SANTIAGO DE CUBA ― Liettys* siempre ha temido atravesar sola el pasaje que conecta la parte trasera de la Facultad de Ciencias Médicas No. 2 con la Carretera Central, un estrecho camino de tierra por donde los estudiantes salen hacia Santa María, el punto donde pueden conseguir transporte hacia La Maya y otros municipios de Santiago de Cuba.
Los posibles asaltantes se vuelven más cautelosos cuando ven a varias personas juntas. Así que, cuando un estudiante tiene que cruzar el camino solo, incluso durante el día, el riesgo sube.
Eso fue lo que le ocurrió a Liettys hace apenas unas semanas. La interna de sexto año había terminado alrededor de las 2:00 p.m. sus tareas en el Hospital Clínico Quirúrgico, situado justo al lado de la facultad donde estudia. No quiso marcharse sola por el trillo y decidió esperar a que alguien más saliera. Cerca de las 4:00 p.m. vio pasar a un grupo de estudiantes de preuniversitario y aprovechó para caminar detrás de ellos, lo suficientemente cerca para sentirse acompañada.
Durante unos minutos el trayecto pareció menos amenazante, hasta que los muchachos se detuvieron a conversar en uno de los puntos del estrecho camino. Liettys decidió continuar; pensó que la parte más peligrosa ya había quedado atrás y siguió avanzando mientras todavía podía escuchar las voces de los jóvenes, aunque ya no alcanzaba a verlos.
Fue entonces cuando un hombre joven, vestido con camiseta, short y chancletas, le salió al paso y comenzó a hablarle con una pregunta aparentemente inocente.
—¿Puedes decirme la hora?
—Ando sin teléfono —respondió ella.
El móvil, en realidad, estaba dentro de su mochila. Antes de abandonar la escuela, Liettys lo había guardado allí y, en lugar de llevar la mochila sobre la espalda, se la había colocado delante del cuerpo para poder sujetarla con ambos brazos. No había sido una precaución cualquiera. Días antes, una compañera había sido asaltada en ese mismo camino y desde entonces la joven había comenzado a atravesarlo con una atención distinta, pendiente de quién caminaba detrás, quién aparecía delante y qué podía hacer si se encontraba sola.
“Yo estaba helada, pero aparenté calma y seguridad frente a aquel hombre. En mi mente estaba pensando en cómo librarme y al mismo tiempo pidiendo a Dios que me ayudara”, relató a CubaNet.
El desconocido no se apartó. Permaneció frente a ella, separado apenas por unos pocos centímetros, y continuó haciendo preguntas: para dónde debía coger para llegar a Santa María, si ella iba hacia ese lugar, cuánto faltaba. Liettys contestaba mientras intentaba descifrar qué ocurría. Algo no le cuadraba. Si realmente se trataba de un foráneo, pensaba, no tendría sentido que anduviera por allí vestido de aquella manera, con la apariencia de alguien de la zona; y si era del lugar, resultaba todavía menos creíble que necesitara preguntarle cómo llegar a un sitio tan cercano.
Mientras trataba de sostener aquella conversación sin mostrar miedo, las voces de los estudiantes del preuniversitario comenzaron a escucharse otra vez. Se acercaban. Liettys respiró aliviada cuando finalmente los vio aparecer. En cuanto estuvieron cerca, se dirigió a uno de ellos como si llevaran todo el trayecto juntos.
—¡Cómo se tardaron!
Le tomó la mano y comenzó a caminar a su lado. El gesto pareció bastar para cambiar la situación. El hombre aceleró el paso y se alejó de ellos, aunque durante un tramo continuó mirando hacia atrás.
“Le susurré al muchacho lo que estaba pasando y no me soltó más la mano hasta que me monté en una carretilla. El tipo ese caminaba y miraba hacia atrás con tremenda intriga. Gracias a esos muchachos me libré de ser atacada; él iba a hacerme algo, yo se lo vi en los ojos y en las intenciones desde que se paró frente a mí. Salí ilesa esa vez, pero hay otros que no han corrido con la misma suerte”, contó.


Un camino que deja de ser un simple atajo
A mediados de febrero, Daniuska*, también estudiante de último año en ese entonces, vivió una situación que guarda varias similitudes con la de Liettys, aunque la suya ocurrió ya en la carretera. Había salido hacia el Puente, un punto situado antes de llegar a Santa María donde suelen detenerse los pasajeros que buscan transporte hacia los municipios. Como vive en La Maya, a unos 42 kilómetros de allí, necesitaba llegar cuanto antes para intentar conseguir algún vehículo que la llevara a casa.
