacional y su política exterior. Es legítimo que el Gobierno cubano impugne esa posición. Pero descartarla con dos palabras no equivale a rebatir los argumentos con los que Washington sostiene su política.
Vuelvo, entonces, a la frase de Fidel Castro elegida para abrir el discurso. ¿Qué autoridad tiene el representante del Gobierno cubano para denunciar la “filosofía del despojo” sin hacerse cargo de las confiscaciones realizadas tras 1959? ¿Cómo condena “los monopolios” sin mencionar el control que el Estado ha ejercido durante décadas sobre buena parte de la economía de la Isla?
Rodríguez quiso traer al presente la retórica de los primeros años de la Revolución. Su intervención terminó mostrando algo mucho más actual: un Gobierno que reclama principios universales para juzgar a sus adversarios, pero evita aplicarlos a sus aliados y a sí mismo.









