LIMA, Perú — El incremento de las protestas registradas en distintos puntos de Cuba durante las últimas semanas responde a una combinación de hambre, apagones, escasez de agua, inflación y falta de libertades, según coincidieron varios ciudadanos entrevistados por Cubanet en La Habana, quienes describieron un ambiente de creciente desesperación y agotamiento social.
Los testimonios, recogidos en diferentes municipios de la capital, muestran que el malestar va más allá de las interrupciones del servicio eléctrico y refleja un deterioro generalizado de las condiciones de vida, así como una pérdida de confianza en la capacidad del Estado para revertir la crisis.
«Abajo Díaz-Canel, abajo de la dictadura. Hay que protestar duro, porque esto está difícil y cada día nos aprietan más», afirmó una habanera consultada por este diario.
La escasez de alimentos fue el tema que más se repitió entre los entrevistados. Una madre aseguró que la supervivencia cotidiana se ha convertido en una lucha permanente.
«No hay luz, no hay agua, no hay nada. Por el hambre, la miseria y la necesidad. Hace tres meses que no viene la leche del niño a la bodega. El arroz hay que comprarlo carísimo, el aceite está caro… entonces no comemos. Cada día estamos más débiles y al cubano lo que más le golpea es la comida», lamentó.
Otro joven resumió el sentir de muchos manifestantes con una pregunta cargada de frustración.
«¿Hasta cuándo? ¿Por qué Donald Trump no acaba de venir ya para que se lleve a toda esa gente?», expresó en referencia a los dirigentes del régimen cubano.
Por su parte, una anciana consideró que las manifestaciones son una respuesta natural a las privaciones que enfrenta la población.
«Si nos están matando de hambre, nos tienen pasando necesidad, oscuridad y hasta sed, ¿por qué nosotros no vamos a reclamar nuestros derechos?», cuestionó.
En el municipio Playa, una residente aseguró haber presenciado numerosas manifestaciones en las últimas semanas.
«He visto muchísimas protestas, toque de calderos y mucha gente gritando ‘abajo los Castro’. Hay mucha hambre, mucha miseria, los niños no tienen leche ni comida en las escuelas y las madres protestan por sus hijos. Este país nunca había estado así, jamás», sostuvo.
Los prolongados apagones también aparecen como uno de los principales detonantes del descontento.
«Tienen que protestar bien protestado porque estamos faltos de agua, de luz, de gas. Los niños lloran por los mosquitos y tenemos dieciocho horas diarias sin corriente», denunció otro capitalino.
En Marianao, un joven explicó que los cacerolazos han adquirido un significado que va más allá de las interrupciones eléctricas.
«La protesta con cacerolas tiene dos objetivos: protestar contra el apagón y contra el hambre, porque estás tocando una cazuela vacía», afirmó. Según relató, en su barrio las manifestaciones se han vuelto frecuentes y ya incluyen otras formas de protesta.
«Aquí realmente es algo bastante continuo. No solamente hay cacerolazos; también cierran avenidas con basura, le prenden fuego y la gente grita consignas», comentó.
Para otro entrevistado, el trasfondo del descontento radica en la ausencia de perspectivas de futuro.
«La gente protesta porque estamos pasando mucha necesidad, mucha hambre y mucha miseria. Necesitamos un cambio de vida. Todo está caro y esto no avanza; al contrario, va para atrás», afirmó.
Un anciano consideró que las demandas trascienden lo económico. Los entrevistados también señalaron lo que consideran un trato desigual por parte de las autoridades castristas.
«La gente quiere su libertad, poder expresar su opinión, tener un buen trabajo y organizar su vida. No hay dinero, no hay nada y el Estado no hace nada», dijo el cubano de la tercera edad.
«Si hay alguna actividad de la Revolución aparece todo el transporte y nunca falta la corriente. Después vuelven los apagones en los barrios donde la gente ya está asfixiada», criticó un residente de la capital.
Pese al aumento de las protestas, varios ciudadanos reconocieron que el miedo sigue limitando una participación más amplia.
«Muchos graban y otros se quedan mirando porque tienen miedo y no se suman», explicó uno de ellos.
Sobre el particular, otro cubano concluyó que el temor a las represalias continúa siendo uno de los principales frenos para la movilización ciudadana.
«Aquí por decir la verdad y pensar diferente te pueden echar ocho o diez años de prisión. Por eso muchos prefieren no hablar», sentenció.
Los testimonios reflejan un creciente desgaste social en medio de una crisis marcada por el deterioro de los servicios básicos, el aumento del costo de la vida y la persistencia de apagones prolongados, factores que en los últimos meses han dado lugar a protestas espontáneas en distintas localidades del país.










