Calle Cuba (2026; 93 min.), segundo largometraje documental de la realizadora cubana Vanessa Batista (Los que se quedaron) se estrenará mundialmente en la sección oficial competitiva Documentary Achievement Award del 43° Festival de Cine de Miami, previsto del 9 al 19 de abril de 2026.
Casi de manera simultánea, esta coproducción entre Cuba, México y Chile se exhibirá en el apartado Largometraje Iberoamericano Documental del 41° Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG) –del 17 al 25 de abril de 2026.
Calle Cuba propone un retrato de grupo femenino de la contemporaneidad cubana, sajado por el dolor, la resiliencia y por esa espera (fe, ilusión, aspiración) perenne que parece marcar la historia de la isla. Las cuatro mujeres protagonistas residen en esa arteria urbana que atraviesa la zona más densa y antigua de La Habana Vieja, como si habitaran núcleo más esencial de la nación.
Sus vidas se trenzan en una suerte de cadena de supervivencias en medio del sonido y la furia que azotan el país, como un huracán permanente sobre un paraje ya sin azúcar. En unos momentos logran vadear la realidad; en otros, son anegadas por esta. Batista mira a través del lente una cotidianidad tan naturalista como alegórica, que le devuelve al instante una mirada agotada y persistente a la vez.
Con la directora Vanessa Batista y su productora Claudia Olivera (Dsafia Producciones, con sede en Chile) conversé acerca de los múltiples senderos estéticos, emotivos y políticos en que se bifurca esta calle fílmica.
Me interesa el proceso de casting para Calle Cuba. ¿Qué criterios manejaste para seleccionar a los personajes, aparte de ser mujeres? ¿Cuál fue el hilo de Ariadna que te llevó a conocerlas, a descubrirlas?
Vanessa Batista: El primer personaje elegido fue la calle. Caminando por ahí con Guillermo [Barberá], quien además de ser mi pareja es coguionista y director de fotografía del filme, empezamos a fantasear sobre hacer una película de esa calle, que se nos antojaba, inevitablemente, sería una película de todo el país… Partiendo de la idea de que en la mínima expresión está el todo contenido. Todo el universo en una gota de agua, todo un país en una calle. Todas las mujeres en unas pocas que representan ese universo, [con] todo lo que tienen en común.
Así, transitando cientos de veces los casi dos kilómetros que conforman la calle, fuimos encontrando primero a una, luego a otra. Hablamos con varias más. Queríamos una representación de varias generaciones, porque al final ese tejido conforma la sociedad. Hay coincidencias que después tomaron protagonismo, como que sean todas mujeres mulatas. Preguntando a unas, aparecieron otras. Todo bastante fluido, la verdad. Al final terminamos eligiéndolas en un rango de cuatro o cinco cuadras, más al principio de la calle.
¿Considerarías entonces a La Habana como un quinto personaje protagónico de la película, trascendiendo el mero rol de escenario y contexto?
VB: Sin duda, otra vez la calle, que es La Habana. Así fue tratada visual y sonoramente, como un personaje cuyo conflicto sea quizás contener sin desmoronarse pese a todo. Además, tanto la calle como la ciudad se conjugan en femenino, y eso se me antoja poéticamente revelador. Aunque salimos del entorno de la calle solo al inicio, y en un par de vistas aéreas, casi al final de la película creo que La Habana toda se siente en la película y se respira…
La película se filmó durante la pandemia de COVID-19 en Cuba, según se advierte por inequívocos signos. ¿Qué aportó esta circunstancia al resultado final? ¿Qué dificultó o impidió lograr?
Claudia Olivera: La investigación y el acercamiento de Vanessa y Guillermo a la calle fueron previos a la pandemia. En 2020, postulamos al Fondo de Fomento Audiovisual de Cuba y ganamos en su primera convocatoria. A finales de ese año, ya con el fondo adjudicado, queríamos comenzar el rodaje, pero estábamos en plena pandemia.
Decidimos retrasar el inicio de la filmación porque esperábamos que la situación mejorara. Había muchas restricciones que dificultaban enormemente el rodaje y, además, nos preocupaba que el uso generalizado de nasobucos afectara la forma en que queríamos percibir a los personajes, su expresividad y cercanía.
Esperamos durante todo 2021 a que disminuyeran las restricciones. Sin embargo, también teníamos compromisos que cumplir con el cronograma del fondo, por lo que finalmente comenzamos a filmar entre finales de 2021 e inicios de 2022. Para entonces, la situación estaba algo más controlada, aunque el uso de nasobucos seguía siendo necesario, y aparece reflejado en el documental.
Evidentemente, la pandemia marcó profundamente la forma de producción. Nos obligó a trabajar con un equipo muy reducido, casi mínimo. A esto se sumó la situación monetaria en Cuba: el fondo que habíamos ganado inicialmente se vio fuertemente afectado por la inflación y el cambio de moneda, por lo que en la práctica contábamos con muchos menos recursos de los previstos.
