Salgo de mi apartamento en La Habana del Este un poco más tarde de lo que debería. No me tomo mi acostumbrada taza de café, pero no importa. Ya me la tomaré allí. En Cuba, cuando se vive lejos del centro de la ciudad, uno no puede darse el lujo de desperdiciar el tiempo. Un minuto más o un minuto menos marca la diferencia entre poder tomar una de las pocas guaguas que aún sustentan el moribundo transporte público o tener que gastar un cuarto del salario en un taxi.
A pesar de la prisa, me miro una última vez en el espejo de la sala. Una vanidad que normalmente ignoraría, pero que hoy tengo que tener en cuenta. No es que el lugar al que me dirijo requiera un código de vestimenta; simplemente es el espacio ideal para ir bien vestido, para arreglarse o para experimentar un poco con la ropa. Aun así, consciente de la caminata que tendré que dar, no puedo ser demasiado atrevido. Entre el sol y las siempre indiscretas miradas de La Habana hay que poner siempre en una balanza el gusto estético y la comodidad.
Conforme, salgo, casi corriendo. Son ya las 12:00 p. m. y, si no me apuro, perderé el último ciclobús antes de que los choferes vayan a almorzar y la única guagua que cruza el túnel de la Bahía de manera constante desaparezca hasta las 2 de la tarde.
Una vez en La Habana comienza una travesía. Subiendo por el Prado, esquivando a skaters inescrupulosos e ignorando el llamado de los vendedores, hasta la calle Ánimas. Y desde ahí, en línea recta, camino a paso acelerado, bajo el yugo constante del sol cubano, tirano constante de nuestros días. Esquivo charcos de aguas albañales, verdaderos lagos de suciedad; voy por el borde de vertederos improvisados de basura. Estos vertederos, que se han vuelto una presencia fija en el ecosistema de la ciudad, siempre me hacen recordar a la montaña de basura consciente de la serie Fraggle Rock.
Para bien o para mal, actualmente en Cuba la forma más económica y eficiente de moverse es caminar. No hay suficientes parqueos o espacios para guardar de manera segura una bicicleta, mucho menos una moto. Así que, eventualmente, el sol desquiciante, la música emitida más a la calle que al hogar, la peste, el churre, la basura… terminan volviéndose tus compañeros de viaje, presencias recurrentes a lo largo de esta ciudad en descomposición.
Eventualmente, antes de darme cuenta, llego a la calle Lagunas y doblo hacia la derecha, hacia la casa, el edificio con el cartel de neón (apagado ahora de día) que dice claramente Casa Miglis. Mi destino no es dicha casa, sino el oasis que se encuentra arriba, en el segundo piso del edificio: Guermantes.
Guermantes es un espacio que parece casi escondido. En una segunda planta, sin un gran cartel o portón que lo anuncie. Solo una vez atravesado el umbral de este edificio centrohabanero y llegado hasta las escaleras es que uno comienza a intuir que debe subir. Se escucha una música casi lejana que, como melodía de sirena, te invita a subir, a investigar, a la vez que sacude la sorpresa de que en plena Habana Vieja haya alguna bocina reproduciendo música de Belle and Sebastian.
Al llegar, todo cobra sentido. Guermantes es una joyita oculta. Una perla escondida en su almeja. Me recibe siempre la gran mariposa de neón, justo encima del refrigerador lleno de polaroids. No es una entrada magnánima, pero es genuina y honestamente acogedora. Siempre que entro, me detengo un momento a admirar la barra, la decoración.
En una de las mesas del salón principal me encuentro a la estrella del lugar. Es una vista recurrente; siempre que uno viene se encuentra una visión similar: Mónica, vestida de manera impecable, cosiendo en una mesita rodeada de ceniceros vintage, tazas de té y flores. Sus manos, tatuadas y llenas de anillos, con uñas largas y siempre on point, suben y bajan al ritmo de la aguja y el hilo.
Al verme sonríe y me invita a sentarme. La saludo y saludo también a las otras chicas que están junto a ella, otras caras recurrentes. Alessandra (mi tatuadora de elección), quien fuma y revisa su teléfono de manera relajada. Se ve demasiado cool como para dirigirte la palabra, pero, al conocerla, te das cuenta de que es una persona genuina, divertida, auténtica.
