Entre las múltiples cosas que los humanos abandonan al morir, están los lugares. Lugares que fueron suyos o que hicieron suyos. Rodríguez Feo dejó también abandonado un lugar: la biblioteca de la Unión. A ese lugar no iba, en ese lugar cada mañana estaba. Él lo fundó, y lo pobló con sus libros particulares, con peticiones y donativos. Y convirtió lo suyo doblemente en porción de los demás. A ese lugar, vuelto una biblioteca por virtud de sí mismo, dedicó parte de su vida. Si los hombres nos ligamos a las cosas y somos con ellas, Rodríguez Feo está ligado a su biblioteca. Como si estuviera imantada, en ella perdura una esencia de su persona. Perdura, de manera singular, para los que fuimos testigos. Para los que no lo fueron, será de otra manera: un agradecimiento, un dato histórico… Yo, que tantas veces lo vi con sus tennis y su gorra, y aquel aire de caminador que se sienta sin embargo a leer un libro, y lo oí saludarme en voz alta, como si no se hallara en una biblioteca, no puedo entrar en la suya, sin que estantes, espacio, mesas, me parezcan contaminadas por Rodríguez Feo. Los mitos, sublimaciones de lo cotidiano, después lo explican. Pienso ahora en el mito de Osiris. Tras darle muerte, su cuerpo fue despedazado y cada fragmento esparcido en regiones distantes. ¿No deja el hombre esparcidas sus cosas, como fragmentos de su ser? Semejante a Isis, hermana y mujer de Osiris, van los vivos después recogiendo los pedazos diseminados, empeñados en reunir de nuevo el ser que dispersó la muerte. Pasado el aturdimiento que siguió a su muerte, estuve varios días sin entrar en la biblioteca que hiciera Rodríguez Feo. Cuando iba a la Unión, pasaba distante, apartando la vista. Luego, me arriesgué a entrar. Ya estaba —supongo— preparado para el encuentro. Había aceptado nuevamente en silencio un hecho simple y a la vez atroz: los amigos también mueren. Aunque no queremos admitirlo, pertenecen al reino natural. Nuestro afecto los ha elegido de entre la multitud, reconociéndolos como una persona. Y los afectos —tan idealizadores— apuestan contra la muerte. Esencialmente, contra la muerte. A quien queremos (o a quien sobre todo amamos) le decimos: “tú, no morirás”. Lo que en el fondo quiere decir: “tú, no me abandonarás”. Apuesta que no por absurda, es menos constante. La muerte retiró a Rodríguez Feo de su lugar. Su corazón, como diría Reyes, dejó de batallar con su propia quimera. Pero al menos para aquellos que podemos recordarlo, no lo ha retirado del todo.
Al morir tenía setenta y tres años. Solían algunos, cuando lo saludaban y se referían a su edad, afirmar que no se le notaba. Creo que lo decían en vano. Pese a su coquetería personal y su donjuanismo, Pepe sabía que había cumplido su edad. Prefiero que así sea. Nunca le dije esa tontería insigne y piadosa. Por el contrario, ambos sabíamos —felizmente— que es una dicha que los años se noten. Constituye el mejor elogio para los seres que supieron vivir. Y Rodríguez Feo figura en esa legión privilegiada. Con su inmensa secuela de vicisitudes, alegrías efímeras y anhelos prolongados e insatisfechos, la vida ha pasado por él, y en reciprocidad, él ha pasado por la vida. ¿Qué hacer con aquellos que se han opuesto a que ella los marque, imprima su huella amorosa y odiosa en la cara, en el vientre y las manos, alrededor de la boca? José Rodríguez Feo supo vivir y la vida lo sabe: se enamoró de su cuerpo y le estampó su sello luminoso: sepamos, en consonancia, reconocer que se le notaron los años, pese a que conservó el brío al caminar y se sentaba sin desmadejarse —no me refiero a los últimos meses de su enfermedad que devastaron su cuerpo y lo mantuvieron postrado. Pero aún durante este tiempo doloroso no se negó a luchar contra el cáncer, heraldo de la muerte. Amaba demasiado la vida para permitirle a la muerte que lo venciera sin dar batalla— y no perdiera el don maravilloso de aprender y sorprenderse, el don divino de asombrarse, según le gustaba decir a Platón, principio y también final de la sabiduría.
