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Ernesto Hernández Busto: “Mi Lezama es más un buey profano que una vaca sagrada”

La editorial Pre-Textos acaba de publicar 'Años de formación', el primer tomo de los tres que componen su biografía de Lezama.

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“No tengo biografía ninguna”, dijo José Lezama Lima en alguna entrevista. Bien: ya la tiene. El ensayista, crítico, poeta y traductor Ernesto Hernández Busto llevaba muchos años escribiéndola. Lento era su paso en ese abismo: primero, parecía un libro interminable; después de terminado, a causa de su extensión, parecía un libro impublicable. Las apariencias nos engañaron a todos.

La editorial Pre-Textos publica este año José Lezama Lima: una biografía, y lo hace en tres volúmenes. El primero de ellos, ya disponible, se subtitula Años de formación. Es el tomo dedicado al Lezama niño (antepasados incluidos), al Lezama adolescente y juvenil, a las andanzas eróticas e intelectuales del Lezama estudiante. La trilogía continuará unos meses después con Años de fundación, y más adelante arribará a su final –el final que todos conocemos, y quizás el Lezama en el que más nos reconocemos los cubanos– con Años de revolución.

Otros hablarán del resultado. En lo personal, me siento feliz de haber sido parte del proceso. El camino de la edición que condujo a que la biografía llegue este enero a sus lectores.

“Se terminó de imprimir este libro” –reza el colofón del primer volumen– “el 19 de diciembre de 2025”. El azar concurrente quiso que constara allí la fecha del cumpleaños del biografiado. Y que sea 2026, medio siglo después de su muerte, el año en agenda para revisitar su vida a través del prisma de una investigación de gran envergadura.

José Lezama Lima: una biografía hubiera podido llamarse José Lezama Lima: la biografía. A estas alturas, por una serie de razones, ya no creo que se escriba otra biografía de Lezama (ni de nadie más). Esta es la primera, la única, y probablemente la última. Para bien o para mal. Yo estoy del lado del para bien, y sobre estas cuestiones converso ahora con el autor.

Cuéntanos qué te impulsó a abordar un proyecto tan ambicioso. Quiero decir, apartando el desafío obvio de que no se había escrito antes una biografía de Lezama. ¿Qué otras razones te movieron y cuándo fue que te embarcaste –nunca mejor dicho– de lleno con este libro?

Escribí el libro que me hubiera gustado leer. El desafío no era sólo el hecho de escribir la primera, sino una biografía de alguien que dijo no tenerla. Biografiar a alguien que no creía en ese género literario, que hasta en sus diarios se permitía autodefinirse como “un fantasma de conjeturas e insignificancias”.

Los primeros esbozos del libro tienen casi 25 años, la edad de mi hijo mayor, pero fue hace más o menos diez, después de una polémica, que me puse a trabajar de manera más constante en su escritura. La polémica, no sé si alguien la recordará, fue con Rafael Rojas a propósito del canon literario cubano. Yo aseguré que Lezama era el centro de ese canon en el siglo XX, cosa que Rojas objetó con sus propias razones, reprochándome un alineamiento de gusto aristocratizante. Comencé entonces a pensar en una demostración de esa centralidad, pero no tanto a la manera de un ensayo, sino como el rastreo de una tradición “realizada” en la vida/obra del escritor.

Para ello, ya lo he dicho, tuve que luchar contra mi propia incredulidad, convencerme de que algo como lo que quería escribir era posible. Implicaba una larga investigación de archivo (sin poder entrar a Cuba), y un tono que planteaba nuevas dificultades en relación con lo que yo mismo había escrito hasta ese momento. Requería también de paciencia, que no figura precisamente entre mis virtudes.

A encontrar el método de trabajo, que me gusta emparentar con eso que Lezama llamaba “suma de poquedades”, me ayudó haber investigado antes sobre la estética del fragmento. Recuerdo, por ejemplo, que compré como diez paquetes de tarjetas Bristol de distintos colores, para apuntar los detalles que me parecían relevantes, ordenados por fecha. Esas primeras tarjetas se me acabaron pronto, y tuve que comprar más. Las tenía por toda la casa, y a cada rato me ponía a reordenarlas, o a añadirles algo. Son evidencias de mi obstinación, del “lento paso del mulo en el abismo”, sin el que hubiera sido imposible completar algo tan voluminoso.