En ese contexto, tuvimos que asumir un rodaje muy sencillo, muy pequeño. Sin embargo, justamente ahí apareció algo muy valioso: al ser tan pocas personas, se generó una cercanía muy especial con los personajes y con la calle. El equipo logró integrarse de una manera muy orgánica, y eso se traduce en la película en una sensación de soltura, de presencia, de acompañamiento más que de intervención.
Por un lado, estas limitaciones dificultaron el proceso: retrasaron el rodaje, redujeron los recursos disponibles y condicionaron decisiones creativas importantes. Pero, por otro, también aportaron de forma significativa al resultado final. Favorecieron una intimidad muy particular y permitieron capturar ese momento como una especie de instantánea: un retrato honesto de una realidad en transformación.
Visto en perspectiva, ese contexto terminó siendo fundamental. Fue un período en el que ocurrieron muchas cosas en Cuba –la pandemia, el cambio de moneda, las protestas del 11J— que impactaron directamente en la vida cotidiana y también en nuestra producción. Era una coyuntura compleja que, con el tiempo, no ha hecho más que intensificarse.
Hoy, como productora, siento que lo que en su momento percibíamos como una limitación –las mascarillas, las restricciones, la incertidumbre– terminó aportando una capa muy potente de verdad y memoria a la película. No solo estamos contando la historia de estos personajes, sino también registrando un momento histórico específico, frágil y tenso.
Creo que el documental dialoga con ese tiempo de una forma que no habríamos podido prever, y que enriquece su lectura. Es, de alguna manera, un testimonio de un país en transformación, en crisis, pero también en resistencia.
Aprecio un diálogo formal con películas como Suite Habana (2003) de Fernando Pérez, en cuanto a la concepción coral, la ciudad como espacio vital y lírico, y quizás Barrio Cuba (2005) de Humberto Solás, también por el relato múltiple y el valor alegórico del espacio. ¿Son quizás dos influencias, confesas o no? ¿Habría otros referentes fílmicos cubanos y del mundo?
VB: Ese diálogo existe como inspiración y referencia clara. Especialmente con Suite Habana, porque la admiración como cineasta y como persona a Fernando Pérez es infinita. Tengo el recuerdo claro de ver Suite Habana en el Chaplin y quedar enmudecida durante un buen rato al salir. Ese trato a los personajes, esa fuerza en los silencios, ese mostrar la crudeza –y también una cierta belleza– de su realidad, me parecen magistrales. Con Barrio Cuba, a pesar de ser una película de ficción, encuentro una conexión en el mirar lo cotidiano con una carga emocional profunda, sin necesidad de grandes eventos.
Hay otros referentes, como En construcción (José Luis Guerín, 2001), que fueron relevantes también durante la escritura, porque nos muestran cómo filmar un barrio vivo, cómo dejar que la película emerja, cómo trabajar con lo imprevisible. Cineastas como Agnès Varda, Lucrecia Martel, entre algunas otras, me inspiran en aspectos que no son tan evidentes, pero que contribuyen a generar mi universo, y por lo tanto el de Calle Cuba.
¿Por qué decidiste, como realizadora, no involucrarte como un personaje más en el relato de Calle Cuba? ¿Por qué optaste por “desaparecer” del territorio diegético?
VB: Ya en mi largometraje anterior, Los que se quedaron (2015), tenía la intención de mantenerme exclusivamente del lado de la cámara que elige qué plano hacer y cómo contarlo. Ahí, sin embargo, terminé cediendo a participar como personaje porque era otro tipo de documental, de entrevistas y con peso histórico. Para darle humanidad y emoción, y especialmente después de encontrar un material de archivo maravilloso que registraba, entre otras cosas, el viaje que provocó que quien filmaba en 1928 se convirtiera en mi coprotagonista.
Luego estuve, casi sin darme cuenta, involucrada en conversaciones sobre cine autorreferencial. Al enfrentar el impulso de esta película, tenía claro que iba a hablar de mí misma y de las mujeres de mi entorno, a través de estos personajes. Y que no quería entrevistas, sino ser capaz de presenciar su vida cotidiana. Viendo ahora la película, no me imagino siendo partícipe como personaje, así que me alegro de haber tomado esa decisión.


Hablemos sobre los retos de conciliar en un todo discursivo a unos personajes con registros “histriónicos” tan divergentes como actores profesionales (quienes, aunque se interpretan a sí mismos, echan mano de sus entrenamientos) y personas que quizás no han tenido ninguna experiencia actoral previa.
Tengo que reconocer que esta convivencia fue menos compleja de lo que a priori parecía. Hay cierto histrionismo innato en la mayoría de los cubanos, y desde luego en estas mujeres. Los actores profesionales (Anabel y su padre) ciertamente hacen uso de sus herramientas actorales, pero se dejaron llevar a un lugar más emocional. Creo que en el documental se dijeron cosas que sienten y de alguna manera saben, pero no habían tenido un marco para ser expresarlas.
Hubo momentos muy emotivos, lágrimas y risas absolutamente sinceras. El trabajo con el resto de personajes, Mailén, Elvira y Dayana, fue más en el sentido de que se sintieran relajadas y de convencerlas de que lo mejor que nos podía pasar es que fueran absolutamente ellas sin ninguna otra postura.