Rodríguez Feo vivió, y tuvo la oportunidad de hacerlo, en grande. Aceptó el ofrecimiento que la vida le brindaba, sin volverle la espalda. Perteneció a una familia de millonarios, propietarios de un central azucarero, heredó una fortuna y la abandonó cuando debía, lo que es un don social. Tuvo amantes, jóvenes y bellos, tan jóvenes y bellos como él lo era, y tuvo amigos, a los que admiró y protegió. Piloteaba una lancha de motor y leía el Quijote una vez por año. Recorrió Estados Unidos en una cuña de carrera y se graduó con altas calificaciones en la Universidad de Harvard, presentando una tesis sobre Henry James, escrita en inglés. Apasionado del cine y del juego de pelota, escribió, y sobre todo, viajó por el mundo. Fue un representante de esa estirpe, casi en extinción, la del conocedor. El hombre cuya pasión es conocer, en el sentido filosófico y en el físico. No sólo leyó, quiso conocer personalmente al autor del libro que leía, cartearse con él si era posible, coger un avión y volar hasta dónde estaba y hacerse su amigo si se lo permitían. No sólo amó la pintura, la compró y colgó en las paredes de su casa, sino que admiró a los pintores vivos y los auxilió con su dinero. Fue el conocedor, el que se acerca y palpa. Inconforme con leer sobre el sabor de la vida, la prueba. Que las frutas son dulces y dulcemente amargas, se las lleva a la boca. Le parecía inútil el conocimiento al que no precediera o al que no prosiguiera una sensación. Quizá en esta disposición a abolir en la unidad los contrarios, residió el secreto de su existencia, de su tranquilidad estoica, a la que hablando de él, se refirió Lezama, y de su continuada generosidad, a la que, hablando de él, se refirió Virgilio Piñera: el que se ocupara de la obra de los otras más que de la suya.
¿Cómo conocí a este hombre? O mejor: ¿cómo permití que me conociera? .
Mi relación con Rodríguez Feo comenzó de manera indirecta, un tanto invisible. Mi cuerpo no participaba. Fueron solas mis palabras, no mi persona entera. Empezó así: envié por correos un escrito inédito. Luego la relación se convirtió en completa y habitual.
Me explicaré.
En la antigua librería Martí, en La Habana Vieja, compré un ejemplar del Orígenes dirigido por Rodríguez Feo —el Orígenes apócrifo, como lo llamaba Lezama Lima— después del célebre rompimiento entre ambos en 1953—. En la página final de dicho número aparecía la convocatoria de un concurso para los géneros de ensayo, poesía y cuento. Por entonces, con dieciocho años y mucha audacia, había compuesto un ensayo, bastante extenso, sobre la poesía de Rimbaud, a quien acababa de descubrir y me tenía encandilado, y lo mandé sin vacilar al concurso. El tiempo, cumpliendo con su esencia, comenzó a pasar. Al cabo, cuando ya tenía casi olvidado el envío, recibí una llamada telefónica: Rodríguez Feo, tras la lectura del ensayo, me invitaba a visitarlo en su casa.
Acudí a la entrevista.
Su casa era en el Vedado, en el edificio de 23 y 26. Aficionado a contemplar las construcciones de la ciudad —me ufano en poseer conocimientos, exiguos realmente, de arquitectura—, había admirado con frecuencia el edificio. De los primeros que se levantaron en La Habana sobre dos pilares tan sólo, su grácil estructura parecía apenas pisar la tierra. Y en ese lugar ya admirado por mí, en el penthouse, habitaba Rodríguez Feo. Cuando me dirigía al elevador, elevador marca Otis que hacía un ruido singular que no he olvidado (Encima del techo sonaban claramente las cadenas), me di cuenta que los azulejos de las paredes eran de Mariano.