Era alrededor del mediodía y había movimiento en la zona, pero ella caminaba sola por el borde de la carretera cuando un hombre que llevaba una cubeta y unas pinzas, aparentando ser vendedor de pasteles, pasó a su lado. La miró y enseguida comenzó a mirar hacia los alrededores, como si estuviera comprobando quién más se encontraba cerca.
“Me miró y miró para los alrededores como para cerciorarse de que nadie venía. En ese punto comencé a asustarme”, recordó en su diálogo con CubaNet.
Daniuska disminuyó el paso con la esperanza de que el hombre continuara su camino y se alejara. Ocurrió lo contrario. El desconocido comenzó a caminar hacia ella, manteniendo la mirada fija. La joven se detuvo y fingió que esperaba un carro precisamente en ese punto, mientras intentaba ganar tiempo. Al ver que el hombre continuaba acercándose, sacó de su bolso un pequeño objeto afilado y se lo mostró con la intención de amedrentarlo, pero “él se reía y no cambiaba la vista”.
La situación terminó cuando un carro apareció por la vía. No era habitual que pasara por aquel tramo, pero Daniuska hizo señas, el conductor se detuvo y ella subió. Solo cuando estuvo dentro del vehículo, alejándose del lugar, sintió que podía volver a respirar. Antes de perder de vista al hombre, observó cómo se daba la vuelta y comenzaba a caminar en sentido contrario, algo que reforzó su impresión de que no había coincidido con ella por casualidad, sino que la había seguido o abordado deliberadamente.
Ambas estudiantes contaron sus experiencias a CubaNet y hablaron también de otros compañeros que, aseguran, no han tenido la misma suerte. Los relatos no permiten establecer cuántos asaltos o intentos de asalto ocurren en ese tramo, pero dan pruebas de la peligrosidad de la zona y el miedo que viven quienes toman ese camino.
Las dos estudiantes entrevistadas dijeron que quienes cometen estos robos saben que muchos alumnos de Ciencias Médicas suelen llevar teléfonos, dinero para transportarse y determinados instrumentos utilizados durante la carrera, entre ellos aparatos para medir la presión arterial que, según explican, pueden alcanzar alrededor de 5.000 pesos en el mercado informal.
Utilizar la ruta habitual hasta la terminal de la calle 4, un punto también muy peligroso, puede significar, según las estudiantes, entre 500 y 600 pesos adicionales al día en transporte y alrededor de una hora más de viaje, incluso más dependiendo de las condiciones del servicio. En un contexto en el que los estudiantes ya enfrentan dificultades para costear alimentos, alojamiento y desplazamientos, esa diferencia puede ser determinante. El camino que los expone al peligro es, al mismo tiempo, el que les permite ahorrar tiempo y dinero.
Cae la noche y sube el miedo
Dos días después del episodio vivido por Liettys, Leonel*, otro interno de la carrera de Medicina, tuvo que enfrentarse a una situación todavía más peligrosa, cuando viajaba desde el reparto Abel Santamaría hasta la Facultad. Un vehículo privado lo había dejado en Ferreiro, desde donde debía continuar caminando. Era de noche y, aunque no era demasiado tarde, la oscuridad era casi absoluta debido a un apagón en la zona. En esas condiciones, las calles que durante el día conservan cierto movimiento quedan prácticamente vacías. A la vez, la falta de transporte reduce todavía más las posibilidades de encontrar ayuda rápidamente.
Mientras caminaba por una calle paralela a la Carretera Central, Leonel se percató de que un hombre venía detrás de él. Aceleró el paso. El hombre hizo lo mismo. Entonces comenzó a sentir miedo y decidió salir hacia la vía principal, donde todavía podía encontrar algo más de tránsito de personas y vehículos. Cruzó la calle; el desconocido también. Durante varios minutos caminó cada vez más rápido, casi corriendo, mientras el hombre continuaba detrás de él.
“No me alcanzaban los pies para caminar más rápido, me vi perdido, la verdad”, contó.
La situación terminó de manera inesperada cuando una motorina se detuvo a su lado. El conductor, que venía en dirección contraria, le dijo una frase que Leonel no olvidaría.
—Monta o te matan.
