La búsqueda del buey es una fábula zen sobre la iluminación. El zen no es budismo, aunque parte del budismo. No es una religión, aunque tiene monasterios y escrituras. No es un estilo de decoración ni un estado mental ni una negación de la negación, aunque siempre ha sido más fácil decir lo que el zen no es. El zen es kyoge betsuden,“una transmisión especial al margen de toda doctrina”.
En el siglo XII, Kuo-an, un maestro de la escuela rinzai –la rama del zen que busca la iluminación a través de los relatos en miniatura llamados koan– pintó la historia de un hombre que busca, atrapa y supera al buey. También compuso unos poemas a modo de comentario a las diez láminas.
Esta es mi versión de la búsqueda del buey. No tiene aspiraciones artísticas ni literarias, es solo un ejercicio de reflexión. Utilicé unos cuantos rotuladores Stabilo, que se pueden conseguir en cualquier lugar, un pincel para disolver el trazo y unas cartulinas blancas. No hubo boceto, el trazo es tosco. Todo se hizo en una noche, siguiendo el modelo de Kuo-an.
一
La búsqueda del buey
El poema de Kuo-an tiene un comienzo cuaresmal. El campesino busca al buey en medio de un paisaje de “ríos sin nombre” y “montañas distantes”, representados aquí con manchones de tinta y líneas espinosas. Las hojas están secas y el espíritu también. El buey es una criatura sagrada y poseerla es alcanzar el satori, la iluminación. No se sabe de dónde escapó el buey. ¿Pertenecía al campesino en primer lugar? ¿Es un animal salvaje? ¿Hay que domarlo? Incluso si aparece, el campesino tiene su vitalidad agotada. Lo dice en su presentación: “No puedo encontrar al buey”.
二
El hallazgo de las pisadas
Las huellas del animal han llevado al campesino a un territorio escarpado. El ambiente recuerda a la subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz. Kuo-an habla de “montañas remotas” y “rastros ocultos”; el místico carmelita dice que “cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo”. En el primer cuadro se dibuja un paisaje, en el segundo un camino.
三
El hallazgo del buey
El buey por fin se manifiesta, pero es solo una silueta. Podría ser un caballo o un animal mitológico, el minotauro. La calma del trazo de las primeras láminas ya no tiene cabida a partir de aquí. El campesino, que antes era un caminante, ahora se lanza a la carrera por la montaña.
四
La captura del buey
Hay un combate. El buey es un toro, los cuernos tienen filo. El dibujo es circular porque no se sabe quién va ganando. Los trazos del animal son agresivos y definidos, pero los del campesino también. “¿Qué artista puede dibujar esa cabeza enorme, esos cuernos majestuosos?”, escribe Kuo-an. Es tierra contra fuego, la paradoja de la fuerza imparable contra el objeto inamovible.
五
La doma del buey
El buey se ha sometido y ahora no es ni un toro ni un ser fantástico, por eso lo dibujo metamorfoseado en vaca. El campesino es ahora quien deja el rastro y marca el camino. El cuadro habla de la disciplina. “El látigo y la soga son necesarios, de lo contrario podría desviarse por algún camino polvoriento. Al estar bien entrenado, se vuelve naturalmente amable. Luego, sin restricciones, obedece a su amo”.
六
El regreso a lomos del buey
“Lao Tse se ausenta de la biblioteca de Loyang para escribir un libro sobre lo inasible, lo inapresable, lo inaudible, y toma el camino del oeste, el del búfalo, para escribir sobre el este, el dragón inasible”. Eso escribe Lezama sobre la imagen del sabio sobre el buey. Pero aquí dibujé al buey como un manchón de tinta que se disuelve, porque el satori también se disuelve. Hay muchos despertares, me dijo un ermitaño hace poco. En la lámina hay dos grandes círculos giratorios: el del sabio flautista y el del animal que se diluye como la tinta.
七
El boyero se queda solo
Lezama dice también: “Un niño puede tener a su lado el tao, sin saberlo, pero si al paso de los años, durante toda su vida lo busca, sólo comprueba que se ha evaporado, que no lo acompaña”. El sabio está en su ermita y ya no existe el buey. Parece que hay paz, pero el zen protesta porque todavía existe él. Todas las iluminaciones –las del monje, las del amante, las del novelista– esconden ficciones.
八
Tal desaparición
El buey y el boyero desaparecen. El paisaje desaparece. La tinta del trazo desaparece. Es lo más parecido al satori que uno puede expresar con un pincel, y no deja de ser una ilusión, una mancha. “En esta desnudez halla el espíritu su descanso”, escribe San Juan, “porque no comunicando nada, nada le fatiga hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad”.
九
Regreso al origen
El cerezo del paisaje reproduce de alguna manera el infinito de la lámina anterior, como si el octavo cuadro fuera un acercamiento o un detalle del noveno. Pero para Kuo-an, si al final uno está igual que cuando comenzó, ¿qué sentido tenía hacer el viaje? “Se han realizado demasiados pasos para regresar a la raíz y la fuente. ¡Mejor haber sido ciego y sordo desde el principio!”. Por eso Kafka escribe que el bien carece, en cierto modo, de consuelo. Pero en el zen no hay necesidad del bien ni del mal, solo de un centro, y de saber estar en ese centro, y de comprender luego que no existe.
十
La entrada al mercado
El maestro zen Arul M. Arokiasamy describe las diez láminas del buey como un ejercicio para desprenderse de todo tipo de ideas sobre Dios, el mundo y el yo. El zen va donde Descartes no puede. El décimo cuadro es “la vuelta al mundo, a la plaza del mercado, con compasión desinteresada”. Todas las paradojas y abstracciones se disuelven –otra vez como la tinta ante el agua– en la vida real. “Si te encuentras con el Buda, mátalo”. Esa fue la primera frase que oí sobre el zen. Esa es quizás la frase que el viejo ermitaño le dice al campesino que va nuevamente en busca del buey.
Así termina Kuo-an: “Descalzo y desnudo de pecho, me mezclo con la gente del mundo. Mi ropa está andrajosa y cargada de polvo, y siempre estoy feliz. No uso magia para extender mi existencia. Ahora, ante mí, los árboles muertos cobran vida”.
A R. M. B.,
ermitaño en la plaza del mercado