Primero hice entrevistas a familiares y a otras personas cercanas a Lezama. Empecé a planear otras, a dibujar el mapa de dudas que sólo los entrevistados, creía yo, podían aclarar. Luego me empantané en la transcripción de esas larguísimas conversaciones: de ellas surgían nuevas preguntas, versiones encontradas de los hechos, callejones sin salida. Tuve suerte, porque cuando empecé a trabajar ya existían los tomos que recogen casi todo el archivo de Lezama, editados por Iván González Cruz, y otros testimonios importantes sobre Orígenes. Poco a poco empecé a ver más claro el orden de las minucias, la jerarquía del chisme, por así decirlo. El tiempo fue poniendo cada cosa en su lugar.

Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta de todo lo que converge en esas mil y pico de páginas que antes fue torre de tarjetas multicolores: mi pasión de adolescente por el sistema poético de Lezama, mis incontables lecturas de y sobre su obra, aquella polémica con Rojas, mis intentos por tirar de la lengua a muchos entrevistados (he sacado algunos fragmentos de las grabaciones que dan fe de ello), las filias y fobias que uno acumula a lo largo de su propia carrera, mis ensayos previos sobre literatura cubana y mi interés por los antimodernos, los comentarios de varios lectores del proyecto en ciernes… Todo mezclado y resuelto en algo que podemos llamar madurez, la tarea de escribir un poco cada día y meterlo en un cajón hasta que se alcanza cierta masa crítica.

El primer volumen de José Lezama Lima: una biografía llega ahora a librerías, y los otros dos se publicarán también a lo largo de 2026, año del cincuentenario de la muerte de Lezama. ¿Será una coincidencia afortunada para la recepción del libro en los medios literarios? ¿Qué esperas de la conmemoración?

El centenario del nacimiento de Lezama trajo una revisión interesante de su obra, cierto fervor crítico, el resumen de inquietudes que empezaron a mediados de los noventa. Tengo la impresión de que en estos últimos años hay menos interés por volver a aquellas cuestiones. Por supuesto, quiero pensar que este cincuentenario de la muerte puede ser una circunstancia favorable, y que mi libro podría reajustar algunos marcos del análisis canónico, o impulsar otras biografías posibles. Pero son sólo buenos deseos.

Lo que sí está claro es que a estas alturas el uso político de Lezama que marcó los años noventa, y la reacción intelectual contra ese uso, ofrecen un menor atractivo crítico. La profundización de la crisis política cubana ha rebasado esas tesis y antítesis. ¿Quién puede tomarse en serio los reproches de Cintio Vitier a los balseros por no leer a Martí luego de que en Cuba ha emigrado todo el que podía, y los que quedan están reducidos a la condición de zombis? Hoy la “cosa cubana” es, en general, poco conmemorable. Somos el testimonio de un gigantesco fracaso. Y quizás Lezama y nuestra alta cultura también sean parte de ese fracaso.

Ya venías publicando fragmentos del libro en Rialta, Hypermedia Magazine y El Estornudo; también compartías descubrimientos y memorabilia en tus redes sociales. ¿Recibiste un feedback significativo?

Recibí opiniones. Las redes sociales son eso: una inmensa fábrica de opiniones con las que perdemos el tiempo y acariciamos el ego. La gente, incluso gente inteligente, vive hoy demasiado pendiente de todo eso, creyendo que el número de likes importa o que ese diálogo establece algo. En mi opinión, nada de ese marketing o automarketing es culturalmente relevante. Y lo digo porque conozco ese mundo y también he perdido mucho tiempo con eso.

Hay que ser cuidadoso a la hora de publicar adelantos de un work-in-progress. Por otro lado, cuando te pasas veinte años escribiendo algo, mucha gente piensa que nunca lo vas a terminar, así que esos fragmentos o adelantos de un libro tienen también algo de autoafirmación, son avisos y delimitaciones de un terreno. Pero lo que realmente importa en un libro como este es su totalidad, su ambición cumplida.

¿Qué expectativas tienes sobre la recepción del libro entre los lectores cubanos?

¿Qué es el lector cubano? Ya ni sé. Somos un país de miseria rampante, de gente que huye. Y somos una cultura traumatizada. En los últimos años ese desgaste se ha acelerado: ni siquiera podemos decir, como las generaciones que nos precedieron en el exilio, que somos “una cultura sin país”, porque también en el exilio las cosas han empeorado, culturalmente hablando.