Decidió confiar en él y subió. El hombre lo llevó hasta la facultad. Después le explicó que, según había observado, dos cuadras más adelante había otros dos hombres apostados, como si estuvieran esperando a alguien. Leonel no puede asegurar que formaran parte del mismo grupo ni que estuvieran esperando específicamente por él, pero la posibilidad le hizo reconstruir de otra manera los minutos anteriores.
“La motorina venía en dirección contraria a mí y al tipo ese. Yo realmente no sé si se dio cuenta de lo que pasaba y me quiso ayudar o era de la zona y conocía a los bandidos y cómo operaban. La cuestión es que me dijo que dos cuadras después de donde me recogió había dos hombres más apostados, como esperando para atacarme, probablemente en conjunto con el que me seguía”.
Estudiantes, un blanco de los delincuentes
Lo que cuentan estos estudiantes no ocurre en un vacío. En Santiago de Cuba existen antecedentes documentados de robos y agresiones contra jóvenes y estudiantes, algunos de ellos dentro de espacios vinculados directamente con la vida académica.
En abril de 2023, estudiantes de la Universidad de Oriente denunciaron una sucesión de asaltos y agresiones en las residencias universitarias. Entre los testimonios recogidos entonces por Diario de Cuba figuraban el ataque a pedradas contra dos estudiantes de Sociología dentro de su habitación y el asalto a mano armada contra otros becarios. El medio informó que intentó obtener una respuesta de la Universidad y del Ministerio del Interior, pero no la recibió.
En marzo de 2025, un estudiante de secundaria fue amenazado con un cuchillo y despojado de su teléfono cuando regresaba de la escuela en el reparto Sueño, según una publicación del perfil de Facebook Héroes del Moncada, vinculado a fuentes del Ministerio del Interior.
Un mes después, el 27 de abril, individuos irrumpieron en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas “Antonio Maceo Grajales” y un estudiante resultó gravemente herido cuando intentaba escapar de los intrusos saltando del segundo al primer nivel del edificio. La Dirección General de Educación en Santiago de Cuba confirmó la irrupción.
En el caso de los estudiantes de Medicina existe, además, una vulnerabilidad que no se explica únicamente por la seguridad de esos caminos: muchos de ellos viven fuera de Santiago de Cuba y deben desplazarse constantemente entre la ciudad y sus municipios de origen. Las dificultades económicas han hecho más complicado permanecer en la capital provincial.
El 26 de agosto de 2026, alumnos de primer y segundo año denunciaron que una nueva medida los obligaría a trasladarse desde sus municipios hasta la ciudad cabecera para recibir la docencia de forma centralizada y permanecer en la residencia estudiantil, con los gastos de transporte, alimentación y productos básicos que eso supone. “¿Estudiamos o comemos? ¿Pagamos el pasaje o compramos comida?”, planteaban en el mensaje enviado a este medio. Para quienes pueden hacerlo, regresar a casa alivia parte de esos gastos, pero cada viaje implica atravesar nuevas zonas de exposición: calles, terminales, paradas y tramos de carretera donde conseguir un vehículo puede convertirse en otra prueba.
En septiembre de 2025, la estudiante de quinto año de Medicina Dariannis Ramírez Rodríguez sufrió un asalto en la terminal de la calle 4, según reportó el comunicador Yosmany Mayeta Labrada a partir de la denuncia realizada por el padre de la joven. Mientras intentaba abordar un transporte, un hombre le metió la mano en la cartera para quitarle el teléfono y la intimidó con un arma punzante para que guardara silencio, a la vista de decenas de personas que no intervinieron.
No solo se sabe de robos de esta naturaleza en Santiago de Cuba. El más reciente informe del Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana (OCAC), correspondiente al primer semestre de 2026, documentó 67 asaltos en Cuba, un 9,8% más que en igual período de 2025. Aunque el número total de delitos registrados por el organismo disminuyó en ese período, los asaltos aumentaron. El propio observatorio advierte que sus cifras representan un subregistro, pues se basan en hechos que pueden ser documentados a través de fuentes públicas.
Cuando distintos testimonios conducen una y otra vez a los mismos caminos, las mismas paradas, horarios similares y un mismo grupo de estudiantes especialmente expuesto por sus necesidades de desplazamiento, dejan de parecer únicamente experiencias aisladas y comienzan a mostrar una preocupación compartida.
* Los nombres de los testimoniantes fueron cambiados para proteger su identidad.