Llegué al último piso. De la salida del ascensor hasta el apartamento de rodríguez feo, se pasaba por un corredor ancho, sin paredes, con barandas de hierro, y me figuré caminar en el aire. Frente a mí se extendía, al pasar a la otra estructura del edificio, el apartamento, ocupando el resto de la construcción. Toqué el timbre. Muy sensible a los ruidos y su recuerdo, aún parece que lo oigo sonar. Salió a abrir un criado negro. Una cicatriz le cruzaba la cara. Supe después que había estado en la cárcel por asesino y que tras su salida, la familia de rodríguez feo, sobre todo la madre, lo protegía. “El caballero viene enseguida”, dijo aquel negrazo, y se retiró. El apartamento, realmente extraordinario por su modernidad, dado el momento habanero, 1954, era de una belleza fría, precisa, de líneas austeras. Frente a mí quedaba un enorme panel, sobre barrotes de hierro, con varios cuadros de pintores cubanos. El color deslumbrante de estas pinturas, establecía un contraste armónico con la austeridad de la arquitectura. La austeridad semejaba estar puesta al servicio del color. En el transcurso de los días, descubrí que todas las paredes de la casa estaban plagadas de pintura cubana contemporánea.
Como no conocía personalmente a Rodríguez Feo, su nombre no era más que un nombre, sin duda ya un tanto mítico —igual que cuanto concernía a Orígenes—, y una voz que me invitaba por teléfono a visitarlo. Entonces, de pronto, tuve delante a un hombre todavía muy joven, tenía en ese momento treinta y cuatro años acabados de cumplir, de mediana estatura y esbelto, bien parecido, rizado el cabello castaño oscuro, en el meñique una sortija de piedra negra. Tendiéndome la mano, me saludó con una sonrisa un poco irónica, que dejaba ver un diente del medio partido. Nunca le pregunté a qué incidente se debía, y siempre supuse que se lo habían roto de un pelotazo cuando era niño. A veces solían brillar, tras su sonrisa, los restos del bello adolescente que había sido. Acogedor e inquieto a un tiempo, podía levantarse en mitad de la conversación o llevarla abruptamente a otro tema. “Te llamé —el tú salió de inmediato— porque me gustó el ensayo sobre Rimbaud. No voy a dar los premios. Convertiré Orígenes en otra revista”, dijo en tono decidido, sin ambages, y me hizo pasar a la sala.
Para mi sorpresa, no estábamos solos. Aquella noche de diciembre de 1954, estaba reunido el futuro equipo de la futura revista, y yo había sido invitado, sin previo aviso, al nacimiento de una nueva publicación. Como era muy joven, no me di cuenta de la trascendencia que esa noche, para decirlo solemnemente, tendría en la historia de la cultura cubana. Allí estaba Cabrera Infante, Díaz Martínez, Severo Sarduy, Roberto Branly, Fayad Jamís, Luis Marré… Virgilio Piñera, que sería el secretario de la revista y era uno de los inspiradores, no estaba esa noche. Había regresado a Buenos Aires, donde residía desde 1946. Calvert Casey, que publicaría luego en Ciclón, aún vivía en New York. Desde allá, en 1956, al año de fundada, comenzaría a enviar sus colaboraciones a la revista.
Entre uno y otro trago de ron, servido por su criado, entre las bocanadas de los cigarros, con el cielo habanero que a través del cristal de los ventanales veíamos al fondo como un estrellado ciclorama, Pepe nos anunció que actualmente se sentía desinteresado en continuar publicando Orígenes en contra del Orígenes de Lezama. Se hallaba dispuesto a iniciar una nueva aventura. Y pronunció al fin el nombre de la publicación que planeaba: Ciclón. Se levantó y nos mostró entusiasmado el Eolo que dibujara Mariano como emblema de la revista, que figuraría en la portada. Nos miró a todos radiante. Esperaba nuestra reacción ante el nombre de una publicación literaria tan poco literario. Del nombre de Orígenes, con sus resonancias metafísicas o culteranas, al de Ciclón, se había recorrido sin duda un largo trecho. Ya el título, de raigambre nacional, anunciaba el huracán venidero. Además, Lezama, recordando de repente que era abogado de oficio, había presentado en los tribunales un recurso en el que reclamaba la paternidad del nombre de la publicación. Y los tribunales acababan de fallar a su favor. Rodríguez Feo quería desentenderse tanto de su pasado en Orígenes como de litigios legales. A todos los allí reunidos por él esa noche, pidió colaboraciones y anunció que el primer número de Ciclón era inminente. Saldría a la calle en enero del nuevo año, 1955.