Dicho esto, entre algunos amigos cubanos, dentro y fuera de la isla, el manuscrito ha encontrado lectores generosos. Estoy en deuda con todas las personas que lo han leído y comentado. De alguna manera, lo escribí por y para esos amigos memoriosos. Una tarde en Miami, almorzando con Manuel Santayana, pensé que sería una lástima que las historias que me contaba se perdieran con él. Me gustaría pensar que mi libro servirá para devolver detalles de la historia y la cultura cubana que se han ido borrando de la memoria colectiva. Pero es difícil cargar con el peso de una cultura perdida, no se puede revertir ese proceso, es como nadar a contracorriente.

No se trata sólo de que la pasión letrada que envolvió a Orígenes sea ya cosa del pasado. Tampoco en el exilio tenemos ya grandes revistas o polémicas. Mira lo que se formó hace poco sólo porque Duanel Díaz dijo un par de verdades a propósito de Lorenzo García Vega. Las preocupaciones de los escritores más jóvenes, me temo, ahora son otras. Así que mis expectativas son limitadas: me gustaría que a finales de este año los tres tomos de la biografía se reunieran en un estuche, y que eso quedara en un puñado de bibliotecas, a la espera de algún lector curioso con ganas de saber cuál fue el primer número de teléfono de la librería Victoria en la calle Obispo (spoiler: A5-3241) o de dónde sale alguien como Lezama, un escritor que es, al mismo tiempo, tan poco cubano y tan profundamente cubano.

En España, donde se publica y desde donde empezará a circular: ¿qué acogida esperas que tenga tu libro? ¿Hay lectores españoles que se acuerdan de Lezama?

En el engorroso proceso de buscarle editor a la biografía constaté con sorpresa que Lezama ya no despertaba mucho interés acá. Había editores que ni siquiera sabían que era parte de su fondo; otros tenían una vaga idea de su importancia. Sorprende un poco, porque en los años sesenta y setenta esas mismas editoriales, donde ahora trabaja una nueva generación de empleados con menos curiosidad y bastante menos lecturas, se disputaban a Lezama. Gente como Barral, Tusquets, la Ariel de Alexandre Argullós, Alianza, y una bisoña Anagrama (que publicó sus ensayos y entrevistas) lo consideraban un trofeo de lujo. Hoy ni siquiera saben bien quién fue ese señor o qué publicó, además de Paradiso.

Los grandes introductores o presentadores de la obra de Lezama en España (el propio Barral, José Agustín Goytisolo, Umbral, Cela, José Ángel Valente…) están muertos. La reciente y dolorosa muerte de Andrés Sánchez Robayna, buen amigo, la sentí como el cierre de algo en ese sentido. Después de él, que también en eso fue discípulo de Valente, no quedan comentaristas notables de la obra lezamiana por estos lares. Y el mundo de la edición (que conozco de cerca y en el que he trabajado bastantes años) ha cambiado mucho desde aquellos tiempos en que el boom triunfaba en la metrópoli. Voy a ahorrarte mi catálogo de negativas y tentativas frustradas, o guardar esos detalles, las excusas y reparos que me dieron varios editores españoles, para un artículo humorístico que quizás me anime a escribir algún día.

Hay que meter nombres y apellidos en ese artículo.

La realidad es que el ambiente editorial barcelonés ha sido ocupado por gente que de Cuba y Latinoamérica saben muy poco. Profesionales que en una entrevista de presentación del manuscrito te hablan de Virgilio “Piñeira” o se apresuran a aclararte, luego que mencionas la censura revolucionaria a Lezama, que son “una editorial de izquierdas”. Por no hablar de las quejas recurrentes sobre la extensión de un libro que sale caro imprimir y que no tiene, como dicen, “un retorno asegurado”. Los grandes grupos editoriales arriesgan el mínimo porque las ventas de cualquier cosa que no sea un best seller fuera de España son escasas. Las leyes del mercado no benefician una biografía detallada y voluminosa de un escritor difícil y descatalogado.

Por suerte, existe Manuel Borrás, que tras leerse todo el manuscrito (proceso que la mayoría de los otros editores se ahorraron) me escribió un escueto: “Hay que publicar esto. No sé cómo, pero lo haré”. Y por ahora ha cumplido.

¿Cómo ves el legado de Lezama a cincuenta años de su muerte? En España, en Latinoamérica, en las cátedras hispánicas en sentido general: ¿dónde está más vivo?