La llegada a Guermantes es casi rutinaria. Saludo a Mónica y a Alessandra. Le robo un cigarro a esta última mientras examina mis tatuajes: quiere comprobar que han sanado bien y que se mantienen en talla. Mónica me acerca el menú y pido lo de siempre: un té de lavanda y unos bombones.
La taza es de una preciosa porcelana fina, con diseños asiáticos azules que contrastan muy bien con el tono lavanda del té. Consumir aquí no es tragar y ya; es una experiencia estética que trasciende el sentido del gusto e involucra la vista, el olfato, el oído.
Mónica cambia la playlist, pone algo de Lana del Rey.
He’s my white feather hawk tail deer hunter
Likes to keep me cool in the hot breeze summer
El aroma de la lavanda se entremezcla con el del cenicero lleno y el del café que Alessandra toma. Hay una lata de cerveza a medio beber, unas preciosas tijeras doradas y multitud de botones, broches dorados y plateados, hilos y dedales. Todo parece en uso, en armonía con el mantel de encaje y las flores frescas.
“Lirios blancos, los favoritos de Wilde”.
Hay varios, en botellas de vidrio vintage que alguna vez fueron de whisky, ron o medicinas. Blancos, abiertos, sumamente olorosos. Por desgracia no pude venir a la exposición de Historias de bolsillos de Nelsy Verónica, que estuvo hasta hace poco. En las paredes cuelgan obras de José Ángel Nazabal y Laura Sofía Thorrez. Son obras que he visto antes, pero que no dejan de fascinarme. Siempre que vengo aprovecho para examinarlas de nuevo, con calma, con té y cigarros.
Cuando regreso a la mesa, Mónica ha retomado su tarea de costura. Se mantiene parte de la conversación sin levantar la vista.
“Tengo que adelantar los encargos ahora que está tranquilo esto”, me dice.
Ya han ido llegando más visitantes. Todos se acercan primero a Mónica y la saludan, como si de capo de la mafia se tratara. No me conocen, pero me saludan igual. Guermantes es de esos lugares, pocos ya en La Habana, que crean un ambiente de fraternidad, de calidez, donde no se siente forzado ni extraño saludar o entablar conversación con un completo desconocido.
Como tantos otros, los visitantes van a recorrer la zona de la ropa. Yo también, una vez termine el segundo cigarro que le robo a Alessandra, me acerco. Es casi una costumbre ya. Después de semanas sin ir, hay que revisar la ropa. Mónica siempre tiene piezas nuevas. Es como visitar un museo que cada semana agranda o cambia su colección.
One should either be a work of art, or wear a work of art.
Oscar Wilde, Phrases and Philosophies for the Use of the Young
El salón de la ropa ocupa un espacio aparte, pero importante. Fue lo que dio a conocer originalmente a Guermantes, mucho antes de que el lugar terminara convirtiéndose en una especie de pequeño núcleo cultural alternativo. Hay una cama antigua, cajones abiertos llenos de aretes, mesitas de noche repletas de accesorios, maniquíes intervenidos con recortes y grafitis. Todo parece pertenecer a una fantasía medio vintage, medio adolescente; si Nancy Downs hubiese vivido en la era rococó, así sería su habitación.
Los percheros están llenos. Faldas intervenidas, corsés, encajes, tartanes, piezas reconstruidas a partir de ropa vieja. Nada se siente brand new, pero tampoco viejo. Hay algo muy particular en la manera en que Mónica trabaja la ropa. Las prendas tienen personalidad y vida propia desde antes de ser compradas.
Cada pieza es única. No existen repeticiones. Algunas están cubiertas de parches y frases; otras apenas tienen pequeños detalles cosidos a mano. La sensación general recuerda más al vestuario construido por una subcultura que al inventario de una tienda convencional. Uno entiende rápidamente que la gente no viene solamente a comprar ropa. Viene buscando la posibilidad de verse distinta.
Pienso entonces en los mangas de Ai Yazawa, en historias como Neighborhood Story o Paradise Kiss, donde alrededor de la ropa se forman pequeñas comunidades; personas que encuentran en la estética una manera de sobrevivir el tedio, el aislamiento o la sensación de no encajar del todo. Guermantes tiene algo de eso. La ropa funciona aquí como lenguaje compartido entre gente que probablemente no habría encontrado espacio en otros lugares de La Habana.
