MIAMI, Estados Unidos ― El secretario de Estado de Estados Unidos, el cubanoamericano Marco Rubio, despachó este martes con una frase las advertencias lanzadas por Miguel Díaz-Canel sobre una eventual respuesta armada de Cuba ante una agresión de Washington: “No pienso mucho en lo que tiene que decir”.
La declaración quedó recogida en un intercambio con la prensa antes de su reunión con el canciller de Nueva Zelanda, Winston Peters. La frase llegó después de que Newsweek publicara este martes una entrevista exclusiva realizada a Díaz-Canel el 3 de abril en el Palacio de la Revolución de La Habana, la primera del gobernante cubano con un medio estadounidense en tres años, de acuerdo con la propia revista.
En la pieza, el gobernante combinó llamados a una salida diplomática con un discurso de resistencia armada frente a las amenazas formuladas en semanas recientes por Donald Trump sobre Cuba.
Díaz-Canel también insistió en que “Cuba no es un país de guerra” sino “un país de paz”, pero acto seguido reivindicó la doctrina oficial de la “guerra de todo el pueblo” y advirtió: “Siempre trataremos de evitar la guerra. Siempre trabajaremos por la paz. Pero si ocurre una agresión militar, vamos a responder, vamos a combatir, vamos a defendernos”. También sostuvo que una acción militar estadounidense provocaría “pérdidas inmensas para ambas naciones y ambos pueblos” y que “la pérdida de vidas y la destrucción material serían incalculables”.
La entrevista exhibe, así, la contradicción central del discurso de La Habana: pedir diálogo mientras envuelve ese mensaje en retórica de plaza sitiada. Díaz-Canel dijo a Newsweek que “el diálogo es posible” y que podrían alcanzarse acuerdos con Washington en migración, seguridad, medio ambiente, comercio, educación, cultura y deportes, e incluso en inversiones y proyectos económicos de beneficio mutuo. Pero en la misma conversación afirmó que “no hay pretexto, no hay excusa” para que Estados Unidos recurra a una agresión militar y acusó a un “representante oficial” estadounidense de hablar en términos de “tomar” y “borrar del mapa” a Cuba.
El pasado 13 de marzo La Habana reconoció la apertura de conversaciones con Washington “sobre la base de la igualdad” y el “respeto” a los sistemas políticos y a la soberanía de ambos Estados. Días antes, el 10 de marzo, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, había dicho a Newsweek que Trump creía que “el régimen cubano está destinado a caer”, que quería “un acuerdo” y que Rubio estaba involucrado en esas conversaciones por instrucción directa del presidente.
Al mismo tiempo, la tensión verbal ha seguido escalando desde Washington. Trump firmó el 29 de enero una orden ejecutiva que declara que las políticas y acciones del Gobierno cubano constituyen una “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad nacional y la política exterior de Estados Unidos, y abrió la puerta a aranceles adicionales contra países que suministren petróleo a la Isla. En marzo, además, Trump habló de una posible “toma amistosa” de Cuba, aunque luego añadió que podía no ser amistosa y llegó a decir que Cuba era “la próxima” (tras Venezuela e Irán).
No obstante el aumento de las tensiones, el 22 de marzo el jefe militar estadounidense para América Latina dijo al Congreso que las Fuerzas Armadas del país no estaban ensayando una invasión de Cuba ni preparándose activamente para tomar la Isla por la vía militar.