Lo que te comentaba antes también responde un poco esta pregunta. Después de su muerte, Lezama dejó de ser un autor presente en la cultura española para convertirse en pasto de la Academia. Si tiene hoy alguna cuota canónica la debemos a un puñado de profesores que lo incluyen en sus programas, o a las ediciones universitarias. Sin menospreciar lo que eso significa (a fin de cuentas, han sido esos rituales de academia los que lo han mantenido, digamos, vivo con respiración asistida), es lamentable que Lezama y sus libros no estén más presente aquí, habiendo él escrito tanto y tan bien sobre España. Porque la Academia viene siempre con sus peajes, esas modas que muchas veces acaban en despropósitos, como el Lezama queer o la profesora empeñada en derivar una poética de los errores de traducción que Lezama cometió con Saint-John Perse.

Hay también académicos que han hecho contribuciones importantes para un biógrafo; pienso, por ejemplo, en el propio Rafael Rojas, en César A. Salgado o Sergio Ugalde. Pero la perspectiva de una biografía es por fuerza distinta a la de un ensayo académico. En mi libro, que quiere ser una biografía “a la inglesa”, lo importante es reconstruir fielmente la vida de Lezama, y los análisis o comentarios de su obra están siempre en función de eso.

A diferencia de lo que sucede en España, en Latinoamérica, sobre todo en México y Argentina, Lezama está más vivo. La exitosa edición mexicana de Paradiso y el espaldarazo de Cortázar son hitos que aún resuenan. Muchos escritores mexicanos y argentinos que importan lo siguen citando y teniendo en cuenta. Pienso, por ejemplo, en el llamado neobarroco (lectura que incluso con ciertas desviaciones dio muy buenos resultados) o en el gran ensayo que escribió César Aira sobre su visita a Trocadero 162, o en la acogida que han dado muchos intelectuales mexicanos a Orígenes.

Mientras que en España sólo parece importar la Guerra civil y sus derivados, en Latinoamérica hay una visión más crítica del conjunto de la lengua y un respeto casi reverencial por la figura y la obra de Lezama. Un amigo me decía que lo mismo pasó con Juan Ramón Jiménez en su momento: fueron sus lectores de Hispanoamérica los que mantuvieron viva su importancia y el diálogo con su obra.

Te llevó mucho tiempo escribir esta biografía. Doy por seguro que tu visión de la obra y la figura de Lezama se vio alterada a lo largo del proceso. Me interesa el before and after de esa foto de gimnasio intelectual: háblame de la diferencia entre esos dos Lezamas, el que conocías al inicio y el que está contigo hoy.

Digamos que de joven fui un lezamiano convencido. Aunque nunca quise imitar su estilo, sí creí, como cuento en la Introducción, que si leía lo que él había leído o citaba, alcanzaría cierta salvación intelectual. Ahora tengo otra relación con la obra de Lezama. Antes pensaba que lo mejor eran sus ensayos, últimamente entiendo mejor la grandeza de Paradiso. Pasarte tanto tiempo averiguando los detalles de una vida te otorga no sólo cercanía, sino también distancias, porque nadie es perfecto y, como dice Caetano en “Vaca profana”, de perto, ninguém é normal.

Mi Lezama ya es más un buey profano que una vaca sagrada. Tiene cosas molestas: carecía de melopea, eso que llamamos oído poético; sus ensayos son a veces demasiado caprichosos; sublimó muchas cosas en su poesía y fue dejando algunos mazacotes retóricos por el camino, hasta llegar al tono más despojado de Fragmentos a su imán. Y hay también algo provinciano, acusación que Lezama odiaba, en el mito del “peregrino inmóvil”, el culto a la inmovilidad del escritor. Cualquiera que haya viajado un poco por Europa no puede evitar pensar cuánto le habría gustado a Lezama ver de cerca algunas cosas de las que habló, tener una relación más normal con la cultura, no sólo por segunda o tercera mano. Pero también es verdad que hizo virtud de sus limitaciones y que su nivel de ambición lo mantiene como paradigma de eso que Calasso llama literatura absoluta, el bastión de lo sagrado. Así lo entendió Sarduy, que pasó de preferir los poemas de Eliseo Diego a declararse heredero del magister de Trocadero, asumiendo la pasión lezamiana en el doble sentido de dedicación y agonía.

En una entrevista a Xavier Carbonell publicada en 14 y Medio hace tres años, decías: “Si la vida de Lezama resulta tan interesante es porque incluye dos grandes cuestiones no respondidas, o no del todo: Lezama y la Revolución; Lezama y la homosexualidad. Sexo y política. Son dos grandes tabúes, no sólo de este escritor sino de una cultura y una época. Quizás, después de todo, sean imposibles de resolver. Pero vale la pena intentarlo”. Tres años después: ¿han quedado resueltas esas cuestiones?