En un momento de la conversación comencé a contarle a Rodríguez Feo que tiempo atrás había entregado a Orígenes un largo poema y me habían asegurado que lo publicarían. Él no dejó que terminara. “Si quieres estar en Ciclón, no puedes estar en Orígenes. Son el aceite y el vinagre. Así que decide.” Me conminó con la mirada y un ademan perentorio de la mano, donde usaba el anillo.
Con exactitud no recuerdo lo que hice: si envié recado a Lezama para que me devolviera el poema o él se enteró inmediatamente de la reunión y de los que habían asistido. Por tanto y en consecuencia, que yo con todas mis armas me había pasado “al enemigo”, como calificaba el binomio Pepe—Virgilio. Si no recuerdo lo que hice, recuerdo que sólo a escasas horas del día siguiente, en la misma mañana de ese día, Eloísa, hermana predilecta del poeta, tocó en la puerta de mi casa y me devolvió el poema.
La visita al apartamento de 26 fue la primera oportunidad de reunirme con otros escritores. Hasta ese momento mi oficio había sido solitario. Quienes me rodeaban aquella noche de finales de año, a quienes nunca vi anteriormente, ni oí hablar, estos desconocidos sin embargo eran un poco como yo: comenzaban. Escribían en la sombra, apenas habían publicado, y ninguno —si exceptúo Los párpados y el polvo de Fayad Jamís, publicado precisamente ese mismo año— tenía libro impreso. Y resultaba curioso: la revista y nosotros nacíamos al mismo tiempo para el público. Y el hecho constituye una de las múltiples contribuciones de Rodríguez Feo a la cultura cubana: elegir, tras romper con Lezama y su grupo, un número de escritores principiantes, exponiendo el prestigio cimentado con la revista Orígenes, al unirse a una juventud azarosa, de posibilidades en germen y por demostrar, lanzando de nuevo una botella al mar desconocido. Nadie podía certificar ni garantizar de antemano que nosotros tendríamos —realmente— alguna importancia con el tiempo, o si continuaríamos siendo escritores siquiera, sin renunciar a una vocación que empezaba a manifestarse, o nos convertiríamos, lo que ha sido uno de los males de la literatura de este país, en periodistas y gacetilleros. Pero esta actitud de aventura fue constante en Rodríguez Feo: jugarse una carta, la suya y la de los demás. Apostar que tal pintor o tal poeta que comienza puede llegar a ser algo, si se le ayuda. En aquella circunstancia histórica y personal, su actitud constituía, además, una compañía espiritual y un estímulo tangible, en un país donde casi no existía ninguno. Saber que Rodríguez Feo estaba ahí, con Ciclón, que contábamos con una persona y un lugar en el que podíamos publicar algo nuestro, se convirtió en asidero, en auténtica necesidad. Excepto Cabrera Infante, que había empezado en Carteles a publicar críticas de cine, los demás no teníamos en el bolsillo ni un centavo ganado con trabajo literario. Varios éramos simples muchachos. Para poder salir de nuestras casas y subir a una guagua, teníamos que pedirle una peseta a la familia.
Desde el nombre de la revista —ninguna publicación literaria que aspirara a convertirse en respetable se hubiera arriesgado a utilizarlo—, su impresión y portada, semejantes a una libreta escolar, hasta el contenido de sus páginas, que abarcaba fragmentos del marqués de Sade y el Igitur de Mallarmé, los primeros números de Ciclón produjeron un escándalo literario en la ciudad. En esa ciudad habitada por ciento cincuenta lectores de la que hablaba Barbey D’Aurevilly. La única que cuenta en la historia de una literatura.
