LA HABANA.- Uno de los mayores retos que tendría un gobierno de transición, provisional, tras la caída del régimen, es demostrar, a partir del mismo día cero, que el “cambio” no será más de lo mismo y, con la mayor urgencia, ganar la confianza de los ciudadanos con acciones concretas. Además, que el cambio político no se reducirá a un ajuste de cuentas, que se traducirá ante todo en beneficios sociales y económicos palpables, y que no se elimina una dictadura para instaurar otra de signo contrario; es decir, que es posible alcanzar la gobernabilidad en medio del caos —que sin dudas lo habrá, porque ya existe y es enorme— sin el uso de la fuerza y sin desplegar el mismo patrón represivo actual u otro.
Es bien difícil el desafío, casi quimérico, pero lo anterior es esencial para que ese, llamémosle, “liderazgo en construcción” (ya sea personal o colectivo) sea como mínimo creíble, y para evitar que, en menos de 24 horas tras lo que debiera ser un cambio político permanente, en profundidad o hasta radical, comience a cobrar fuerza entre los castristas —da igual si fanáticos, moderados u otrora arrepentidos— la añoranza de un pasado reciente que, por un lado, refuerce el inmovilismo y la apatía casi visceral entre los cubanos y que, por otro, dé al traste con los esfuerzos de cambio al traducirse en desobediencia general. Tumbar a los Castro no implica la desaparición instantánea del castrismo y, lo que es peor, de la mentalidad castrista de las víctimas.
Ese daño mental permanecerá por décadas y será un elemento a tener en cuenta para quienes tomen las riendas del poder. Estamos hablando de millones de personas en la Isla —y fuera de ella— que hoy desean un cambio político, pero a las que bastaría con que una sola cosa no salga como imaginaron para que, bajo la idea de que es mejor malo conocido que bueno por conocer, comiencen a ir en reversa, tal como ahora vemos a muchos, golpeados duramente por la crisis, conformándose aunque sea con un retorno a los años anteriores a la pandemia, cuando al menos comer arroz con huevo no era un lujo, o incluso al “período especial”, cuando todavía contaban con la alternativa de emigrar (y hasta de “jinetear”) mucho más fácilmente que ahora.
Como sentencian algunos, sin dudas midiéndonos a todos con sus propias aspiraciones personales, al cubano, mientras haya luz, comida y algo de diversión, no le importa quién gobierne. Pero tengamos en cuenta que ese gran reto al que me refería, de ganar la confianza popular, pasa por reconstruir, casi para el día siguiente, lo que hoy está totalmente en ruinas, y eso no se hace apenas con “voluntad política”, sino con muchísimo dinero que no hay.
Hablo de cientos de millones de dólares solo para empezar, y habrá no solo que convencer a muchos allá afuera para que arriesguen sus bolsillos por un caballo muerto, sino, además, que elegir, en un primer momento, entre generar electricidad, pagar deudas, sanar, sanear y dar de comer, cuál de ellas sería la “tarea prioritaria”. Y la gente no está dispuesta a que sus necesidades sean relegadas ni un segundo más. Lo que no reclamaron a la dictadura represora, ya sea por miedo o por lo que sea, lo exigirán a ese gobierno de estreno, puesto que, para esa libertad de protestar, cambiaron dictadura por democracia, y bajo ese lindo paraguas deberán pasar la tormenta si no desean derivar en otra dictadura más. En la calle no es de pocos la idea de que Cuba solo puede ser gobernada con mano dura.
Ahora, cuando se habla de nuevos y viejos partidos políticos, de candidatos a la Presidencia, de liderazgos ausentes y de desconfianzas acrecentadas, de excesos de propuestas y de ausencia total de programas de gobierno, de rutas económicas e ideas claras sobre qué hacer una vez que ocurra el cambio político —que ocurrirá, queramos o no—, es oportuno comenzar a poner los pies sobre la tierra —en esta nuestra tierra hedionda, maloliente, gris, oscura, hundida en basurales, destrucciones y hambre—, y dedicar menos tiempo a fantasear con quién será el presidente o presidenta del “día después”, a echar pulso en redes sociales entre “candidatos”, y emplear todas las energías físicas y mentales en trazar planes realistas, ejecutables, sobre qué hacer esos primeros días cruciales, así como medir con toda sinceridad y transparencia las posibilidades y capacidades para cumplirlos. También, las graves consecuencias de no hacerlo.
Es también muy cierto que, en medio de tanto agotamiento, a una buena parte de los cubanos nos importa poco cómo o de dónde vendrá el cambio, sino que ocurra tan pronto como sea posible, pero esa desesperación no puede ser tomada a la ligera, porque así, en política como en ideología, las decepciones suelen ser más poderosas y peligrosas que los entusiasmos.
Dentro de Cuba y en la diáspora hay mentes muy brillantes capaces de asumir con éxito el desafío de reconstruir el país que el castrismo arruinó, pero eso solo será posible si, al menos en virtud del cambio necesario, dejan a un lado egos, rencores y ambiciones personales para comenzar a construir un liderazgo colectivo, cuando no sabemos un líder individual capaz de conducir la titánica tarea de la transición política y la reconstrucción nacional.
Eso tendremos que hacerlo entre todos, con mucha ayuda internacional —incluyendo el acompañamiento y la observación de los procesos como garantía—, sin dudas, pero más con mucha confianza a lo interno, con el convencimiento de que el cambio deberá ser necesariamente obra colectiva y no milagro personal de nadie. Que pasará un buen tiempo para que los cubanos, hartos del culto a la personalidad, puedan confiar en un líder, cuando aún no superan el trauma de la propaganda castrista contra cualquier foco de liderazgo.
Lo más saludable, ahora que el final es más posible que ayer, no es ponernos a sacar conejos del sombrero, por muy brillantes y capaces que prometan ser, sino, además de continuar empujando con todas nuestras fuerzas por ese final, pensar quizás en un gobierno o consejo colectivo de transición, en una formación política de conciliación (y de reconciliación) donde nadie quede fuera y donde todos estemos representados, aunque para algunos ese no sea el “happy end” con el que han soñado. Todo sea por el bien común.