A pesar de los espacios tan reducidos, también intentamos grabarlos lo máximo posible con lentes que nos permitieran estar a la mayor distancia posible en aras de lograr esa naturalidad e interferir –también espacialmente– lo mínimo posible.
¿Cómo fue el trabajo empático con los personajes de Calle Cuba, cuán dispuestos estaban a abrirse ante cámara, a revelar intimidades, a ser ellos en presencia de un “intruso”, de un voyeur autorizado que registra sus cotidianidades?
VB: Durante en el rodaje, trabajamos para crear un ambiente lo más relajado posible que nos permitiera convertirnos en “invisibles”. Tiempo juntos, largas conversaciones, helados, comidas, botellas de ron. Todo el tiempo construyendo puentes. Hay que decir que fuimos un equipo muy pequeño pero excepcional, que funcionamos como una familia, y eso producía cercanía y naturalidad.
El trabajo de acercamiento con los personajes está enmarcado en esa familiaridad y empatía que nos caracteriza como cubanos. Intento siempre ser muy honesta con los personajes; es mi propósito –y casi siempre lo logro– crear una cercanía que esté enmarcada en la confianza.
En rodajes intensos como este, en que queremos presenciar todos los eventos posibles, al menos los más relevantes de cada una, y lograr esa naturalidad, se hace complejo, pero, como casi todo en la vida, con paciencia y perseverancia se logra.
Creo que también parto desde algo muy sincero que comparto siempre con el equipo: me interesa el cine en toda su expresión, pero no a cualquier precio: sobre todo somos humanos. No engañaré nunca ni sacaré partido de una situación incómoda o que pueda perjudicar conscientemente a ningún personaje. Conozco directoras y directores que lo hacen sin pudor y eso los lleva a otros lugares de reconocimiento y aplausos. No estoy interesada en eso, prefiero la coherencia con la persona que soy, que intenta ser cada vez más amorosa con su realidad.
Cuba ha experimentado y sufrido muchos cambios entre 2020 y 2026. Desde la inflación monetaria hasta las rutas migratorias de los cubanos, o los propios apagones que entonces no marcaban tan violentamente la cotidianidad. El documental se me antoja un viaje (muy necesario) en el tiempo. Pero a la vez hay constantes, como la pulsión hacia el exilio, la violencia de género, la maternidad en zona de crisis, la convivencia de muchas generaciones en un hogar…
VB: Siendo sincera, esta película la pensamos más como una instantánea que como un viaje en el tiempo. Pero las cosas son como son, y así va la vida. Siempre decimos que hay un documental paralelo a este que trata de “cómo conseguimos terminarlo”.
Cuando en 2020 lo presentamos al Fondo de Fomento del Cine cubano, en su primera convocatoria, y lo ganamos, la perspectiva era completamente diferente. No sabíamos que la pandemia de COVID-19 iba aún a estar dando sus coletazos a nivel social. Tampoco pudimos adivinar el “reordenamiento económico”, la desaparición del CUC, la enorme inflación que llegaría casi de pronto. Todas esas realidades en forma de fantasmas –no reconocidas a nivel presupuestario por el ICAIC [Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos]– que nos han perseguido todos estos años.
En el momento de filmar, el valor del fondo había caído tan en picada que representaba la quinta parte del presupuesto inicial. Terminar la película y estarla presentando en festivales se antoja como haber llegado, exhaustos pero felices, a una meta que a veces pareció casi una utopía.




Luego hay cosas que desgraciadamente permanecen más allá de la circunstancia temporal. Esas violencias no evidentes, el exilio como salida, como escape más bien. Todo el machismo normalizado, enraizado en una sociedad que se suponía había sido capaz de erradicarlo. Todo parte de un sistema que no funciona, que pretende ser lo que no es, y que evidencia problemáticas sociales y de género tan comunes en otras sociedades latinoamericanas que al menos tienen la transparencia de reconocerlas.
Hay mucho que se quedó fuera del tintero, porque dramáticamente no encontró su espacio y forzarlo por el morbo de contarlo no tenía ningún sentido ético ni dramático: abusos infantiles –una madre que obliga a su hija de diez años a que vaya a casa de un vecino que le dará comida a cambio de tocarla íntimamente–; un padre que, en pleno año 2022, intenta engañar a su hija ya cerca de la treintena porque la ha “vendido” a un señor de Miami que le pagará unos cuantos miles; ser encarcelada dos años porque no trabajar en una sociedad “socialista” se equipara con delinquir, a pesar de tener muy pocas alternativas y ningún apoyo; las madres que dependen (pese a todos los pasados posibles) de que sus hijas salgan adelante para sobrevivir, porque ni habiendo trabajado toda la vida pueden contar con una pensión que las sostenga… Todo un cúmulo de dolor… y, pese a todo, el amor que siempre gana, la sonrisa, la esperanza, la elección de vivir en la alegría.






