Influenciador

El influenciador es el monstruo que ocupa esta entrega. Pero siendo que el influencer no existe sin la relevancia que sus influenciados le conceden, es a estos segundos a quienes dedicaremos especialmente el comentario. Por influenciadores nos referiremos, valga aclarar, a los personajes peligrosamente transmutados en líderes de opinión, no a quienes amenizan con alguna gracia relajante (de vez en cuando la vida también puede ser leve).
Lo primero a considerar es que el influenciador es, literalmente, una pantalla. No importa cuán cercano se sienta por tenerlo a la mano en la intimidad del baño o a la hora de dormir. Es eso un espejismo, un producto que responde al imperativo del engagement. Nunca sabremos si lo que hay detrás de la pantalla es una gallina, un avestruz o un ave de rapiña. A efectos de nuestra desesperada búsqueda (movidos por el abatimiento o por la necesidad de confirmación), hasta una pelusa unicelular pasará por pavo real. Me consta, porque conozco a unos cuantos demasiado bien, y en la vida real ni los que venden extremismo son tan radicales; ni los que venden fórmulas de bienestar, mínimamente felices; ni los humanitarios tan generosos; ni los que venden patria son remotamente altruistas; ni los que venden terapia, juiciosos.
El influenciador empleará, sin miedo al ridículo, todos los artilugios y recetas del nuevo lenguaje del algoritmo para seducirlo. Y usted, que no quiere, o no tiene tiempo para pensar por sí mismo, que se niega a cruzar la frontera de la obviedad y el confort de su mentalidad, que necesita militar en algo o reivindicarse instantáneamente, le comprará la ficción épica que venda desde un sofá cualquier cara linda detrás de un filtro. Le cederá su voz y su agencia, lo nominará a la presidencia por la ingeniosidad de un reel. Y no analizará si a lo que da eco con su like es a una causa auténtica o simplemente al narcisismo y al lucro personal de un oportunista, si lo que impulsa con su share no es información o justicia, sino la carrera pública de un delirante que bien podría terminar de dictador de un país.
He visto dizques líderes de opinión despedazarse por la primicia de una tragedia política, usar escenarios de guerra para estrenar un nuevo filtro, derrochar el dinero de los contribuyentes por un selfie, pedir donaciones para causas humanitarias que después se embolsillan, fingir en la pantalla desde un trauma familiar hasta un arresto, mandar a linchar, con cualquier pretexto político, a gente con la misma historia de vida de su madre. Es usted, no lo olvide, quien determina el alcance, incluso, la existencia del influenciador, el que le da el poder para generar un estado de opinión favorable al ejercicio democrático, o empantanado en un infierno de frivolidad. Escoja bien a quién seguir.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