En la medida en que es viable para un biógrafo, creo haber cubierto esos dos grandes temas más allá de todo lo publicado hasta ahora. Aunque es difícil agotar el tema de la sexualidad de un escritor, tras lo que cuento en esta biografía supongo que habrá menos tabúes y especulaciones.

Tampoco debería ser pregunta pendiente la política de Lezama, un terreno a veces demasiado escindido entre quienes defienden su alineamiento inicial con la Revolución y quienes insisten en la censura y marginación posterior. En el tercer tomo documento en detalle cuáles fueron las relaciones de Lezama con esa Revolución, tanto su probado entusiasmo inicial como su marginación posterior. Mi conclusión es que, en política, Lezama fue un gran ingenuo, y que ciertas circunstancias, sobre todo tras el Caso Padilla, decidieron su triste destino final. Fue forzado al desencanto, por así decirlo. No descarto que de haber seguido vivo hubiera aceptado una rehabilitación oficial, como hicieron tantos otros.

En el prólogo del libro has escrito: “A pesar de todo el tiempo y el esfuerzo dedicados a esta empresa, quedan dudas y zonas oscuras”. ¿Habría, entonces, otras zonas oscuras en la vida de Lezama que no giran alrededor de esos dos tabúes que mencionabas?

Zonas oscuras siempre quedan, sobre todo en un libro que pretende cierto nivel de detalle. El viaje de Lezama a Jamaica, por ejemplo, que sólo dejó un poema rebosante de imágenes eróticas, “Para llegar a la Montego Bay”, alguna alusión grotesca en Paradiso, y un juego de té de porcelana inglesa que habría comprado allí como regalo para su madre y que debe andar todavía, supongo que bastante desportillado, por algún rincón de La Habana. Baquero dice en alguna entrevista que ese periplo caribeño incluyó también una parada en Haití. Pero nadie sabe lo que hizo Lezama en ese viaje, ni cuándo fue exactamente, ni cómo y por qué lo realizó, o cuáles fueron sus paradas.

Panglosiana y vanidosamente, prefiero pensar en todas las cosas que mi biografía sí ilumina y corrige, incluido varios errores repetidos por décadas en toda la bibliografía sobre Lezama: desde la fecha de la boda de sus padres o la “tonta pulmonía” que mató al coronel Lezama, hasta la supuesta polémica de Orígenes con Guillermo de Zéndegui, que nunca existió.

Sorprende, en el último capítulo de este primer volumen, una escena dialogada que parece más propia de una novela. Sin previo aviso al lector (aunque luego lo explicas en una nota), interrumpes el tono ensayístico y pones a hablar directamente al joven Lezama Lima con Juan Ramón Jiménez. ¿Por qué esa nota ficcional? ¿Qué problemas resuelve?

Dentro del espectro del género biográfico hay espacio para recursos novelescos o propios de la ficción. Toda vida contada es también una trama, y el lector firma con el biógrafo un pacto de verosimilitud que admite ciertas licencias. Sin llegar a la novela biográfica (aunque hay varias notables por su rigor; pienso por ejemplo en El mago, la que escribió Colm Tóibín sobre Thomas Mann), es posible jugar con esos recursos sin traicionar la realidad. En ese caso que mencionas, usé citas textuales de varias fuentes para construir una posible conversación entre Lezama y Juan Ramón. Siendo la maledicencia un tema fundamental de la relación entre ambos, valía la pena montar esa escena oral a partir de datos reales y frases conocidas.

¿Empleas esas licencias en otros momentos de la biografía?

En el segundo tomo hay una galería de espejos entre origenistas que también se desvía un poco del tono que domina el resto del libro. Es una suerte de interludio donde exploto recursos estructurales de la ficción, pero basándome en datos y hechos reales.

Es un tema muy interesante ese de la biografía y sus cruces con la ficción. ¿Recuerdas la novela de Nabokov La verdadera vida de Sebastian Knight?

No la he leído.

Hace poco escribí sobre ella. Allí Nabokov, que también odiaba las biografías, nos enseña que la ficción puede dar la clave para aferrar la realidad fáctica de una vida ajena, esa materia tan escurridiza. Algo de eso hay también en Lezama. Pero el principio del proceso, la fase inicial de cualquier investigación biográfica, es establecer los hechos y pormenores básicos, sin aceptar versiones preconcebidas.