Después del rompimiento, Lezama intentó minimizar la significación de Rodríguez Feo en Orígenes. Afirmó con frecuencia que él solamente hacía la revista y Pepe, sin leer apenas los materiales que aparecían en sus páginas, la pagaba. Otras veces ponía en duda y en solfa, utilizando su lengua adiestrada en la malevolencia literaria, la capacidad intelectual de Rodríguez Feo. Pero si hoy, tras la muerte de ambos, se revisa sin apasionamiento la colección de Orígenes, la participación de Pepe es evidente y a ratos decisiva. No solamente por sus textos críticos originales, entre los que se encuentran varios excelentes, el dedicado al Moby Dick de Melville o a los cuentos de Lino Novás Calvo, sino en diversos aspectos importantes. Su labor como traductor de prosa y verso, tanto del inglés como del francés, contribuyó a la modernidad y resonancia internacional de Orígenes. La poesía de habla inglesa, la más importante de este siglo, ignorada beatíficamente por Lezama, llega a las páginas de la revista gracias a la sagacidad crítica, al concepto de la modernidad y a las relaciones personales de Rodríguez Feo, educado en Harvard, que escribía y hablaba perfectamente el inglés y era un viajero incansable. El vínculo de Orígenes con los poetas españoles exiliados en México y Estados Unidos se estableció igualmente mediante su conocimiento personal. Incluso el número dedicado a la literatura mexicana contemporánea, ilustrado por sus propios pintores, no se habría podido configurar sin los contactos de Rodríguez Feo. Su relación directa con artistas plásticos cubanos, a los que compraba sus obras, determinó en cierta medida la posibilidad del nexo, una de las características esenciales en Orígenes, entre poesía y pintura, tanto como sus portadas e ilustraciones interiores. Sin duda hoy sabemos que la revista fue hecha entre los dos. La publicación de Mi correspondencia con Lezama Lima, en 1989, ha venido a confirmarlo de manera impresionante. Sin duda este epistolario, momento reverberante de nuestra cultura, al igual que Secretarios de la Luna, que recoge las cartas cruzadas entre Rodríguez Feo y el poeta Wallace Stevens, constituyen dos monumentos de la cultura nacional.
La influencia de Rodríguez Feo en Orígenes fue tan decisiva que en la colección de la revista podrían señalarse sin esfuerzo dos tendencias caracterizadas: la aportada por los materiales que Pepe acarreaba, incluyendo los suyos propios, y los que aportaba Lezama, incluidos sus textos de expresión personal. De un lado el artículo sobre Novás Calvo, las traducciones de T. S. Eliot y Wallace Stevens, y del otro, Valéry, Juan Ramón Jiménez y Para llegar a Montego Bay. Declarar que Rodríguez Feo pagaba la impresión de la revista con la entonación del reproche y el desprecio burlón, siempre me ha sorprendido en un poeta que aspiraba a convertir Orígenes en un taller renacentista, y admiró a los poderosos mecenas del Renacimiento. Otros ni han visto la franca generosidad del hecho: un hombre rico que paga una publicación literaria, sin esperar beneficio monetario alguno. Ni siquiera, como ocurre en Estados Unidos, la reducción de sus impuestos fiscales. Disimular el hecho con términos eufemísticos, decir sufragar gastos o financiar en lugar de pagar, simple y llanamente, resulta un prurito hipócrita. Lo cierto es que cuando Rodríguez Feo abandonó Orígenes “por su propia decisión”, según reza el editorial que da a conocer la noticia a sus lectores, cuando renunció a influir intelectual mente en la publicación y dejó de pagarla además, decayó, y después de dos o tres números, cesó de publicarse.
Al igual que Orígenes en su momento, pero con otro sentido y en otra dirección, Ciclón resultó un acontecimiento insólito en la cultura cubana. Cultura regida, desde el siglo XIX, por la hipocresía y él disimulo, según observara ya en su época Manuel Sanguily. Naturalmente y casi sin proponérselo, con llamar algunas cosas por su nombre, Ciclón tuvo que resultar escandalosa para un tipo de mentalidad como la calificada por Sanguily. Dentro de la cultura oficial, despertó oposición cerrada y cerril. El dictador Fulgencio Batista y Guillermo de Zéndegui, presidente del Instituto Nacional de Cultura —quien escribía la página de modas masculinas del rotograbado del Diario de la Marina bajo el seudónimo de Henry Wotton, personaje de la novela de Wilde—, trataron varias veces de impedir su publicación. En diversos editoriales, contra la moral represiva del Estado, la revista fijó su posición política. Sería interesante (y revelador) repasar actualmente dichos editoriales, impresos en provocadoras páginas amarillas.
