Jesús Vega: “Elogio para un secretario de la luna”

Tomado de ‘La Gaceta de Cuba’, n. 1, enero-febrero, 1994, p. 15.

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Aunque el paso breve de la muerte, como ha escrito Reynaldo González, se transforma y es, en definitiva, pura cotidianidad, jamás podremos acostumbrarnos a su pálido acontecer.

Soslayando los lugares comunes “ha desaparecido”, “después de una larga y penosa enfermedad”, etcétera, prefiero afirmar, simplemente, que ha trascendido un gran amigo, un crítico refinado, un infatigable trasmisor y consumidor de cultura, un verdadero arbíter de la creación literaria: Pepe Rodríguez Feo.

Como todos conocen y es parte de la historia de la cultura cubana contemporánea, la principal misión de Rodríguez Feo consistió en su adhesión desinteresada a una aventura sin precedentes: la revista Orígenes. Creo que muchos críticos y estudiosos han sido injustos con esa participación que bien merece un desagravio. Si bien es cierto que la subvención económica proveniente de las acciones de un central azucarero propiedad de la familia, permitió la salida ininterrumpida de Orígenes en una época difícil para todos, aquellos que han pretendido resaltar ese mecenazgo han estado totalmente desencaminados.

La incidencia de Pepe en la órbita de esa revista fue mucho más allá de la ayuda monetaria, porque vino a resultar como la otra mitad de la esfera creadora y aglutinante de José Lezama Lima. Mientras el poeta y editor de vocación gestionaba, reunía y encargaba colaboraciones a escritores, pintores y críticos cubanos, el egresado de Harvard llevó a cabo una labor de múltiples irradiaciones.

Porque aquel a quien los malintencionados llamaban “el millonario” fue el principal traductor de la revista. Ahí están las excelentes versiones de poemas y artículos de Wallace Stevens, Stephen Spender, Virginia Woolf, T. S. Eliot, y George Santayana, entre otros. Asimismo, sus notas críticas de literatura, artes plásticas y temas culturales constituyeron un verdadero hito en la publicación habanera que, sumadas a las traducciones y versiones, configuran un cúmulo de colaboraciones superado solamente por el inagotable quehacer de Lezama. Aparte de su tarea como promotor y distribuidor en el extranjero, pues introdujo a Orígenes en la compleja red de universidades y ámbitos literarios foráneos.

Sin dudas, su distanciamiento con Lezama y el consiguiente retiro de la ayuda económica ocasionó el terrible derrumbe de Orígenes. Luego vinieron los tiempos iconclastas de Ciclón, donde, contagiado con el ánimo ardiente y provocador de Virgilio Piñera (antítesis de Lezama) llevó a cabo la continuación de su tarea iniciada en los predios origenistas: convocar, promover, insistir en la publicación de un manifiesto literario de calidad, para contrarrestar la ignorancia y la indiferencia de las autoridades culturales de entonces. Como en los años de colaboración con Lezama, Pepe siguió siendo no sólo el traductor incomparable, sino también el crítico temido, el editor sensible, el iniciador de muchas trayectorias literarias que hoy figuran entre las más destacadas del continente.

Con el triunfo de la Revolución, Pepe experimentó el asombro y la sorpresa de muchos cubanos ante un proyecto de profundas transformaciones en beneficio de las clases más pobres. Inmediatamente se incorporó a la Campaña de Alfabetización en la localidad de Virama, antigua provincia de Oriente. Allí tuvo lugar su “toma de conciencia revolucionaria”, al ver cómo un niño moría de parasitismo. Muchos años después recordaba el hecho con estas palabras: “Al ver aquello, me dije horrorizado que si en una sociedad ocurrían tales cosas, entonces cualquier medida que tomara la Revolución estaba plenamente justificada, especialmente en esos años que se hacían críticas terribles al proceso que estaba comenzando…” (“José Rodríguez Feo: el lujo de prescindir”, Revolución y Cultura, n. 5, 1991, pp. 6-7.)

Como era de suponer, el ya experimentado editor y crítico también sumó sus esfuerzos a muchos otros intelectuales agrupados en diversas publicaciones literarias. Lunes de Revolución, Unión, Casa de las Américas,La Gaceta de Cuba y Bohemia contaron con sus habituales colaboraciones. Pero su mayor logro editorial resultó la publicación de Notas críticas (Ediciones Unión, 1962). En las páginas de ese libro está presente la obra crítica que José Rodríguez Feo realizó de manera ininterrumpida desde los años de Orígenes. Con un simple vistazo al índice del volumen puede apreciarse la amplitud temática y la tesitura cultural de su autor. Desde los temas martianos hasta los maestros de la literatura norteamericana, desde el comentario del volumen de cuentos del entonces novel narrador Calvert Casey hasta Francisco Delicado, escritor español del siglo XVI.

Asimismo, esta tarea se complementó con la compilación y edición de libros. Entre los años 1964 y 1968, la Editorial Nacional de Cuba, en su colección “Biblioteca del Pueblo” publicó cuatro importantes antologías de cuentos con selección y prólogo de José Rodríguez Feo: Cuentos norteamericanos (1964); Cuentos ingleses (1965); Cuentos de horror y de misterio (1967) y Cuentos rusos (1968).

Pero tal vez el aporte más impresionante de José Rodríguez Feo es su epistolario Mi correspondencia con José Lezama Lima (Ediciones Unión, 1989). Desafiando criterios malintencionados, Pepe Rodríguez Feo abrió las puertas de su intimidad para brindar a todos una página histórica de la aventura Orígenes. La lectura y el análisis de las cartas cruzadas entre ambos aclaró muchas incógnitas y reveló la verdadera personalidad de ambos y las interioridades del trabajo común en un proyecto que caló profundamente en las raíces de nuestra cultura.

Muchos misterios quedan por descubrir con la muerte de Pepe Rodríguez Feo. Uno de los más grandes y hermosos es el de la relación con Wallace Stevens. ¿Qué veta profunda vio el gran poeta norteamericano en el joven y atrevido egresado de Harvard? ¿En qué medida influyeron las descripciones del paisaje cubano, del diario acontecer, en Wallace Stevens? Lo cierto es que las descripciones y anécdotas narradas por Pepe provocaron en Stevens una especie de fascinación que, sublimada por una fértil imaginación, se materializó en poemas como “A Word with José Rodríguez Feo”: “Como uno de los secretarios de la Luna, / La reina de la ignorancia, usted ha deplorado / Cómo preside sobre los imbéciles. La noche / Lo torna todo grotesco. ¿Será porque la noche / Es la esencia del mundo interior del hombre? / ¿Es acaso La Habana lunar la Cuba del ser?” Lamentablemente, Pepe Rodríguez Feo no encaró la escritura de sus Memorias como una tarea (permítaseme utilizar un término ad usum) “de choque”. Eso nos priva, ahora que ha trascendido, de un documento histórico de incalculable valor y resonancia. Tal vez la misma modestia que lo hizo renunciar a las comodidades burguesas y quedarse en Cuba viviendo de manera sencilla y austera se lo impidió.

En una carta escrita a Wallace Stevens en marzo de 1945, Pepe le consultaba al poeta de Hartford, con gran humildad, cómo podía traducir “major men”, sin saber que él mismo estaba predestinado para ser uno de ellos. Al cabo de casi cinco décadas, la vida se ha encargado de demostrarlo.


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