A principios de 1990 me pidieron que hablara de Casa de las Américas en un coloquio sobre revistas latinoamericanas que se celebraría en París, en la Sorbonne Nouvelle, a mediados de mayo. Quizá porque unos años antes había sido profesora invitada de la Universidad de París VIII, presumiblemente porque hacía poco mi antiguo profesor y jefe, Roberto Fernández Retamar, me había llamado a trabajar en la Casa y, con toda seguridad, porque mi amiga Carmen Vásquez era una de las organizadoras del encuentro y mi “socia” Isabel Monal me podía brindar techo y comida, Claude Fell no sólo me invitó, sino que me ofreció el boleto de avión.
Yo me había despedido de la Ciudad Luz en las tinieblas del feroz invierno de 1986, con un brazo enyesado desde el hombro hasta la mano, consecuencia de una promenade alsaciana, y tanto el frío como la fractura habían frenado en algo mi incoercible vocación —más nipona que cubana— de peinar museos y fatigar ciudades. Estaba entusiasmadísima con la idea de regresar en primavera y ver la Sainte Chapelle con sol de verdad; de recorrer el museo del Quai d’Orsay, inaugurado en mis años de ausencia; de juzgar por mí misma la pirámide del Louvre —que había dejado en proyecto— y la Ópera de la Bastilla; de disfrutar, con apenas unos meses de retraso, parte de lo que la excelente museografía francesa había organizado para conmemorar el Bicentenario de la Gran Revolución. Por suerte, Cubana volaba a París de viernes para sábado, y el coloquio se celebraría durante un fin de semana, de modo que yo tendría que llegar el sábado antes y regresar el sábado después, con lo que dispondría de casi diez días de vacaciones en los que me podía encontrar con todos mis amigos.
Y entonces estalló la tormenta. También habían invitado a Pepe Rodríguez Feo, fundador de revistas, pero no le pagaban el pasaje. A mí me dio de todo, y más que nada, vergüenza; y con otros amigos hablamos y enviamos cables a Francia. Finalmente fue nuestro Ministerio de Cultura el que se ocupó del asunto; pero Pepe no podría volar conmigo, sino que llegaría, vía Madrid, casi la víspera del coloquio.
En los primeros días de mayo de 1990 París no era una fiesta: era un horno. El termómetro no bajaba de veintisiete grados. Me agencié dos blusas frescas y unas sandalias y me dediqué de domingo a jueves a cumplir mi programa, adornado en las noches con el reencuentro de viejos y queridos amigos.
El coloquio comenzó muy solemnemente en la Sorbona, con discursos de Claude Fell, Amos Segala y otros patrocinadores del encuentro, y una brillante ponencia de Beatriz Sarlo. Allí estaba Pepe, quien en camino hacia el restorán donde se festejaba a los participantes con un almuerzo, me dio los titulares de su llegada: lo habían ido a recibir de la Embajada, todo muy bien, y a su arribo al hotelito del Barrio Latino donde estaban hospedados algunos invitados, y a su pequeña habitación, se había encontrado con una cesta de flores de metro y medio de diámetro que le había enviado Severo Sarduy. “Yo no podía dormir con eso”, me dijo, y me contó que se la había dado al compañero de la Embajada para que se la obsequiara a su esposa: “Nunca le habías regalado nada así, ¿verdad?”. Esa tarde comenzaron las sesiones con una mesa dedicada a las revistas y affaires revisteriles cubanos del período 1940-1970. Se inició, por supuesto, con Orígenes, y el invitado para hablar de ella, un cubano-norteamericano sorprendente, que había adoptado el apellido de su esposa, Benigno Sánchez-Eppler, profesor de la Universidad de Brandéis y autor de una tesis doctoral sobre las revistas Cruz y Raya y Orígenes, empezó diciendo que lo que iba a leer no tenía nada que ver con lo que pensaba desde la noche anterior, cuando Pepe le había regalado un ejemplar de Mi correspondencia con Lezama Lima, por lo que le pedía que, además de hablar de Ciclón —que era para lo que Pepe había sido invitado—, hablara de Orígenes. Y eso fue lo que pasó, sólo que Pepe habló casi exclusivamente de Orígenes y con tanta inteligencia, con tanta pasión testimonial, que desde ese momento se convirtió, pese a todo el interés circunstancial y el valor erudito que pudieron tener otros ponentes y ponencias, en la figura central del coloquio.
La sesión cubana —celebrada paralelamente a sendas sesiones dedicadas a revistas chilenas y peruanas— prometía escaramuzas y algo más. Por ello contó con la presencia no sólo de los anfitriones y de amigos como José Emilio Pachecho, Alexis Márquez, Beatriz Sarlo y Eugenio Suárez-Galbán, entre otros, sino también con mucho público. Pero en realidad no se produjo nada de lo que hubiera podido esperarse de los participantes, los temas y los abordajes anunciados en el programa, sino más bien todo lo contrario. Pepe Triana y su mujer habían asistido a la inauguración, y ante la ausencia forzada, por razones de trabajo y de salud, de Severo, se constituyeron en los guardias de corps y cicerones de Rodríguez Feo durante toda su estancia. Y el hecho fue que entre los dos Pepes y yo —con una parte modestísima— fuimos tejiendo y destejiendo, ante preguntas y ponencias carentes de toda ingenuidad o de todo realismo, la urdimbre de realizaciones y conflictos de la cultura cubana en los sesenta, de la cual ambos habían sido protagonistas y testigos de excepción.
Al día siguiente de concluido el coloquio nos reuníamos tirios y troyanos en casa de Liliane Hasson, la principal contrincante, y allí encontré, porque la había traído Pepe, a la queridísima Nissa Torrents —muerta tan de repente en el otoño de 1992—, que había venido de Londres expresamente a ver a su gran amigo, a quien había cuidado y cuidaría siempre con tanto amor. Yo me fui con Nissa, cada una a buscar su metro, y Pepe se quedó con los Triana —en un aparte me había confesado, entre hiperbólico y justificativo: “Mi vida, imagínate… Tienen una habitación con las paredes cubiertas hasta el techo de videos…”
Después continué con mi programa de museos y visitas a amigos que vivían en la banlieue, con viajes a Chartres y a Orléans; y cuando regresé a París, ya para irme enseguida, además de encontrarme en todos los quioscos de prensa de la Gare d’Austerlitz con César López que me miraba desde la portada de La Quinzaine Littéraire, tenía varios recados de Pepe reclamándome que no me fuera sin llamarlo. Lo hice a la mayor velocidad, con miedo a alguna complicación, pero lo que Pepe quería era darme un recado: “Dile a Abelito —me dijo— que no se preocupe, que yo regreso pronto, pero que me voy a quedar todavía unos días por aquí, en casa de Pepe Triana, porque él tiene todas las películas de Greta Garbo y qué va, mi vida, yo no puedo irme sin verlas…”.