Quizá en otros países una revista semejante resulte un hecho habitual, e incluso, esperado. Una cultura viva está regida por movimientos de acción y reacción, continuidad y ruptura, o ruptura en la continuidad, de mixtificación y desmixtificación, sacralización y profanación. Movimientos constantemente opuestos, antinómicos y, en rigor, imprescindibles para la vitalidad de una cultura dada. O sea, la cultura se mueve —no tengo ahora mejor palabra— mediante antítesis que conforman síntesis momentáneas. Ciclón representó la tendencia de la ruptura, para alcanzar en el porvenir una afirmación.
Destaco este hecho significativo: Rodríguez Feo propició dos generaciones distintas y opuestas. Era hombre de fe, de voluntad fundadora. Sólo hubo en la literatura cubana otro semejante: Domingo del Monte. El parecido entre ambos es impresionante. Con una salvedad: Rodríguez Feo fue un radical y un descontento de su clase. Del Monte un representante de la suya y un timorato.
Ahora debo puntualizar. Entre los hombres de su posición económica, Rodríguez Feo no fue un ejemplo aislado, único o inusitado. Durante cierto tiempo juzgamos a los miembros de su clase, tanto a la burguesía esclavista del XIX como a la capitalista, con verdadera saña, en un sentido justiciera: era necesario resaltar zonas de la vida nacional oscurecidas y vilipendiadas. Atacando en bloque, sin hacer distingos y con frecuencia sin calma ni sutileza, destacábamos con grandes trazos otras clases de nuestra sociedad, sacábamos a luz su historia. Hoy, al cabo de tantas transformaciones, debemos ver con claridad y sosiego el mecenazgo de la burguesía nacionalista del pasado y del presente siglos. Me parece que ha llegado la hora de hacerles justicia. Lo que resulta realmente asombroso en la conducta de Rodríguez Feo, es su total indiferencia ante la cultura oficial.
En su mayoría los integrantes de su clase eran partidarios de esta cultura, y la protegieron. Fueron los mecenas del arte aceptado. Adquirían cuadros de excelente factura académica o de pintores famosos. Protegían poetas, músicos, pero cuyas obras no exigieran un esfuerzo y pusieran en peligro su capacidad de apreciación estética. Propiciaban un arte que ya no requería cambio ni adiestramiento de la sensibilidad. Un arte del pasado. Por lo demás, no debe soslayarse que invertían su dinero en valores seguros, con tendencia al alza en los precios. Julio Lobo, uno de los más poderosos millonarios cubanos, se convirtió en coleccionista. Gastó una fortuna, mediante expertos corredores que pujaban en las subastas de todas las capitales del mundo, para reunir la mejor colección privada de arte napoleónico. Es decir, admiraba y anhelaba la posesión de un arte reconocido. El conde de Lagunillas hacía lo mismo. Pero su apetencia artística se saciaba con las ánforas griegas y los sarcófagos egipcios. Escritor y estudioso del Renacimiento, autor de una notable biografía del Papa Borgia, Orestes Ferrara mandó a construir, en pleno barrio habanero del Vedado, la réplica de un palacio florentino. Curiosa extravagancia individual, que nada significó en el desarrollo de la arquitectura contemporánea cubana. Pinturas del Greco atesoraba Oscar B. Cintas. Hoy se exhiben en una sala del Metropolitan Museum de New York.