Hay biografías que parten de una tesis inicial sobre la vida del biografiado y sólo buscan demostrar esa tesis. La mía no es de esas; carece de la virtud del silogismo, digamos. Intento otra cosa: mostrar el campo de circunstancias y recurrencias donde esa vida se desenvuelve. Para eso, lo que llamas “la nota ficcional” puede ser útil, siempre que uno consiga mantenerse a salvo de excesos imaginativos.

Acompaña tu biografía un amplio dosier de imágenes que complementa ese campo de circunstancias y recurrencias: fotografías, facsímiles, reproducciones… ¿Cuánto hay de inédito ahí? Háblanos de la selección y la curaduría de todo ese material gráfico.

Una de las cosas más complicadas, y al mismo tiempo más placenteras, fue la selección de las imágenes. No es posible incluir todas las que uno quisiera, por supuesto. Y aunque el editor fue generoso (el cuadernillo con las imágenes del primer tomo tiene 32 páginas), algunas quedaron fuera. De las que entraron, hay varias poco conocidas y algún que otro inédito. Me gustan particularmente (y ya he comentado en otros lugares) las fotos de la estancia en Washington D. C. del padre de Lezama como parte de una comisión militar cubano-estadounidense en 1917 (que descubrí en la época de Penúltimos Días), y otra, poco conocida, del padre de Lezama con el esgrimista y campeón olímpico cubano Ramón Fonst. He tratado de que haya cierta variedad visual, es decir, no incluir sólo fotos personales sino también otras cosas: manuscritos, recortes de periódico, cuadros, cartas…

Desde luego, tengo mucho más de lo que aparece en cada tomo, y ojalá algún día pueda hacerse una buena iconografía de Lezama con todo eso. Aprovecho para dar crédito a un buen amigo que me ayudó en la selección y el tratamiento de las imágenes: el escritor y cineasta Alain-Paul Mallard, que tiene mucha experiencia en ese tipo de labores.

Terminemos con un tráiler. Adelántanos algo sobre la segunda parte de José Lezama Lima: una biografía, que llevará como subtítulo Años de fundación.

El segundo tomo, que va desde mediados de 1939 hasta el 31 de diciembre de 1958, fue el que más trabajo me costó escribir. Demasiados temas y personajes a seguir en esos Años de fundación. Por esa dificultad, y por otras razones coyunturales, terminé el tercer tomo antes que el segundo.

Es feo que lo diga yo, pero creo que en esa segunda parte quedó bien dibujada la importante relación entre Lezama y el músico Julián Orbón. Tuve la suerte de poder usar mucha papelería inédita al respecto. En el capítulo 4 de ese segundo tomo también hago un examen de la relación de Lezama y Orígenes con la Dirección de Cultura de Batista que desmiente tesis de Vitier y compañía. Hay, además, un análisis de dos contes à clef sobre Lezama: “El Gordo”, de Edmundo Desnoes, y “Getattore”, de Carlos E. Sánchez. No son cuentos desconocidos, pero agrego detalles curiosos a su interpretación, Lezama convertido en personaje para sus contemporáneos.

Me gusta, sobre todo, cómo termina ese segundo tomo, con una especie de montaje paralelo de dos celebraciones del fin del año 1958: la de Piñera en el penthouse de Rodríguez Feo y su posterior periplo de madrugada por La Habana, y la apacible fiesta de los origenistas en Villa Berta, la finca de Eliseo Diego, en la que Lezama aseguró que “había Batista para rato”.

JORGE ENRIQUE LAGE
JORGE ENRIQUE LAGE
Jorge Enrique Lage (La Habana, 1979). Graduado de Bioquímica, carrera que nunca ejerció. Graduado de Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona, carrera que intenta ejercer. Ha publicado los libros de ficciones El color de la sangre diluida (2008) y Vultureffect (2011), y es el autor de las novelas Carbono 14. Una novela de culto (2010), La autopista: the movie (2014), Archivo (2015, 2020), Everglades (2020) y Libros raros y de uso (2023).

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1 comentario

  1. No soy escéptico ni pesimista, confío que esta biografía monumental –me consta, me honra haber ayudado en lo que sé sobre Lezama–, tenga una excelente recepción y propicie diálogos críticos.
    No creo –con Miguel Ángel Sánchez, el biógrafo de Capablanca– que el género no ofrezca nuevas indagaciones, tan rigurosas como esta.

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