Mientras reviso un chaleco gris con parches de Divine y frases de John Waters, escucho conversaciones mezcladas alrededor mío. Alguien pregunta por una próxima venta de garaje. Otra muchacha habla sobre encargar una falda. Un grupo comenta una fiesta queer del fin de semana pasado. Todo ocurre al mismo tiempo. La ropa deja de sentirse como mercancía y empieza a funcionar como excusa para que ciertas personas se encuentren.
La importancia de la moda en Guermantes tampoco se limita a vender prendas únicas. A medida que el espacio se ha ido consolidando, Mónica ha ampliado las actividades del lugar. Se organizan clases de modelaje, talleres de personalización, encuentros de costura y bordado. Hay algo muy hermoso en esa insistencia manual. En medio de una ciudad donde casi todo parece deteriorarse, donde la ropa de Shein se vende como si fuese Chanel, aquí todavía hay personas reuniéndose para aprender a hacer cosas con las manos.
Me siento otra vez en la mesa y me pido una cerveza. Las mesas están nuevamente en su lugar. Cuesta imaginar que en este espacio hayan tocado varias bandas, el salón lleno de cables, amplificadores y gente bailando y fumando, apoyados en el balcón.
Mónica recuerda repentinamente un libro que me iba a regalar. Un ejemplar extra de una reciente presentación literaria. El nombre de Guermantes entonces conecta al espacio con la literatura, por lo que no es de extrañar que este lugar se haya vuelto una sala de confianza para escritores jóvenes que presentan sus libros publicados en el exterior o con editoriales independientes aquí. En esas tardes, las mesas se apartan para dar paso a lecturas y los presentes tienen la oportunidad de compartir con autores como Oscar Rodríguez Montes, Katherine Perzant o Martha Luisa Hernández Cadenas (Martica Minipunto).
En En busca del tiempo perdido, los Guermantes representan a una de las grandes familias aristocráticas francesas alrededor de las cuales giran salones y círculos sociales que el narrador contempla con fascinación obsesiva. Hay algo de ese espíritu aquí. La sensación de entrar a un pequeño mundo aparte, sostenido por referencias compartidas y cierta idea común de sensibilidad estética. La diferencia es que este Guermantes habanero funciona desde un sitio completamente distinto. Aquí nada tiene la rigidez elegante de los salones proustianos, sino que todo sucede desde un lugar más horizontal y caótico. La delicadeza estética permanece, aunque filtrada por una sensibilidad habanera, alternativa, medio anarco-punk.
Supongo que por eso el lugar ha terminado reuniendo a tanta gente distinta. Poco a poco, a su alrededor, se ha ido formando una comunidad bastante particular. Jóvenes, gente no tan joven, artistas, diseñadores, estudiantes, profesionales y curiosos ocasionales terminan coincidiendo bajo el mismo techo. Aquí la gente se saluda, aunque no se conozca. Se forman conversaciones espontáneas entre desconocidos tras una proyección intervenida por el Proyecto Incendio o mientras alguien comenta la ropa de otro en mitad de una fiesta queer. Incluso en los eventos más concurridos persiste cierta sensación de cercanía extraña, algo que se echa muchísimo de menos.
Guermantes ha crecido de manera orgánica y casi inevitable, respondiendo a una necesidad real dentro de la ciudad. Ha terminado por afianzarse como un espacio notable, pero difícil de clasificar dentro de la vida cultural habanera. En una Habana donde gran parte de los espacios culturales parecen existir primariamente desde la rigidez institucional o desde cierta corrección política (inevitable en Cuba), Guermantes termina funcionando como algo mucho más raro y necesario.
With freedom, books, flowers, and the moon, who could not be happy?
Oscar Wilde, De Profundis
Al salir, ya al final de la tarde, me doy cuenta de cuánto necesitaba esta pausa. Después de semanas enteras sobreviviendo el ritmo absurdo de la vida en Cuba, necesitaba sentarme unas horas en un lugar donde el tiempo pareciera funcionar de otra manera.
Vale la pena el viaje, incluso si ya son las 6:30 y seguramente perdí la última vuelta del ciclobús. Tendré que pedir botella en el Malecón a ver si algún alma caritativa quiere cruzarme el túnel, o resignarme a la piquera de taxis y gastar en diez minutos de viaje el tercio de mi salario estatal. Pero, aun así, mientras vuelvo a enfrentarme al calor, al ruido y a la ciudad rota allá afuera, sigo pensando lo mismo: vale la pena el viaje.