Desde aquella noche en que entré en el edificio moderno que había mandado a construir en la calle 23, y vi en su apartamento la colección de sus cuadros, comencé a percibir que Rodríguez Feo era muy diferente a los miembros cultos de su clase. No estaba interesado en valores de ese tipo —que revelan sin duda un gusto estético en sus compradores— ni tampoco invertía el dinero en tales bienes raíces, sino que adquiría, y protegía con ello al hacerlo, las obras del arte contemporáneo de Cuba. Se inclinó por artistas del presente
Mariano, Lam, Portocarrero— no del pasado, como hicieron los demás. Ignoró cuanto tenía un prestigio y cuya posesión otorgaba prestigio a su poseedor y a la vez una renovada sensación de poder, e intentó dar reconocimiento social a lo que aún no lo tenía. Si los demás dudaban del valor de su colección, sentía la convicción suficiente para conservarla y continuar acrecentándola. Apoyó empresas culturales, como la revista y la editorial Orígenes, que no entendían, y es la palabra exacta, los miembros de su clase, o como Ciclón, demasiado explosiva para sus aficiones. Ambas, carentes de nexos con la cultura oficial, y en rigor, en secreto antagonismo con ella, sólo poseían un futuro por él entrevisto. O soñado quizá. Millonario desclasado, permítaseme esta paradoja, que fue la paradoja de una parte de su vida, Rodríguez Feo, para los integrantes de su clase, era solamente un excéntrico que malgastaba su dinero heredado, con unos cuantos locos y pintores de mamarrachos.
Otro caso, semejante al suyo, podría citar. El de María Luisa Gómez Mena. Muerta en la década del cincuenta en un accidente automovilístico, en compañía de su amante, el poeta español Manuel Altolaguirre, a ella también habría que hacerle justicia. Protectora de pintores como Carlos Enríquez y Mario Carreño, pagaba los gastos, además, de la editorial El ciervo herido, donde aparecieron Las lecciones de filosofía de Varela y Cuentos negros de Cuba de Lydia Cabrera, entre otras obras. Por Altolaguirre sintió esta mujer una pasión trágica. La lectura de las cartas de María Luisa a Moreno Villa, publicadas recientemente en México, me induce a colocarla al lado de Rodríguez Feo, por su perspicacia, sensibilidad, y aguda mirada al arte de su tiempo.
En la época en que Virgilio Piñera y yo residíamos en el pueblecito playero de Guanabo, pobres y dorados por el sol, Pepe era capaz de aparecerse en nuestra casa con una espléndida comida, comprada en el mejor restorán habanero, ordenar que la bajaran de su Cadillac los propios camareros del restorán, en bandejas cubiertas con servilletas blancas, y después del lujoso banquete inesperado, desatar un pleito porque habíamos gastado el jabón que él mismo nos había regalado. Y siguió siendo así. Con el aire y las maneras de los hombres acostumbrados al poder económico. Se le notaba al hablar: decía lo que le daba la gana y en el instante en que le daba la gana. Era educado y grosero, como los millonarios. O al menos así creíamos, los que nunca tuvimos dinero, que se comportaban los millonarios. Cuando su familia, con la llegada de la Revolución, vio en peligro su fortuna, abandonaron la Isla y se instalaron cómodamente en el extranjero, Rodríguez Feo no se movió de su apartamento. Las ruinas, como a Horacio, lo encontraron impávido. Entregó sus bienes y echó su suerte con los pobres. Se mudó entonces a un apartamento modesto, con sus libros, sus discos y sus cuadros. El hombre que había gastado miles de pesos, con la misma tranquilidad estoica, aprendió a vivir de un salario. Pero de ningún modo renunció a las maneras del poder. Maneras que mantuvo hasta su muerte, y que solían provocar momentos de molestia o hilarante delicia.
Pepe sentía predilección por las obras de Santayana. En uno de sus viajes se conocieron en persona, y el gran escritor accedió a publicar en Orígenes. No sé si reparó en un pasaje de las Memorias de Santayana, que en algo define su actitud. Tal vez lo leyera con el estremecimiento del que encuentra en pluma ajena una revelación de sí mismo. El pasaje se halla en el capítulo extraordinario que Santayana escribió en recuerdo de su ambigua amistad con Lord John Russell, y dice así: “Era extraño que un heredero de tantos privilegios, los apreciara tan poco y aplicara toda la fuerza recibida de la tradición en burlarse de ella y en destruirla.”
En su momento, en el momento en que debió serlo, fue de los hombres más útiles para la cultura cubana. Y hay que señalar públicamente y agradecer lo mucho que hizo, y todo cuanto nosotros le debemos. Aunque los débitos, y Rodríguez Feo lo sabía, son siempre recíprocos: tanto le debemos como él nos debió a nosotros. Fuimos la preocupación, el sabor y el júbilo de su existencia.

